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SOBRE GASPAR
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Foro de Cristianos

Gaspar G. Laviana

 

FORO "GASPAR GARCÍA LAVIANA"

 

TESTIMONIOS SOBRE GASPAR:

Estos textos que siguen están sacados del libro de la RTVA, Gaspar, misionero y comandante sandinista, Asturias, 2008, que recoge testimonios de entrevistas que luego se pusieron por escrito.

DE COVADONGA QUEROL, amiga, benedictina de Las Pelayas de Oviedo

DE VIRGINIA PRIETO, amiga, profesora d ela Universidad.

JOSÉ VALDIVIA, coronel retirado y compañero en el Frente Sandinista.

MANUEL RODRÍGUEZ GARCÍA, MSC

CINCO CURAS ASTURIANOS

CURAS SECULARIZADOS

...   ...   ...

XAVIER CORONADO

 

EN MEMORIA DE GASPAR

EUCARISTÍA EN EL XXXIII ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE GASPAR

TEXTO DEL FORO EN EL XXXII ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE GASPAR

CARTA ABIERTA A GASPAR

 

ENCUENTRO DE GASPAR EN EL ARZOBISPADO DE OVIEDO DONDE LEE EL

DOCUMENTO DE DESPEDIDA

CARTA DE GASPAR EN SUS ÚLTIMAS NAVIDADES

Intentaremos que esta página sirva para conocer a Gaspar, su compromiso de fe en aquel mundo nicaragüense maltratado y malherido por quienes oprimían y explotaban al pueblo.

LIBROS CON TEXTOS SUYOS:

A corazón abierto. Poesías en Nicaragua. Ed. Nueva Utopía. Madrid 2007.

LIBROS SOBRE GASPAR:

Gaspar, misionero y comandante sandinista. Testimonios de compañeros y amigos en el 30º aniversario de su muerte. RTPA del Principado de Asturias. Asturias 2008. Conlleva un DVD ambientado en los distintos lugares donde vivió Gaspar en España y Nicaragua.

ARTÍCULOS SOBRE GASPAR

Corazón herido. Pipo Álvarez. Artículo para el Portfolio 2009 de Vegadeo.

XXXI ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE GASPAR. Alfredo Cueto en la Hueria de Carrocera. S.M.R.A.

MÍSTICA Y COMPROMISO. XXXI ANIVERSARIO. Pipo Álvarez. En La Hueria de Carrocera. S.M.R.A.

 

 

 

GALERÍA ABIERTA DE FOTOGRAFÍAS DE GASPAR O RELACIONADAS CON ÉL

    1        2        3        4        5        6  

 

 

No juzgues mis versos,

amigo,

que vives lejos de América.

 

Me das miedo,

criticón de mesa buena.

 

Tú y tus calles asfaltadas

y tu carro a la puerta

nunca han vivido conmigo.

 

¡No te importan mis ideas!

 

 

 

TEXTOS DE GASPAR

 

 

CARTA DE DESPEDIDA antes de entrar en la guerrilla del FSLN.

 

TEXTOS APARECIDOS EN LA PÁGINA PRINCIPAL.

 

LA MINA MADRE

 

No me clasifiquen  

Conformidad campesina.

Quiero, pueblo, tu silencio

 

 

 

CARTA DE DESPEDIDA DE GASPAR ANTES DE ENTRAR EN  LA GUERRILLA DEL FSLN

 

En la Natividad del Señor, 25 de diciembre de 1977.

 

Algún lugar de Nicaragua.



Hermanos nicaragüenses:


En estas fiestas de Navidad, cuando celebramos el nacimiento de Jesús, Nuestro Señor y Salvador, que vino al mundo para anunciarnos el reino de la justicia, he decidido dirigirme a ustedes, como mis hermanos en Cristo que son, para participarles mi resolución de pasar a la lucha clandestina como soldado del Señor y como soldado del Frente Sandinista de Liberación Nacional.


Vine a Nicaragua desde España, mi tierra natal, a ejercer el sacerdocio como misionero del Sagrado Corazón, hará de eso ya nueve años. Me entregué con pasión a mi labor de apostolado y pronto fui descubriendo que el hambre y sed de justicia del pueblo oprimido y humillado al que yo he servido como sacerdote, reclamaba más que el consuelo de las palabras el consuelo de la acción.


Como nicaragüense adoptivo que soy, como sacerdote, he visto en carne viva las heridas de mi pueblo; he visto la explotación inicua del campesino, aplastado bajo la bota de los terratenientes protegidos por la Guardia Nacional, instrumento de injusticia y represión; he visto como unos pocos se enriquecen obscenamente a la sombra de la dictadura somocista; he sido testigo del inmundo tráfico carnal a que se somete a las jóvenes humildes, entregadas a la prostitución por los poderosos; y he tocado con mis manos la vileza, el escarnio, el engaño, el latrocinio representado por el dominio de la familia Somoza en el poder.


La corrupción, la represión inmisericorde, han estado sordas a las palabras y seguirán estando sordas, mientras mi pueblo gime en la noche cerrada de las bayonetas y mis hermanos padecen tortura y cárcel por reclamar lo que es suyo: un país libre y justo, del que el robo y el asesinato desaparezcan para siempre.


Y como nuestros jóvenes honestos, los mejores hijos de Nicaragua están en guerra contra la tiranía opresora, yo he resuelto sumarme como el más humilde de los soldados del Frente Sandinista a esa guerra. Porque es una guerra justa, una guerra que los sagrados evangelios dan como buena, y que en mi conciencia de cristiano es buena, porque representa la lucha contra un estado de cosas que es odioso al Señor, Nuestro Dios. Y porque como señalan los documentos de Medellín, suscritos por los Obispos de América Latina, en el capítulo de la Situación Latinoamericana en la Paz, "la insurrección revolucionaria puede ser legítima en el caso de tiranía evidente y prolongada y que atente gravemente a los derechos fundamentales de la persona y damnifique peligrosamente el bien común del país, ya provenga de una persona, ya de estructuras evidentemente injustas".


A todos mis hermanos nicaragüenses les pido que por su amor a Cristo apoyen esta lucha del Frente Sandinista, para que el día de la redención de nuestro pueblo no se siga retrasando. Y a quienes por temor o necesidad aún sirven al somocismo, especialmente a los oficiales y soldados honestos de la Guardia Nacional, les digo que aún es tiempo de ponerse del lado de la justicia, que es el lado de Nuestro Señor.


A los empresarios que no han participado de la corrupción, a los agricultores decentes, a los profesionales y técnicos que rechazan el caos y el despotismo representados por Somoza, les digo que para cada uno hay un puesto de lucha al lado del Frente Sandinista para dignificar a nuestra patria.


A mis hermanos obreros de las fábricas, los planteles y talleres, a los artesanos, a los olvidados sin techo ni trabajo de los barrios marginales; a mis hermanos campesinos, a los cortadores hacinados en los campamentos, a los macheteros, a los peones, a todos aquellos a quienes se ha robado hasta la más mísera oportunidad en esta tierra, les digo que es hora de cerrar filas alrededor del Frente Sandinista, de unir nuestras manos y nuestros brazos, porque en el resonar del fusil justiciero en nuestras montañas, en nuestras ciudades y pueblos, está el signo de la redención que se aproxima. Porque de la rebeldía de todos, de la insurrección que todos llevaremos adelante resultará la luz y se borraran las tinieblas del somocismo.


Y a mis hermanos combatientes del Frente Sandinista en el Frente Norte "Carlos Fonseca Amador"; en el Frente Nororiental 'Pablo Ubeda"; en el Frente Sur "Benjamín Zeledón"; y en sus cuarteles de la resistencia urbana en nuestras ciudades, les trasmito mi firme convicción de que el día del triunfo vamos a construirlo con el sacrificio de nuestros héroes caídos que encarnan la voluntad de lucha de nuestro pueblo; con la dedicación revolucionaria del pueblo mismo organizado para su lucha, y con el sacrificio que nosotros estemos dispuestos a hacer desde las trincheras, unidos alrededor de la Dirección Nacional.


El somocismo es pecado, y librarnos de la opresión es librarnos del pecado. Y con el fusil en la mano, lleno de fe y lleno de amor por mi pueblo nicaragüense, he de combatir hasta mi último aliento por el advenimiento del reino de la justicia en nuestra patria, ese reino de la justicia en nuestra patria, ese reino de la justicia que el Mesías nos anunció bajo la luz de la estrella de Belén.



Su hermano en Cristo. PATRIA LIBRE O MORIR

Gaspar García Laviana

Sacerdote Misionero del Sagrado Corazón.

 

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TEXTOS DE GASPAR APARECIDOS EN LA PÁGINA PRINCIPAL

 

CUANDO MUERA pag. 134

Cuando muera,

No quiero que sollocen mentiras

Los sanguijuelas del pueblo.

 

No quiero que me lloren

Los perros que comen rebaños de gente.

No quiero que sus lágrimas saladas

Esterilicen mis obras.

 

Podría pensar el mundo inocente

Que he sido de ellos.

Y el solo pensarlo me enferma.

 

He defendido mi libertad en la vida,

Pero lo tienen todo

Y también quisieran

Echar sus garras a mis obras

Cuando muera.

 

No. ¡Que mis obras son del pueblo!

¡Que se beban

Sus lágrimas amargas! ...   ...   ...

 CUANDO MUERA pag. 136

...  Yo sé, yo sé,

Que me tienen en la mira

De  sus pistolas,

Por  eso labro mis versos

Con tosco machete,

Mi divisa,

Y escribo a toda prisa,

Por si me alcanza la muerte.

   

*****

 

Cuando ganemos la guerra,

No vayáis compungidos a mi tumba

Con rosas y claveles

Rojos, como mi sangre derramada.

 

Os juro que me levantaré

Y os azotaré con ellos.

 

Solo admitiré violetas

Como mi carne macerada,

Como el dolor de mi madre,

Como el hambre campesina

De mi América campesina.

 

 

UN DÍA pag. 147

Cuando ganemos la paz

Escribiré cosas bellas,

Por ahora

Me domina tu infortunio,

Campesino.

Me dominas mansamente

Con la delgadez hambrienta

De tu carne maltratada.

 

*****

 

Amigo,

Te darán muerte

Como en los tiempos del romano Imperio.

Serás triturado como trigo,

Hecho harina para Cristo,

Para el mundo.

Pan verdadero.

Más, no temas.

Será la gran persecución

Que colmará la ira de Dios.

Después vendrá el fin de las cosas.

 

 

 

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PALABRAS DE CASALDÁLIGA DEDICADAS A GASPAR:

 

Gaspar,

sin más testigo

que el amor que ya vives cara a cara.

Terratenientes eran

los que ahogan tus pobres, los que ahogan mis gentes.

Y el mismo evangelio que te ardía en las manos

más que el fusil inhóspito,

amor exasperado, hermano mío:

tus manos bajo el óleo

sangrándote,

llorándote los ojos cielo arriba.

 

Dime, Gaspar,

¿qué harías si volvieras?

 

Y cuida bien de Tola,

cuida de Nicaragua, todavía en combate.

No dejes que tu sangre se marchite

en el cáliz (rajado) de tu iglesia.

 

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GASPAR GARCÍA LAVIANA.

UN CORAZÓN HERIDO.

 

UN ASTURIANO, RELIGIOSO MSC.

Gaspar nace el año 1941 en Les Roces, un pueblo que en aquel entonces pertenecía a la parroquia de El Entrego, en el municipio de San Martín del Rey Aurelio, en la Cuenca Minera del Nalón, pero la mayor parte de su infancia la pasaría en Tuilla, un pueblo eminentemente minero de Langreo, lugar donde se trasladaron a vivir sus padres.

Muy pronto, 1952, se va a Valladolid con los religiosos de la Congregación de Misioneros del Sagrado Corazón, por eso lo de religioso MSC, que, al igual que otras Órdenes o Congregaciones, captaban muchachos para sus seminarios visitando parroquias. Se ordena sacerdote en Junio de 1966. Ejerce en Madrid y ya allí comienza a notarse en él su preocupación por querer vivir un nuevo estilo de ser sacerdote: un sacerdote cercano a la gente, encarnado en la realidad social donde habrá de realizar su labor pastoral. Consecuencia de ello es su decisión de  trabajar en una carpintería, formando así parte de aquel colectivo de la época que se llamó “los curas obreros”, una importante iniciativa posconciliar nacida dentro de la Iglesia.

 

 AÑO 1970: MISIONERO EN NICARAGUA.

Después de tres años en Madrid, junto con Pedro Regalado, compañero que era como hermano, también religioso Misionero del Sagrado Corazón, deciden irse a Nicaragua. Ya en este país, el 18 de noviembre de 1970 se les encarga atender las parroquias de San Juan del Sur, Tola, Buenos Aires y Cárdenas. Allí se encuentran con la cruda realidad que vivían los campesinos y con “un clero que estaba con el capital, con el rico, con el poder. Todos los curas vivían muy bien”, como dice Pedro Regalado en su testimonio sobre Gaspar en el libro de la RTPA Gaspar, misionero y comandante sandinista, Asturias, 2008, pags. 107-115, libro que fue hecho a partir de un documental al que se puede acceder en Internet.

En diciembre de 1977 Gaspar comunica su decisión de integrarse en la guerrilla del Frente Sandinista que luchaba con las armas por la liberación de Nicaragua, tanto tiempo bajo la dictadura de la familia Somoza. Anastasio Somoza, desde su puesto de Jefe de la Guardia Nacional, único cuerpo armado del país, se hizo con el poder en el año 1937, deponiendo al presidente democráticamente elegido Juan Bautista Lacasa. Ya en el año 1934 había mandado asesinar a Sandino, general que había luchado contra los invasores norteamericanos y que no había aceptado el pacto alcanzado entre conservadores y liberales, continuando él la lucha contra los marines del norte. La familia Somoza se mantendría en el poder hasta el 19 de Julio de 1979, año del triunfo de la revolución sandinista. Gaspar García Laviana había muerto en combate el 11 de diciembre de 1978. Su presencia en Nicaragua había durado ocho años.

 

LA NICARAGUA DE GASPAR

Pedro Regalado, entrañable compañero de Gaspar en España y en Nicaragua, en su testimonio anteriormente citado nos acerca un poco a la dramática situación de la Nicaragua de aquel momento. Entre el 40% y el 50% de los niños no llegaban a los tres años. Niñas vendidas a terratenientes que usaban para todo a su capricho. Éstos con frecuencia también abusaban de las niñas de los campesinos que trabajaban en sus tierras. Había prostíbulos con niñas entre 12 y 14 años. Niños llenos de parásitos, mientras el caballo del señorito era asistido por un veterinario cada seis meses. El dominico José Ignacio Álvarez Lobo en su testimonio sobre Gaspar en el libro citado, pág. 117, resume con estas palabras la hiriente situación del campesinado nicaragüense: “en su mayoría analfabetos, que vivían en la miseria más absoluta, explotados… No tenían esperanza de ningún tipo”. El pueblo nicaragüense era un pueblo oprimido, sin libertad, y un pueblo explotado hasta hacerles vivir en la miseria. Y todo controlado por la dictadura de la familia Somoza.

 

CÓMO VIO Y SINTIÓ GASPAR A NICARAGUA

Para tener una idea somera de la Nicaragua tal como la vio y sintió Gaspar acudiré a su libro A corazón abierto, poesías en Nicaragua, editado por E. Nueva Utopía, Madrid, 2007,

 

El Perro flaco.

En el pueblo vio desdichas: sacerdotes elegidos, ácidos corrosivos, enmascarados. Vio moldes mercantiles en togas de justicia, niños bellos con estómagos hinchados (pág. 14). Vio a los campesinos con sus ojos humillados, que al mirarlos sus señores los bajan vencidos (pág. 15). Ve y siente profundamente el hambre del pueblo que vive en agonía incruenta, amarilla y arrugada, como la piel de las viejas; hambre que además de matar el cuerpo también va matando el alma de la gente americana. (pág. 25). Ve y siente la explotación del campesinado, arado de madera y hierro, que va tirado por el infortunio y la miseria, abriendo surcos para el señor de la tierra: los frutos de su trabajo serán para entregarlos a los amos, para ellos sólo serán la vejez, el sarro y la pobreza (pág.29). Los pobres más pobres era los campesinos, que por no tener no tenían ni arrestos para enfrentarse a la situación. Por eso dice Gaspar: “Tu conformidad me cansa y me aflige”. “Tendido en el suelo, junto a la ribera, moría mi pueblo”. Pero este pueblo “un día será violento y acallará las bocas embusteras de los que engañan al pueblo”. Esta esperanza le dará fuerza para entregarse al servicio de los más pobres entre los pobres.

Uno de los desgarros más profundos en el alma de Gaspar lo produjo la prostitución forzada de las niñas: “catorce añitos de edad, dos de puta, cara joven, rasgos viejos, piel lozana, ojos muertos”, mintiendo su edad por miedo a la rufiana. “Que sí, que la niña violada lloraba con desconsuelo. Que sí, que en su himen estaba todo mi pueblo”.

 

El perro gordo.

Y sobre el pueblo, el perro flaco, estaba el poder, el perro gordo, que fuerte y despiadado explotaba al campesinado, que por doquier no sembraba más que violencias de todo tipo. Los poderosos que planeaban en secreto matanzas de familias, incluidos niños y ancianos, que acaparaban los mercados y las tierras y las industrias, que mandaban sus dineros a Estados Unidos o a Suiza. Un poder muy bien relacionado con los obispos, que también estaban muy a bien con él. Este poder gritaba contra los de la montaña, los perseguía, los torturaba y los calumniaba. Este poder eran los ricos, junto con muchos generales y políticos, “bocas sucias y espíritus porosos, empapados de pus maloliente” (pág. 64).

Este poder estaba construido y apoyado en la mentira. Decía que eran demócratas y hacían trampas en las elecciones, decían que eran cristianos y perseguían a los que iban a misa, decían que querían la paz y armaban a sus soldados para matar. Decían que eran justos y encarcelaban al inocente y lo torturaban y se burlaban de él y lo mataban y echaban su cuerpo a los volcanes. Por la noche dormían con putas y de día aparecían con sus esposas en los desfiles y en las inauguraciones y en la iglesia comulgando (pág.63).

 

Corazón herido.

Le dolía la vida pobre del campesino. Pobre, no porque no trabajase, sino porque se le esquilmaba el fruto de su trabajo. Le dolía el hambre de los pobres que producía en ellos “huesos entubados en pieles sedientas y mortajas prematuras”. Le herían los ojos humillados de los campesinos y su duro trabajo y sus malas cosechas. Y también su ignorancia y eterna tristeza, sus plantas desnudas. “Todo tu yo me hiere campesino, pero sobre todo me hiere tu impotencia (pág.27-28). El dolor físico de cada uno de los más pobres se agrandaba en él al juntarse el de todos en su corazón. Y su alma angustiada no encontraba la calma ni en el rosario, ni en la misa, ni en el breviario. “Mis angustias las mitigan las escuelas, el bienestar del campesino, la libertad en las calles y la paz en los caminos” (pág. 77).

 

LA OPCIÓN DE LA GUERRILLA.

Teología de la encarnación-liberación.

Por aquellos años anteriores y posteriores al Vaticano II había calado en algunos curas una espiritualidad evangélica centrada en la imitación del Jesús encarnado y entregado enteramente al servicio de la salvación, que suponía liberación de todo egoísmo personal y de la esclavitud a la ley mantenida por los dirigentes religiosos del judaísmo, sobre todo por los fariseos. Para sus discípulos Jesús suponía libertad, un nuevo sentido de la vida, un camino de felicidad y de resurrección y vida eterna en Dios. Para ello el hijo de Dios se había hecho hombre, se había hecho Jesús de Nazaret, en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Mantuvo su propuesta a pesar del enfrentamiento a él de todos los poderes que terminaron decidiendo su muerte.

Gaspar llegó a Nicaragua y conoció allí a un pueblo sometido y empobrecido, oprimido y explotado. Conoció una clase dirigente que despiadada vivía a costa sobre todo de los campesinos. Vivió entre la gente y conoció sus problemas con nombres y caras concretas. Se identificó con el pueblo e hizo suyos sus problemas. “Sentí en mi carne tu pobreza como un látigo de fuego” (pág.80). “En la paz de una noche verdadera sentí, pobre, que era mía tu pobreza (pág. 22). “Nosotros salimos del pueblo y vivimos con él y penamos con él, y sufrimos con él y el pueblo vive con nosotros y piensa como nosotros y somos un solo corazón y una sola alma” (pág. 66).

 

Sólo había un camino.

Gran emprendedor de obras sociales, creía así poder mitigar algo el sufrimiento de los suyos, pero se da cuenta de que así no se iba a la raíz del problema. Había que darle un vuelco a la situación. “Quise apagar tu pobreza con justicia legalista; al no poder, me convertí en guerrillero” (pág. 80). Recuerda en otros versos a los perros flacos, a los callejeros, a los que apalean los amos, a los que hurgan en los basureros, a los que no tienen perreras, a los que matan los camiones en todas las carreteras, los que no tienen derecho a educarse en las escuelas, a esos “tú y yo vamos a librarlos, no lo olvides compañero” (pág. 151). Para eso se hizo guerrillero. Y para amarrar a los perros gordos, los que devoran comida como cerdos, los que muerden y matan a la gente. “No lo olvides guerrillero”. Y para acallar las bocas embusteras de los que engañan al pueblo”.

 

Noche de niebla.

Quiere cantarle a su pueblo la victoria y sabe que la guerra es el único camino (pág. 144). Pero para él la decisión de tomar las armas no está exenta de dudas: “Soy velero sin destino, perdido en noche de niebla y busco en vano la estrella que me señale el camino” (pág. 8). Tampoco está convencido de que sea la mejor de las soluciones: la nubes “de golpe y sin avisar, descargan un gran aguacero. Así las nubes, así la revolución. Lo hecho es hecho y no nos gusta. Es todo” (pág. 62).

La vida de guerrillero no le llena, más bien le cansa: “siento que mi alma busca colores serenos. Ya me cansa el rojo diario de mi túnica. Ya me pesa en la cabeza el gorro frigio con la escarapela roja… Siento que mi alma busca colores serenos” (pág.166-7). Y teme no poder desasirse de lo que para él parece que son profundas cicatrices: “¿Desarraigaré mi vida de la guerra de guerrilla?” (pág. 163).

 

CASI AL FINAL, LA MUERTE

Terminaba el año cuando caía en combate y a mediados del siguiente triunfa la revolución sandinista. Podríamos decir, quizás,: ¡Qué mala suerte! Este es su pensamiento: “Morir. -¿No es mala suerte? _No es mala suerte, no, no es mala suerte. Porque creo en la vida de la muerte, el morir para mí no es mala suerte.” “A morir, a morir, guerrillero, que para subir al cielo, hay que morir primero”. (pág. 123, 124). Sin embargo, habiendo visto morir a guerrilleros, y quizás sintiendo que la muerte propia le merodeaba, ofrecía en sus versos esta reflexión: “¡Qué duro es morir/ sin ver el triunfo!/ Creo que lo mismo/ sintió Cristo/ y Camilo/ y Ché Guevara” (pág.130). También expresa su voluntad de que cuando muera no le lloren los perros gordos que viven de comer al pueblo. Teme que la gente piense que es uno de ellos. No, él y sus obras son del pueblo. Ni siquiera vayan compungidos a su tumba con rosas y claveles rojos, cuando se gane la guerra.

Con respeto y admiración quisiera poner en su tumba, no flores, que pronto se marchitan, y que además me queda lejos el lugar sagrado de su entierro. Pondría en manos del viento, para que allá las lleve, unas palabras suya dichas al guerrillero muerto. Para ti, Gaspar, con parecida fuerza y sentimiento, las pongo sobre tu tierra de vida eterna, tan limpias como salieron de tu pecho, ahora también muerto:

 

GUERRILLERO MUERTO

La tristeza de tu suerte,

me ciñe el corazón.

Tú te fuiste con la muerte

y me dejaste el dolor.

 

¡Qué dolor

guerrillero,

compañero,

qué dolor!

 

El día que tú te fuiste

nació la revolución.

Este pueblo que quisiste

vio tu muerte y comprendió.

 

¡Comprendió

guerrillero

compañero,

comprendió!

 

 

 

A Gaspar, que vive en el corazón de mucha gente, de allá y de acá. Su cuerpo lo entregó, por amor, al pueblo nicaragüense. Es ya tierra de aquella tierra. Su espíritu, que compartió con los suyos, de allá y de acá, estará ahora y siempre, vivo. Sobre todo en el corazón de los campesinos.

Pipo Álvarez. 2009

 

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GASPAR GARCÍA LAVIANA, MÍSTICA Y COMPROMISO

 

XXXI ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE G.G.L.

 

       Yo creo que la principal razón de la pervivencia a través ya de siglos de la figura de Jesús de Nazaret y el movimiento religioso por él iniciado es el haber asumido el grupo de sus íntimos el compromiso de hacer memoria de su vida y en especial de su Última Cena dando así origen a la celebración de la Eucaristía, que ha sido siempre el núcleo mismo de la vida de los cristianos.

 

Pienso que eso mismo es lo que se ha de hacer con las grandes personalidades que han surgido en la historia de los pueblos y con aquellos que, sin llegar a tener un resplandor universal, sin embargo, para un determinado grupo su vida es considerada ejemplar en todos o en algunos aspectos de ella.

 

Para mí es el sentido principal que tiene este encuentro hoy en el aniversario de la muerte de Gaspar: hacer memoria, para mantenerlo vivo, de quien algunos consideramos como ejemplo entrañable de sensibilidad ante el sufrimiento humano y como ejemplo de sacrificio y entrega radical en la lucha para la liberación del pueblo,  en este caso, nicaragüense, y como ejemplo también, ¿cómo no decirlo?, de cura-pastor, utilizando la imagen bíblica, que da la vida por sus ovejas, los campesinos de Tola y San Juan del Sur.

 

Y hacemos memoria de Gaspar no sólo porque nos sentimos orgullosos de él por ser asturiano, nacido en Les Roces, paisano nuestro, sino, y sobre todo, para intentar, en alguna medida, imitarlo, asumiendo en nuestra vida alguna de sus principales sensibilidades, actitudes o comportamientos, lo que, de una u otra manera, debe situarnos siempre en una postura en favor de los más débiles de nuestra sociedad. No merecería la pena perder el tiempo en liturgias vacías en honor de Gaspar, en una exaltación de su persona si ello no condujese, de la manera que fuere, en favor de un mundo mejor, más justo, más igualitario, más solidario.  Aplaudir la entrega y el sacrificio de Gaspar y vivir desentendidos del sufrimiento humano, alienados y entregados al jolgorio de la vida consumista occidental es, al menos, una incoherencia, pero también podríamos decir que una hipocresía.

 

            Más que datos biográficos, que seguramente todos conocéis, lo que quisiera hacer es revivir su espíritu, o, si queréis, su mística, la fuerza interior que le condujo hasta esa muerte violenta que nadie hubiera deseado, para que pudiera luego seguir  aportando su buen hacer en la reconstrucción de la nueva Nicaragua, que no parece haber encontrado los líderes adecuados para el cambio que necesitaba este país.

 

Pero aunque la revolución sandinista no ha logrado aún los objetivos que sus mejores líderes, como Gaspar, le habían marcado, no se puede decir que su sacrificio no sirvió para nada. El espíritu de Gaspar sigue vivo en el corazón de muchos nicaragüenses, está presente como una fuerza que aún no podemos saber la repercusión que pueda alcanzar. Cuando murió Jesús de Nazaret parecía que todo había terminado, pero su Espíritu era demasiado grande para que pudiera ser acallado por el simple hecho de destruir su cuerpo. Gaspar sigue viviendo, está presente aún hoy en Nicaragua y puede seguir siempre vivo e influyente, si encuentra corazones generosos que se dejen captar y arrastrar por el ejemplo de su atrayente vida, totalmente entregada al servicio de los más pobres de Nicaragua.

 

            Estoy totalmente convencido que los aspectos fundamentales de la mística de Gaspar, o si queréis, aunque es distinto, de su ideología, se concentra en estas dos palabras: encarnación y liberación. Bueno, creo que habría que añadir su actitud profética de denuncia del mal. Era la misma mística que nos movía a algunos curas que teníamos su misma edad y a seglares de los movimientos obreros de la HOAC y de la JOC, que fueron bien conocidos por Gaspar y por las gentes de esta Cuenca.

 

Para nosotros el ejemplo de vida sacerdotal era y es Jesús de Nazaret. Hoy, en este año que quisieron llamar “sacerdotal”, la jerarquía eclesiástica nos ha puesto como modelo a seguir al cura de Ars. Al menos he de decir que me parece un despropósito. Aunque tenga mucho que imitar, sin lugar a dudas, no será su modo de estar en el mundo, que por otra parte es muy distinto al de hoy. El mejor modelo que podemos tener los curas y todos los cristianos es Cristo. Pero quizás tengan miedo a que imitemos a Jesús de Nazaret, a que imitemos la radicalidad con que él juzgó el entramado religioso del judaísmo y sobre todo a sus autoridades y sus leyes. Las jerarquías no quieren ni radicalidad ni crítica, quieren que vivamos separados de la gente, distinguiéndonos hasta en el modo de vestir, para que nos vean distintos, al otro lado del pueblo.

 

            Desde la perspectiva del cristianismo la mística que teníamos era totalmente coherente. Jesús de Nazaret era el Verbo encarnado, el Hijo de Dios hecho hombre. San Pablo diría “en todo igual a nosotros, menos en el pecado”. Se hizo hombre en concreto entre los pobres, nació en una familia obrera y en un ambiente rural, como eran todos los pequeños pueblos de Galilea. El sacerdote tenía que hacer lo que Jesús de Nazaret, debía “encarnarse” allí donde se le asignara su lugar pastoral. Y, como había hecho él, lo debía hacer viviendo la misma vida de la gente sencilla del pueblo. Había que convivir con todos, participando de sus problemas y en las luchas de cada día. Arrimarse al poder o al dinero no fue el camino que eligió el Jesús. Como pensábamos que el cura no iba a ser visto como uno más del pueblo viviendo del culto y para el culto, enseguida se vio la necesidad de vivir de un trabajo civil: ello nos identificaría más con la vida de la gente y nos daría más libertad respecto a los Obispos al vivir del propio sueldo. La mayor parte de los jerarcas defendían la situación de privilegio que tenía la Iglesia en tiempos de Franco y no querían curas que les incordiaran en esa buena relación con el poder que favorecía aquel nacional-catolicismo que cercenaba todas las libertades. Los curas obreros son expresión de ese deseo de encarnación de aquellos curas que veían imprescindible para el anuncio del evangelio que los oyentes los vieran como alguien de los suyos. Como sabéis, Gaspar ya desde el principio del ejercicio de su sacerdocio estuvo trabajando en Madrid en una carpintería. Aquí en la Cuenca hubo unos cuantos curas en la mina.

 

            Me gustaría aportar, a título de ejemplo, los testimonios de dos personas de Nicaragua que conocieron a Gaspar donde dicen de él que le llegaron a considerar como uno más de ellos. En el libro de la RTPA Gaspar, misionero y comandante sandinista dice Alba Fernández, feligresa de El Hostial, en San Juan del Sur: “Todos le apreciábamos y teníamos confianza en él, como si fuera uno de nuestros hijos”, pág. 137. Y Lillam Reyes dice de él: “Era un hombre que vivió la Palabra de Dios, que se encarnó en nuestra pobreza, que se hizo uno más entre nosotros, los sanjuaneños, los nicaragüenses”, pág. 143.

 

            La actitud crítica de Jesús de Nazaret, siguiendo la postura de denuncia de los profetas, era un rasgo de su vida que nos impactaba y los jóvenes curas de aquella época, aquí en España, pensábamos que debíamos imitarle denunciando la incompatibilidad de la situación española con la doctrina social de la Iglesia. Jesús denuncia todo lo que él veía mal en la sociedad en la que vivía, todo lo que no estaba en consonancia con el Dios del Amor. En aquella sociedad judía teocrática donde las leyes religiosas regulaban hasta los mínimos detalles toda la vida de la gente,  las autoridades religiosas desempeñaban una papel decisivo en la vida del pueblo. Jesús ejercerá una crítica radical de aquel sistema sostenido por estos tres pilares: la ley, el templo y la autoridad religiosa. Incluso leyendo por encima los evangelios se puede ver cómo Jesús se enfrenta a los que detentaban el poder religioso, cómo denuncia unas leyes opresoras y un templo corrompido. Su crítica del sistema y su modo de vivir al margen de él, hará que enseguida se granjee la  enemistad de los poderosos que creen ver en él un peligro para la sociedad. Deciden su muerte y no tardan en conseguir que la autoridad romana lo sentencie a morir crucificado.

 

            A este Jesús es a quien queríamos imitar algunos curas. Por eso, cuando llegamos a las parroquias, por una parte, hemos querido vivir una vida lo más parecida posible a la del pueblo, nos hicimos cercanos a la gente, más que Sr. Cura, vestido siempre de autoridad, queríamos ser el amigo de todos. Y por otra parte, al ser conscientes de la situación de dictadura que había en España, algunos nos hemos puesto al lado de los que querían y buscaban el cambio democrático y, corriendo riesgos parecidos a los más comprometidos, manifestamos nuestra disconformidad con la situación denunciando la situación de pobreza de un sector importante de gente y la falta de libertad que había en nuestro país, participando también en los movimientos y actividades de la oposición a la dictadura. Era evidente la contradicción de la España de Franco con la Doctrina Social de la Iglesia. La mayor parte de los obispos estaban de acuerdo con aquel nacional-catolicismo que mantenía a la Iglesia en una situación de privilegio.

 

            Pues es esta mística la que hace que Gaspar en Madrid trabaje en una carpintería, allí el sacerdote quiso ser hombre en un carpintero. Al llegar a Nicaragua comienza su trabajo pastoral implicándose en una labor social, imprescindible como signo de identificación con el evangelio de Jesús de Nazaret, y ejerciendo al mismo tiempo una crítica radical de la deplorable situación nicaragüense. Cómo vio al campesinado de sus parroquias y cómo le afectó su situación de pobreza y los abusos de los poderosos, los ricos y los militares, lo podemos ver leyendo sus poesías. Vio enseguida que la solución no consistía en llevar a cabo unas obras sociales que no eran más que parches puestos en una sociedad enteramente corrompida en la que unos pocos vivían a costa de los demás. Por una parte estaba la familia Somoza y los títeres que les ayudaban a sostenerse en el poder, incluida la Guardia Nacional. Y por la otra el campesinado, pobre y humillado. El perro gordo y el perro flaco, como dice Gaspar en una de sus poesías.

 

            Otro factor importante como componente de nuestra mentalidad fueron las ideas que luego se empezaban a estructurar en la teología de la liberación. Cuando se hablaba de “salvación” había que implicar a “todo el hombre”. El mensaje cristiano de salvación no se dirige sólo a lo que se suele llamar alma en la persona. Es una liberación total, de todas las esclavitudes, interiores y exteriores, personales y sociales. El Reino de Dios es el Reino de la santidad y la gracia, pero es también el Reino de la vida y la verdad, de la justicia, el amor y la paz.

 

Esta teología destaca en Jesús su actitud crítica frente a una religión que era la base de la sociedad y que en absoluto se ocupa de los marginados que en ella hay: enfermos, lisiados, ciegos…, niños, mujeres en general y viudas en particular. Las autoridades religiosas se preocupan sobre todo de hacer que se observe el cúmulo de leyes que regulaban hasta el detalle la vida de los judíos, leyes que a veces nada tenían que ver con el comportamiento moral, leyes que eran un agobio para el pueblo que se veía incapaz de su cumplimiento, por lo que eran despreciados por los puritanos cumplidores. Jesús propone una religión cuyo eje fundamental habría de ser el amor, propone un camino de liberación, con sólo una ley: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Propone una nueva visión de la religión que se centra en un Dios Padre de todos, de judíos y gentiles, rompiendo las fronteras nacionalistas del judaísmo, propone una religión en la que todos somos por igual hijos de Dios, donde no hay amos y esclavos, donde desaparece toda categoría humana, una religión que nos ha de conducir a una fraternidad universal.

 

Gaspar está ya en Nicaragua el 18 de noviembre de 1970. Unos pocos años antes, 1968, había habido en Medellín (Colombia) una reunión de obispos latinoamericanos, cuyas conclusiones se consideran como el nacimiento de la Teología de la Liberación. Podemos recordar los elementos más importantes de esta teología, que supone una nueva manera de entender la fe y la vida cristiana.

 

Señalaré en primer lugar la opción preferencial por los pobres: los pobres han de ser la pieza principal en el Reino de Dios: ellos han de ser el centro de atención de todos los esfuerzos de la Iglesia y también los protagonistas en el quehacer del Reino de Dios, que hay que llevar a cabo también en este mundo, haciendo que sea cada vez mejor.

 

En lo que se refiere a la espiritualidad, la Teología de la Liberación dice que ésta se ha de vivir en la oración, en la mística, en el arte, en la poesía... pero también, y sobre todo, en el testimonio. Es una espiritualidad que se entiende como fuerza interior en los creyentes, una espiritualidad que les empuja y les mantiene en la lucha de la liberación de los pueblos y en el respeto a la naturaleza. Tenemos que dar cuenta de  nuestra fe ante los demás haciéndonos presentes en medio de la sociedad, haciendo un mundo mejor en todos los niveles de la vida humana, pero sobre todo participando, junto con todas las mujeres y hombres de buena voluntad, en el quehacer de la transformación de las condiciones inhumanas a las que son sometidos los desposeídos de la sociedad en beneficio de los que detentan el poder económico y político.

 

Otro elemento distintivo de la Teología de la Liberación es el compromiso temporal: Es importante rezar, meditar, participar en el culto, leer la Biblia..., pero es igual de importante el compromiso en la transformación del mundo en Reino de Dios, haciendo que sean cada vez más realidad en él la solidaridad, la justicia, la paz, la verdad, la vida... Esta teología impulsó a muchos a enrolarse en movimientos políticos, sindicales y ciudadanos que luchaban por la liberación de las clases populares. Hay que recordar que las dictaduras era la forma de gobierno que había en unos cuantos países latinoamericanos, tal como sucedía en Nicaragua. Es de justicia resaltar que, además de las estrellas más brillantes que han lucido en Latinoamérica y que todos conocemos, como Gaspar mismo, son muchos los cristianos sin renombre que, junto con otros militantes, han muerto en el campo de este combate para cambiar la situación de explotación y opresión en estos lugares.

 

Y por terminar de señalar algunas notas más importantes de la T. de la L. decir dos palabras sobre la denuncia profética: Los cristianos que viven la Teología y Espiritualidad de la Liberación asumen y hacen suyo el grito de los pobres, señalan con el dedo a explotadores y opresores, y defienden los valores del Reino de Dios (la honestidad, el reparto equitativo de los bienes, el salario justo, la solidaridad con los más pobres...) tanto en la sociedad como dentro de la Iglesia. Por hacer esta denuncia profética ya Gaspar, como sabemos, estaba sentenciado a muerte.

 

Esta es la religión y el Dios que Gaspar lleva en su corazón y que predica y vive en Nicaragua. El Reino de Dios que él predica es el mismo que predicó Jesús de Nazaret, el Reino de la vida y la verdad, el reino de la justicia el amor y la paz, es el mismo Reino de Dios, cuyos valores son los proclamados en las Bienaventuranzas. De aquí la concepción que tiene de la sociedad, que ve como una colectividad de hermanos fundamentada en el respeto mutuo, teniendo como referencia todos los derechos humanos.

 

Creo que para entender la vida de Gaspar y su decisión de participar en la revolución armada  hay que tener muy en cuenta toda esta mística religiosa que era el alma misma de su personalidad. Enseguida vio Gaspar que la única solución posible para cambiar la situación era llevar a cabo un cambio radical, entendiendo, como otros nicaragüenses, que eso allí sólo era posible a través de la lucha armada. Por eso decide entrar en ella uniéndose a FSLN. Murió en el intento de liberar al pueblo nicaragüense de la opresión somozista y de la explotación a la que sobre todo el campesinado era sometido. Sucedía eso un 11 de diciembre del año 1978, hace 31 años. Quisieron acabar con él, pero no pudieron. Gaspar sigue vivo.

 

Y nada más. Os agradezco vuestra atención.

Pipo Álvarez.

En La Hueria a 11 de Diciembre de 2009 en un acto de homenaje a Gaspar G.L.

 

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TESTIMONIO DE UN AMIGO Y COLEGA

Alfredo Cueto Rodríguez

 

XXXI ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE GASPAR

La Hueria de Carrocera, 11 –XII- 2.009

 

(Podemos comenzar con  el último saludo de Gaspar, con la noticia de su muerte y un canto de los Palacagüina dedicado a Gaspar…)

 

1º- Saludo y agradecimiento. Al mismo tiempo que os expreso a todos y todas un afectuoso saludo, quiero agradecer en nombre del “foro Gaspar G. Laviana” la invitación a participar en esta celebración del XXXI aniversario de la muerte de Gaspar. No podemos perder a Gaspar en el olvido…

 

2º- Presentación. Aunque creo que no me conocéis, me considero muy cercano a vosotros y a todo lo vuestro. Como decimos nosotros soy de la “partellá”. Me crié en La Braña (Tuilla)… Soy nietu de Francisco (Corralón) de la Vara; las personas mayores probablemente le conocisteis… Era “quimerista”… El prau de la Camperona que está enfrente de casa Rufa era de él… En Cocañín tenía familia (José María y Lola). Alguna vez estuve en esta parroquia y en la de Cocañin a funerales y alguna boda. Jugué algún partido de futbol en el campo del Corbero y  alguna partida de bolos en el Pollíu. También visité santuarios, tan importantes para la zona, como “la Bornaína” y el “pozu Funeres”. Como podéis comprender, soy de casa, y así me considero, si me lo permitís… Recuerdo que esta zona siempre se comunicó mucho con la de de Tuilla por el monte (Braña, Braña del Río, Mudrera,  Ceacal…)

 

3º- Referente a Gaspar puedo decir que teníamos muchas características o coincidencias comunes:

 

·        Las dos familias están compuestas de cinco miembros, el matrimonio y tres hermanos,  y las dos viven de la mina.

 

·        Las dos tienen una hermana casada con hijos y dos miembros religiosos; Gaspar y su hermano Silverio, de la misma orden, fallecido el año pasado; yo y una hermana Hija de la caridad, directora de la cocina económica de Gijón

 

·        Silverio, el padre de Gaspar, fue minero vigilante en el pozu Mosquitera; mi padre también minero picador en el pozu Mosquitera a las órdenes de Silverio. Siempre se llevaron bien. Recuerdo haberle oído muchas veces a mi padre que Silverio era “un buen paisano” y que le ayudaba en lo que podía.

 

·        De niños asistíamos a la misma escuela unitaria. Como éramos dos niños “normales” de aquella época, no recuerdo nada especial que resaltar. Ni él era mi mejor amigo, ni yo era su mejor amigo. Sencillamente éramos amigos, como de todos los  compañeros y esto es lo más importante.

 

·        Aunque estudiamos en lugares distintos: Gaspar en Valladolid y Logroño y yo en Covadonga y Oviedo, nos veíamos en las vacaciones. El trato era el normal de dos jóvenes seminaristas,  sobre la realidad de cada uno y las vivencias personales… Terminamos la carrera el mismo año 1.966. Cantamos la 1ª Misa en nuestra parroquia de Tuilla; él el Domingo, día 26 de  de Junio y yo el Miércoles, día 29 de Junio (fiesta de San Pedro). Yo asistí a la suya y él a la mía…

 

 

·        El primer destino de Gaspar fue para una parroquia de Madrid, donde ejerció de “cura obrero” en una carpintería. Mi primer nombramiento fue para la parroquia de Lada, donde también ejercí de “cura obrero” en una carpintería.

 

·        En concreto, yo resaltaría de Gaspar su carácter alegre, optimista, de niño y joven feliz, siempre sonriente y dialogante, fiel a los amigos, sencillo y muy consciente de sus raíces y sangre minera, que lleva en las venas y no disimula. Así lo expresa en su poema “La mina madre”… (Lo podemos leer).

 

4º- Me voy a sincerar con vosotros, como un verdadero amigo, manifestándoos algo que yo siento muy profundamente. Con toda probabilidad pensáis, y no os faltan razones para ello, que la Iglesia está muy distante de vosotros, “los mineros”… Yo, con profundo convencimiento, os puedo afirmar, que esto no es totalmente cierto.

 

        Si retrocedemos unos 50 años, en la historia del movimiento obrero, que la mayoría de nosotros podemos recordar, nos encontramos con la iglesia en las cuencas mineras, que lucha e incluso es perseguida con los mismos mineros.

 ·        Recordad que en las parroquias de las cuencas durante  las largas huelgas de los años 60 se abrieron comedores de apoyo a los huelguistas.

 ·        Algunos curas, que todavía muchos de vosotros recordáis, estaban muy controlados, e incluso, perseguidos…   Se podrían poner muchos más ejemplos, pero nos alargaríamos demasiado…

 ·        Si nos centramos en Gaspar, que es el referente de este encuentro, era muy consciente de sus raíces mineras, que manifestaba y defendía con orgullo.

 ·        Está aquí con nosotros Pipo (José María), también de familia minera de Boo en Aller. Probablemente le conocéis  de cuando estuvo en la parroquia del Entrego y los problemas que sufrió por su defensa de los mineros y de los pobres…  

 ·        No puedo olvidar a vuestro párroco y mi amigo José Hermida de Moreda Aller y familia minera.

 ·        Yo soy hijo de minero picador, como os dije antes, en el pozu Mosquitera de Tuilla, “tierra de peleones”, según dicen.

 

Podría citar muchos más curas, pero espero que sean suficientes estos nuestros testimonios. En nombre de mis compañeros os puedo afirmar que tenemos muy claros nuestros orígenes, sabemos dónde están nuestras raíces y sentimos orgullo de ser mineros.

Desde la cuna y siempre desde la necesidad y la marginación, sufriendo en propia carne los problemas sociales y laborales de la época, fuimos absorbiendo los valores de especial sensibilidad minera como: justicia, solidaridad, libertad, igualdad, honradez, generosidad, valentía, honor, lucha, crecimiento ante las adversidades…

Las cuencas mineras siempre fueron viveros de vocaciones…

Desde esta perspectiva, creo que puedo afirmar, que la iglesia está entre vosotros y con vosotros, los mineros… Como veis siempre me refiero a los mineros; la razón es porque considero, que la Hueria de Carrocera es un pueblo netamente minero o lo fue en otra época. (Al cerrar el pozu Venturo, puede que haya cambiado la situación)…

También es verdad y justo es reconocerlo, que aunque las Cuencas mineros dieran muchos curas a la iglesia, no todos tienen el mismo aprecio que nosotros a las raíces y el orgullo de ser mineros… ¿Podremos decir que llevamos sangre minera en las venas?

 

5º- Gaspar, después de 31 años de su muerte, sigue siendo un referente (ejemplo), que “engancha”, para todos; para curas y seglares, para jóvenes, adultos y ancianos…  Para mí Gaspar, además de amigo, vecino, compañero y cura, es un estímulo permanente de generosidad, honradez, compromiso y valentía.

 

·       Gaspar es luz: Marca el paso, abre camino, ilumina, ayuda a comprender el Evangelio y a vivirlo en radicalidad.

·       Gaspar es sincero y consecuente: No engaña, no estafa; vivía lo que pensaba y predicaba.

·       Gaspar ama a su pueblo: Manifiesta cariñosos recuerdos de Tuilla y Nicaragua… Cuando la situación era más complicada en Nicaragua, pasó unos días en Tuilla y se le intentó convencer para que no volviera a Nicaragua… Fue nulo el intento…  Decididamente contestó: “A la gente no se le puede dejar en la estacada”… “Si estás con ellos, lo estás para todo y para siempre.”  Esto solo lo comprende el “Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas”; el asalariado, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir el lobo y huye, las abandona.

·        Gaspar hombre de fe: Todas sus opciones, obras y compromisos los realiza como creyente, como cura y miembro de la Iglesia… De esto me parece que os hablará Pipo…

  

6º- Gaspar vive:

 

1.     En el corazón y recuerdo permanente de su familia que sufrió su trágica muerte en el silencio de su soledad e intimidad, intentando comprender su heroica generosidad…  Nunca le olvidará…

 

2.    En el recuerdo de muchos amigos de Tuilla y de  la geografía universal… En la memoria de multitud de gente pobre y sencilla que se beneficiaron de su gran amor, que lo siguen queriendo y lo asumen como modelo de auténtico compromiso cristiano. (Estos son los que mejor conocen a Gaspar).

 

3.    En la encomiable obra social iniciada por él en Nicaragua y que sigue creciendo con el fuerte impulso que le trasmite LA ASOCIACIÓN DE MUJERES BAHÍA DE SAN JUAN DEL SUR – RIVAS – NICARAGUA. En mi parroquia, en Avilés, estamos apoyando esta Asociación en solidaridad con Gaspar y el pueblo Nicaragüense.

 

4.    En su abundante y cualificada obra literaria, que nos puede conducir a su mundo interior, a sus vivencias, al exigente compromiso de su fe, a sus luchas internas, a sus humanos, nobles y generosos sentimientos.

 

5.    Finalmente, Gaspar vive y es fuerza, luz, camino y estímulo para la iglesia de los pobres.

 

No dejemos morir a Gaspar en el olvido.

Profundicemos en el conocimiento de Gaspar por sus escritos y los libros publicados sobre él.

Es mi compromiso: “Mientras yo viva, Gaspar no morirá”.

 

“MÁS QUE REZAR POR GASPAR, PIENSO QUE DEBEMOS REZAR A GASPAR.”

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LA MINA MADRE

Estos versos se los dedica Gaspar

a Mario, cura entonces de Tuilla

y amigo suyo. Ya difunto.

 

 

 

Madre,

es negra tu cara

de mina,

es negra tu sima

con alma salvaje.

 

Madre

son negras las piedras

que engendras,

son negros los hombres

que pares.

 

Madre

es pura tu candura

minera,

es pura tu lucha

obrera,

de clase.

 

Madre,

son puras tus duras

tareas,

son puras las guerras

que haces

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NO ME CLASIFIQUEN

 

- ¿Es de izquierdas o de derechas?

- Tenga calma.

   Yo soy como las estrellas

   con propia luz en el alma.

 

(Diría yo:

y como los profetas.)

 

Ante la bulla  de las mentiras de los abogados, de las sentencias de jueces que se venden, ante los discursos de los dictadores, dice Gaspar:

 


 

En la página 32 del libro de Gaspar García Laviana, A corazón abierto, libro que estamos utilizando habitualmente para sacar a la luz en estas páginas su sentir sobre la vida que vivió en Nicaragua hay unos versos dirigidos a los campesinos con los cuales trata de espolearlos para que se comprometan en el quehacer de una nueva sociedad nicaragüense. También nosotros, por acá, hoy, estamos también siendo un tanto conformistas y quizás necesitemos igualmente alguien que nos incite a la renovación. Unámonos para hacer una Iglesia nueva y desde ella un mundo nuevo.

 

Conformidad campesina

 

Tu conformidad me cansa y aflige,

me llena el alma de babosas sucias,

me carga las espaldas de vejeces

conformes sin remedio del pasado.

 

Tú vales mucho más que los de ayer,

testadores felices de este mundo

infeliz para todo aquel que busque

la justicia sembrada en nuestros campos.

 

Tú puedes fabricar un mundo nuevo

sobre las ruinas de este mundo antiguo

con proyectos distintos de la vida.

 

Tú has de fabricar otros valores

con materia prima del ayer

en los moldes de ideas renovadas.

 

Gaspar García Laviana.

 

 


 

QUIERO, PUEBLO, TU SILENCIO.

 

Quiero tu silencio.

quiero el silencio del pobre,

humilde y amargo...

quiero tu silencio cocido en la miseria...

Quiero tu silencio,

para que no pierdas

energías

en gritos

estériles.

Las palabras

vuela con el viento.

Quiero tu silencio concentrado,

campesino.

Un día

será violento

y acallará

las bocas

embusteras

de los que engañan

al pueblo.

El silencio

elimina a los mentirosos.

Si sabes callarte primero

podrás hacerlos callar

y habrás salvado

a tu pueblo.

 

 

 

 

                                           TESTIMONIOS SOBRE GASPAR                                            

 

COVADONGA QUEROL, amiga, benedictina de Las Pelayas de Oviedo

 

Conocí a Gaspar García Laviana en 1969, en la Semana Social de Valladolid. Yo asistía a esas reuniones porque me gustaba y colaboraba un poco en la secretaría. Allí hicimos una pequeña pandilla; salíamos en los entreactos a charlar y a tomar algo. Conectamos pronto, los dos éramos asturianos, y nacimos el mismo año, 1941. Siempre me llamó la atención el corazón inmenso de Gaspar, que lo desbordaba a él, se le salía fuera y ahí cabía todo el mundo. Ese corazón inmenso atraía a la gente, era una gran persona; para mí, un fuera de serie. Un hombre, además, muy sensible y muy soñador también, con muchas ilusiones, muy expresivo, muy expansivo, muy jovial y, al mismo tiempo, de una ternura enorme ante el dolor, ante el sufrimiento de alguien. Ante una persona necesitada, Gaspar se olvidaba de sí mismo, salía hacia el otro, él desaparecía.

Recuerdo un día en Murcia, que durante una comida se manchó los pantalones, y todos sabíamos que no tenía más, pues era muy austero y andaba siempre con lo puesto. Burlándonos un poco de él le fuimos sacando la talla que tenía y le compramos unos pantalones para «Tenía un corazón inmenso en el que cabía todo el mundo» que, al menos, pudiera cambiarse. Es que Gaspar nunca pensaba en sí mismo, sino en los demás; sólo tenía lo imprescindible para él y, así todo, si alguien a su alrededor necesitaba algo, lo que tenía en el bolso se lo daba. Todos pudimos ver, y de forma acrecentada, cómo era en Nicaragua: cuando llegó y vio el contraste, el sufrimiento y cómo vivía la gente. Ahí, él ya salió de sí y se volcó.

Cuando le conocí, Gaspar ya era sacerdote y estaba en la parroquia de San Federico, en Madrid. Yo todavía no era monja. Después de Valladolid, coincidimos en otra Semana Social en Murcia, donde ocurrió la anécdota de los pantalones; más tarde cuando tuve que ir a Madrid me acercaba a verle a la parroquia; me hacía ilusión saber cómo eran su ambiente y su mundo. También fui a Tuilla, porque me gustaba conocer el entorno donde Gaspar se había movido, y regresé en varias ocasiones al pueblo, a veces coincidiendo con que venía Gaspar y otras veces no. Conocí así a sus padres, unas personas encantadoras, muy entrañables. Yo allí, en casa de Gaspar, me sentía como en mi propia casa, y a su hermana Marisa la sentía también muy cercana. A Silverio le conocí más tarde, porque la primera vez que fui a Tuilla él estaba en el seminario, en la casa de formación.

Con Gaspar mantuve contacto siempre. Incluso cuando estaba preparando el viaje a Nicaragua, mirábamos mapas para ver cómo era, dónde iba a estar, los puntos principales. Después seguimos la relación, pero no demasiado porque él tenía mucho trabajo, pero sí que nos carteamos. En alguna carta me contaba lo que estaba viendo, que las circunstancias le estaban llevando a tener que tomar una determinación, que era difícil, que era dura de adoptar. Eso me lo llegó a comentar y, después, yo iba siguiendo un poco lo que hacía.

De Gaspar me queda el recuerdo de haber tenido una amistad muy guapa, como decimos en Asturias. Era un hombre bien ‘plantao’, con don de gentes, con una jovialidad y una alegría que se contagiaban. Un día, nos reunimos en mi casa varios amigos, Gaspar, su hermano Silverio, Virginia, una amiga mía... Pusimos el magnetófono, no sé si fue por tener un poco de recuerdo o por qué, pero estuvimos charlando un rato y Gaspar se puso a cantar. Cantó muchas cosas, unas canciones él solo, otras con Silverio; cantó un villancico muy bonito, cantó también una canción con aires sudamericanos, otras eran en plan de broma. Gaspar era así, donde él estaba había juerga, animación, buen humor.

Estoy convencida de que cuando Gaspar cogió las armas lo hizo pensando en que no tenía otra opción. Realmente nunca me lo hubiera imaginado, pero pensé que cuando Gaspar lo hacía, estaría bien porque no era una persona que hiciese las cosas a lo loco. Él necesitaba ayudar a aquel pueblo que sufría porque por su naturaleza, por su sensibilidad y su manera de ser, él no era así. Al revés, Gaspar era pacífico dentro de su temperamento, que era fuerte. Él tenía la convicción de que tenía que ayudar, de que aquella gente no podía vivir así, y esa convicción le hizo llegar hasta el final. Realmente, creo que le pudo el ver la situación y el ver las necesidades de la gente. Fue un hombre consecuente con lo que creía, con lo que le parecía que tenía que hacer y con ese entregarse a los demás, hasta el final. Cristo también fue considerado un revolucionario y también llegó hasta el final.

 

 



VIRGINIA PRIETO, amiga, profesora de la Universidad de Oviedo

 

Conocí a Gaspar García Laviana a través de Covadonga  Querol, con quien mantengo amistad  desde nuestra juventud. Ella era para mí un referente,  era diez años mayor que yo, pero hicimos  juntas el Preu, a finales de los 60.  Covadonga hacía muchas cosas, entre ellas  asistir a las Semanas Sociales que se celebraban  entonces. De la de Murcia me trajo unas  fotos, y en una de ellas estaba Gaspar. A él le  conocí en Oviedo, una vez que vino a Asturias a  visitar a su familia en Tuilla, y a mí me impresionó  mucho ese hombre, muchísimo; me impresionó  su necesidad del mundo, su fe profunda, su  forma de vivir el sacerdocio, porque era un hombre  muy pasional, muy vital, tenía una mirada  muy profunda, era muy comunicativo. Yo estaba  entrando en la facultad y viniendo, además, de  un pueblo era normal que admiraras a una persona  como Gaspar, por su palabra y por sus convicciones  serias, fuertes, decididas. Tenía una  personalidad arrolladora.   

Recuerdo que en aquellos encuentros, en  los que estaban también su hermano Silverio y  Covadonga, yo hablaba muy poco. Ellos tenían  gran capacidad para establecer cualquier tipo   «La expresión de  su rostro muestra  que murió en paz»  de conversación, y yo intervenía tímidamente pero lo retenía todo,  cazaba todo, porque me interesaba. En aquel tiempo, Gaspar estaba  en la parroquia de San Federico, en Madrid, y nos contaba cómo era  su vida allí, cosas de su vida cotidiana, como que hacía una hora de  oración personal antes de empezar a trabajar. Fueron conversaciones  que se me quedaron grabadas. “Yo sé muy bien lo que es un cura y  cuál es la misión de un cura”, decía Gaspar. Y añadía que un cura no  debía trabajar en fábricas ni participar en movidas. “Un cura lo que  tiene que hacer es vivir y ayudar a la gente”, decía, y lo recuerdo claramente  porque son frases que me volvieron a la mente cuando me  enteré de su decisión de tomar las armas.   

 Para mí, fue muy fuerte el contraste entre el Gaspar cura que yo  conocí y el Gaspar guerrillero porque yo me había quedado con la figura  del cura, de su espiritualidad, de su oración y, sobre todo, de su  convicción de que el ser sacerdote no era algo político ni social. Pero  pensando un poco cómo era él, no me extraña que se hiciera guerrillero  porque defendía las causas de los más pobres y de todo lo que  le pareciera que era producto de una injusticia. Y lo defendía a capa  y espada.   

 En la única carta que tengo de él, y que guardo como oro en  paño, me decía que había hecho todo lo posible por sacar adelante  su parroquia en San Juan del Sur, en Nicaragua, una parroquia en la  que vivió experiencias duras, como los asesinatos o violaciones de  catequistas. Tuvo que ser muy fuerte todo lo que ocurrió allí para que  Gaspar pasara de ser el sacerdote que yo conocí a ser un guerrillero.  Creo que no tuvo otra opción. Si hubiese tenido otro camino, lo hubiese  tomado porque arreos no le faltaban.   

 Su muerte fue un mazazo tremendo para mí. Le tenía mucho  aprecio, me resultaba una persona muy entrañable. Gaspar no era de  medias tintas, no era tampoco lo que se considera políticamente correcto,  no lo era en absoluto. Él hacía lo que le parecía que debía hacer, no lo que quería. Supongo que como mucha otra gente, yo viví  durante mucho tiempo una lucha interior por intentar conjugar el sacerdote  católico que yo había conocido con el guerrillero, con el Comandante  Martín, manejando bazocas, que no son precisamente  juguetes, matando gente, ¿por qué no decirlo?  

  Me resultó y me sigue resultando muy difícil conjugar esas dos  posturas porque entiendo que los católicos, sean o no sacerdotes, no  deben matar. Pero, en mi caso, esa contradicción se resuelve porque  conocí la capacidad de Gaspar para implicarse hasta las últimas consecuencias  en cualquier cosa que considerase una injusticia, y porque  no juzgo la intención de las personas; yo no soy quién para saber  si Gaspar hizo bien o hizo mal, pero sí para saber que si lo hizo es porque  consideró que era bueno. Nada más.   

 Recuerdo que tras su muerte, la prensa publicó una foto del cadáver  de Gaspar; tenía un orificio de bala en la boca, y esa imagen la  estuvimos viendo juntos su hermano Silverio y yo. “Es increíble la  paz que refleja”, dijo Silverio. Y era verdad, yo creo que ése es el resumen  final, que Gaspar resolvió su propia contradicción, si es que  alguna vez la tuvo, porque siempre estuvo en defensa de los más necesitados,  de los pobres. Y yo creo que acabó muriendo en paz.

 


 

JOSÉ VALDIVIA, coronel retirado y compañero en el Frente Sandinista.

 

Ingresé en el Frente Sandinista en 1970. Estuve cinco años en las montañas de Nicaragua.   Después me tocó ir a Honduras, estuve en México y en Venezuela y luego regresé a Costa   Rica, cuando se estaba preparando la ofensiva de octubre de 1977. A finales de ese año o a   comienzos del 78 llega un comunicado de Gaspar   expresando su decisión de unirse al Frente   Sandinista para luchar contra la dictadura de   Somoza. Gaspar ya había tenido problemas con   la Guardia Nacional, una institución creada por el Gobierno de los Estados Unidos que sirvió para combatir a Sandino. Son guardias que, a veces, hacen las funciones de policía, pero aquí   eran guardias, eran ejército y policías al mismo tiempo. En cada cabecera departamental había un comando con un comandante al frente, coronel o general, que se encargaba de mantener   el orden exterior. Cobraban impuestos, detenían   a los borrachos, a los ladrones y, al mismo   tiempo, les mandaban robar. Era un desastre.  

La ofensiva de octubre consistió en atacar   al mismo tiempo distintos lugares. Somoza se   sintió golpeado, había tenido un infarto anteriormente   y para nosotros fue un éxito gigantesco porque, a partir de octubre, el pueblo de Nicaragua, los jóvenes   nicaragüenses, comienzan a unirse al Frente Sur, al Frente Norte y al Frente Interno. Gaspar llegó a Costa Rica e inmediatamente se   integró en las columnas que nosotros teníamos en el Frente Sur, que   no era una tropa al estilo del ejército, sino grupos que estaban a lo   largo de la frontera. Gaspar contribuyó mucho en la preparación de   los jóvenes. El hecho de que un sacerdote se incorporara a un movimiento guerrillero era una cosa inusual en América Latina. Conocíamos los-  casos de Camilo Torres y de Domingo Lain, pero el de Gaspar en Nicaragua   fue diferente, porque el mundo había puesto sus ojos en   nuestro país debido a Somoza. 

A Gaspar García no me lo puedo imaginar como militar, no tengo   esa percepción. Él llegó al Frente Sandinista por convicciones morales. En una ocasión unos agentes de Somoza se infiltraron en la guerrilla. Hubo una discusión sobre si había que fusilarlos y Gaspar se   negó, dijo que él no podía participar en eso por principios. Gaspar era capaz de ir a un combate, pero no a un fusilamiento. Gaspar se reveló   contra Somoza por razones éticas, morales y, hasta podría decir,   que por razones religiosas, pero no era un buscapleitos. Claro que   Gaspar también era un hombre fogoso y en la guerrilla no hizo de cura, sino de militar con convicciones morales. Dio ejemplo de honestidad, de hombre honesto con sus principios. 

 


 

CARLOS GARCÍA GODOY, cantautor y amigo.

 

En los años 70 yo andaba investigando en el  entorno nicaragüense para componer una misa  desde la óptica cristiana comprometida, una  misa en la que la palabra debía ser la sustancia.  Fui a hablar con Ernesto Cardenal, también  a la Costa Atlántica, para entrevistarme  con el antropólogo capuchino Gregorio Smutko,  después a la pastoral del norte y me quedaba  Tola. Ya conocía a Gaspar, pero era la primera  vez que me sentaba con él. Fue estremecedor  todo lo que me dijo Gaspar. “Carlos, en Nicaragua  no hay otro camino”, me recordó a la  frase de Dolores Ibárruri, La Pasionaria: “La  lucha armada es el único camino que queda  para poder cambiar este país de tanta corrupción,  de tanta miseria y de tanta opresión”.  

Gaspar no me dijo que iba a dejar la sotana  pero insistió en que “aquí no hay otro camino”.  Yo estaba convencido de lo mismo. Me  encantó la alegría con la que me dijo: “Vamos  a hacer la revolución y vamos a hacerla todos  con entusiasmo”. Lo decía con el deleite de  sentirse partícipe, porque él ya estaba participando  y ya habían empezado las amenazas contra  él. Me contó que el jefe policial de Tola le había dicho que si no se iba le podía pasar algo. Aquello fue la gota  que derramó el vaso. Él afirmó que no iba a abandonar a esta gente.  “Yo no me voy a ir a España y no voy a regresar a mis raíces geográficas,  sino que voy a volver a mi verdadera raíz, que es el Evangelio al  servicio de los pobres”. Ese fue el espíritu de lo que yo sentí en aquella  conversación con Gaspar en el año 75.  

Más tarde, en la primavera de 1977, fui testigo de su última visita  a Asturias. Yo había hecho ya contactos con la casa de discos,  pero la canción Son tus perjúmenes mujer no había empezado a sonar  aún. Hubo una misa campesina en la parroquia de Tuilla, en Langreo.  Lo recuerdo todo clarito. Recuerdo que hacía un tiempo precioso,  aquel verdor, la gente. En el cántico de despedida había una  frase que se refería al Gaspar campesino. Me volví a mirarle y él me  guiñó el ojo como diciendo:”Ese soy yo”.  

Fue muy hermosa aquella misa, su eucaristía de despedida, y fue  lindo porque después fuimos con su familia a beber sidra y a comer  gambas. Una escena que nunca olvidaré fue cuando me presentó a su  madre: “La asturiana más guapa de esta tierra”, me dijo. La tomó en  brazos y la señora gritaba: “Gaspar, Gaspar, me vas a matar, me vas a  quebrar los huesos”, y Gaspar la besaba como a una niña. Lástima  que no haya una foto de aquel momento. Me emocionó muchísimo y me hizo recordar a mi madre, que afortunadamente aún vive.

Después bajamos a visitar la mina. Su padre había sido minero  y parte de su familia también había trabajado en el pozo. Fue muy impresionante.  Nos pusimos los cascos y Gaspar me decía que no había  tanto peligro como antaño, que ahora había medidas de seguridad. A  la salida nos hicimos una foto.

Para nosotros todo era impactante porque Gaspar debía despedirse  de su familia. Lo hizo con enorme alegría, como si se fuera de  tournée con artistas. Se sentía gozoso de regresar a Nicaragua todo su espíritu batallador y con todo ese cristianismo militante fortísimo,  como un verdadero soldado de Cristo. Yo no dejaba de sentir  un poquito de cargo de conciencia. Él, leyendo más allá de mis ojos,  me dijo que era su responsabilidad regresar a Nicaragua y que, en determinado  momento, puede surgir un problema familiar, pero que hay  que dar prioridad a la patria y a la revolución. Meses más tarde mi  padre estaba falleciendo en Costa Rica, me mandó llamar y tuve que  quedarme todavía quince días más resolviendo problemas de solidaridad  antes de atenderle. Recordé lo que me decía Gaspar: “Aunque  no arriesgues la vida como un combatiente en el frente, vas a tener  pruebas muy fuertes para demostrar tu entrega verdadera a esta causa  revolucionaria”.

Gaspar se ganó un enorme cariño, primero en la zona donde trabajaba  y, luego, su nombre y carisma se fueron extendiendo a otros  puntos de Nicaragua. Salió en una película que se llama Patria libre   o morir explicando qué es un obús.  

En los años 90 regresé a Asturias, a Tuilla. Me rencontré con  la familia de Gaspar y su presencia seguía siendo fortísima. Volvimos  a la mina y fue como una película, como si reviviéramos la escena  con él.   

Gaspar García ha sido un ejemplo para toda mi vida, a pesar de  que mi militancia política se fue diluyendo por todos los acontecimientos  transcurridos en Nicaragua. Yo me separé del Frente Sandinista,  pero no me separé del sandinismo, que es donde yo me  encuentro con Gaspar y siento su presencia, su palabra viva, su  ejemplo. Veo a Gaspar diciéndome: “Carlos, agarra bien la guitarra,  agarra bien el acordeón, vos tenéis que seguir dando testimonio por  la justicia de este pueblo”. Y recuerdo la frase del Che Guevara en  la carta a sus hijos: “Sentir cualquier injusticia cometida contra  cualquier persona en cualquier parte del mundo”. Esa es una declaración  de principios fundamental. El ejemplo de Gaspar lo siento en mí, no solamente a la hora de cantar sino en todos los momentos  de mi vida, porque fue un hombre integral en el sentido completo de  la palabra.

Hay un pez en el lago que se llama Gaspar. Es un pez muy curioso  porque es como que si su evolución se hubiera detenido en el  tiempo. Es un poco antediluviano, raro, es una mezcla de caimán y  pez, con dientes agresivos. Pero Gaspar García ha dulcificado ese  nombre que, para mí, era agresivo. Ahora identifico el nombre de  Gaspar con sabiduría, con constancia, con trabajo cotidiano y, sobre  todo, con una enorme alegría. Si hay algo que nunca puedo olvidar  es a Gaspar guiñándome el ojo, cómplice, como diciendo: “Estamos  en la lucha y vamos a continuar hasta el final”.

 


 

Manuel Rodríguez García.

Misionero del Sagrado Corazón.

Autor del libro Gaspar Vive

San José, Costa Rica, Artes Gráficas de Centroamérica, 1981.

 

Mi idea era recoger en el libro todo lo que pudiese  de Gaspar García Laviana. Me moví intensamente  por todo el país con la idea de  decir la verdad sobre su proceder. Mi sorpresa  fue que esa verdad que yo llevaba era muy diferente  a la que me encontré. Quería evitar que  el Gaspar sacerdote, defensor de la vida del  pobre, del necesitado, fuese convertido en un  personaje político, ya que a su entierro en San  Juan del Sur y en Tola acudió una delegación  bastante amplia de España, con representantes  de UGT y de CC OO de Asturias. Iban a defender  a un gran partidario de la revolución sin  más; y Gaspar no era un partidario de una revolución  meramente política; era su revolución  en defensa del pobre, del oprimido, del tratado  injustamente... La prueba está en que él, “su  revolución”, sigue viviendo. En Tola y en Rivas,  todo lleva su nombre: escuelas, un hospital,  cuyas salas se llaman Gaspar sacerdote, Gaspar  guerrillero, algunos pueblos...

Gaspar era muy avanzado. Le gustaba  estar en la primera línea en todo, no por esnobismo  sino porque él era así, de carácter decidido,  lanzado. Eso ya lo había comprobado yo   «Quería evitar que  el Gaspar sacerdote  fuese convertido  en un personaje  político en España, cuando tuve que sustituirle en la parroquia de San Federico,  en Madrid. Gaspar era exactamente igual aquí que allá; pero su  compromiso en Nicaragua se hizo muchísimo más grande.  

Estuve varias veces en la casa donde él había vivido en Tola.  Tan sólo había una cama, y encima de ella un crucifijo colgado con  una cuerda gordísima, una silla de tres patas y una maleta de madera.  Era todo lo que había de Gaspar en esa habitación. Me imagino que  la ropa la daría a quien la necesitase. Esto ya indica su compromiso.  Quería vivir la pobreza al máximo, pero no por un motivo político, en  absoluto, ni por una mera razón social. Existía un motivo eminentemente  religioso. Gaspar se unió al grupo sandinista porque era el  único que podía, en aquel momento, evitar que Somoza siguiese gobernando  en Nicaragua. Como él mismo dice en una de sus cartas,  Somoza era un pecado, y había que erradicar ese pecado como fuese.

Más tarde pude recorrer con varios de los comandantes sandinistas  sus residencias y fue muy triste comprobar que, salvo alguna excepción,  todos los libros que tenían eran de Marx o Engels, lo cual  indicaba ya un enfoque muy equivocado a lo que Gaspar hubiera defendido.  Sólo uno de ellos, Edén Pastora, Comandante Cero, me habló  de su contrariedad por ser lo único que podían leer sus muchachos.

Entre los misioneros del sagrado Corazón, sus hermanos y compañeros,  hubo gente que aceptó el libro que escribí sobre Gaspar; a  otros, los menos, les encantó, y hubo personas, como algún sacerdote  mayor, que me dijeron: “¿Cómo escribes tú cosas sobre ese comunista?”.  Es esa obsesión que tenemos de que el que no piensa  como tú es malo. En la Iglesia esto se discutirá toda la vida, sin pensar  que en el Renacimiento los papas a veces se vestían de armas  para atacar a sus enemigos. Siempre tendremos esa discusión puritana,  que nunca lleva a nada.

La revolución, al principio, fue una maravilla. Yo viví allí el primer  año, y fue una delicia moverse por Nicaragua. Todos éramos “compas”. Después, por intereses personales (siempre ocurre lo  mismo), todo se va al garete, y entonces la revolución no sirve absolutamente  para nada.

Edén Pastora, Comandante Cero, no era marxista ni leninista;  era un idealista revolucionario. Cuando llegó a Managua no le dieron  ningún cargo de comandante, porque era un tanto independiente y,  por lo tanto, peligroso. Le dieron un cargo de jefe de las fuerzas del  pueblo o algo así. Creo que fue allí donde él se dio cuenta de que  había hecho una revolución, no por el bien de los nicaragüenses, a  favor de la independencia, de la libertad, de una mayor justicia social,  sino a favor de una ideología. Después cometió el error de colaborar  con la Contra. Pero es que, cuando a una persona se le encierra  como a un gato, sale por donde menos se espera. Es un poco como  lo que le ocurrió a Gaspar. Tuvo tres atentados prácticamente seguidos,  fue cuando decidió dar el salto definitivo y se fue a trabajar con  la guerrilla directamente.

Una persona medianamente sensible cuando lea su obra, sus  escritos y piense un poco, sentirá que el ejemplo de Gaspar está vivo.  Pero actualmente, la mayor parte de las personas no tenemos esa capacidad  de pensar ni de meditar, ni de valorar la lectura, sobre todo,  si se trata de poesía. Eso hace que no surjan tantos individuos como  él. No estamos preparados, porque el ambiente social y educativo no  nos lo permiten. Nos han destrozado esa posibilidad.

En Barcelona yo tuve dos discusiones con Gaspar. Me decía  siempre lo mismo: “Es que no entenderás aquello; no estás allí, no  lo entenderás, no entenderás el hecho de lo que yo estoy viviendo  allí, por qué hacemos eso, porque tú no lo ves, sencillamente”.  Ahora pienso que Gaspar tuvo un cambio fenomenal: se convirtió. Yo  también puedo decir que hubo una conversión en mí después de conocer  la realidad de Nicaragua. Pero la conversión de Gaspar es de  otro tipo. Él era, como la mayoría de los asturianos, vital. Le gustaba vivir bien, era divertido, y también introvertido en sus cosas más personales.  Le encantaba disfrutar y entregarse, y, cuando se encuentra  con la realidad nicaragüense, estaba más que predispuesto a entregarse.  Fue despojándose de los pantalones, de los calcetines, de casi  toda su ropa menos lo esencial (hasta en eso fue consecuente en su  entrega), y se fue quedando casi en la miseria. Era un líder vital; si  no, nunca hubiera hecho lo que hizo.

Gaspar siempre andaba buscando algo nuevo a lo que entregarse.  Y se encontró con la realidad de la vida del campesino, que es para  asustar. En una ocasión, cuando iba con un sacerdote a un pueblo de  la montaña, salió a nuestro encuentro una buena señora a ofrecernos  la comida: dos huevos fritos. Resulta que no había más que esos dos  huevos fritos en la casa. Mi compañero le dijo: “Por favor, dáselos a tus  hijos, no a nosotros". Casos así se repetían a diario. La gente te daba  todo, aunque no tuviera nada. Cuando los nicaragüenses comprendieron  la posibilidad de conseguir una mayor justicia social se incorporaron  al sandinismo, algunos de ellos por motivos religiosos. La Iglesia,  como representación, no en bastantes de sus sacerdotes, no supo aprovechar  esa circunstancia y, cuando se dio cuenta. la mayor parte de los  muchachos eran seguidores de Marx, Lenin y Fidel Castro.

Escribí Gaspar vive, que fue editado en Costa Rica y que, en España,  sólo se conoce en Asturias y bastante también en la parroquia  madrileña de San Federico y en Barcelona, en el Colegio San Miguel,  regentado por los Misioneros del Sagrado Corazón. Al cabo de  unos años de haber publicado el libro, apareció otro título, Carta a un  capellán muerto en Nicaragua, de un tal Urrutia. También está escrito  en castellano (y en catalán), y es una copia casi descarada del mío.  Hasta las direcciones, los números y los nombres, que en mi libro  están cambiados para proteger a nuestros hermanos de Guatemala,  son iguales, y el proceso de narración es exactamente el mismo. Es,  descaradamente, una copia. Ni en un solo momento cita la fuente.   

 


 

TESTIMONIO DE CINCO CURAS ASTURIANOS

QUE CONOCIERON PERSONALMENTE A GASPAR.

 

ALFREDO CUETO.

Amigo de infancia. Párroco de Santa Teresa del Pozón (Ávilés)

 

Gaspar vivía en Tuilla y yo en otro pueblo, un poco más arriba, en la Braña, pero todos los que éramos niños entonces nos criamos a la sombra del Pozo Mosquitera. La minería marcaba la pauta del desarrollo y de nuestra vivencia. Recuerdo muchas veces que cuando yo iba para la escuela, venía la ambulancia de abajo, de La Felguera o de Sama, y siempre nos quedaba la mosca detrás de la oreja pensando a quién iría a buscar. Vivías unos ratos duros hasta que te enterabas de lo ocurrido, hasta que sabías que no estaba allí tu padre, pero uno tardaba bastante en enterarse y lo pasaba mal.

La mina marcaba también la realidad sociológica, aunque de niños no éramos conscientes de ella, y tampoco te parabas a pensar que pudiera ser de otra manera porque no conocíamos otra cosa. Éramos un poco marginales por ser hijos de mineros pero, también por serlo, crecimos con unos valores de honradez, lealtad, sinceridad, convivencia, ayuda al necesitado... Esos valores, que siguen allí todavía aunque ya no tan puros como en aquella época, son valores cristianos, de solidaridad, de comprensión, de tolerancia, de amor, de justicia, eso brota desde el mismo Evangelio.

Mis primeros recuerdos de Gaspar son que a veces coincidíamos al ir a confesarnos a la parroquia de San Juan del Coto, que está un poco más arriba de Tuilla; nos confesábamos con don Patricio, un verdadero santo, hombre silencioso, comprensivo, humilde. Pero si quiero buscar una respuesta, un origen, a mi vocación, yo diría que fue Gaspar. Cuando él comentó que iba al seminario, yo dije en casa que quería ser como Gaspar, y me enviaron al seminario de Oviedo. Nos veíamos durante nuestras vacaciones en Tuilla; allí comentábamos la situación de cada uno, en cada centro.

La opción por los pobres nos surgió luego, pienso que por las circunstancias de los tiempos. Nuestra promoción fue la primera del Concilio Vaticano II; se hablaba de aires nuevos, el Papa Juan XXIII abogaba por abrir las ventanas de la Iglesia para que se airearan, aunque después las hayan cerrado a cal y canto.

Nos ordenamos simultáneamente. Gaspar celebró la primera misa el domingo 26 de junio y yo lo hice el día de San Pedro, tres días más tarde. En las dos misas coincidieron muchas personas, porque Tuilla no era tan grande, pero sí me llamó la atención que acudieran personas a las que yo no esperaba ver por allí. Fueron por Gaspar porque, a pesar de haber estado más lejos del pueblo que yo, era una persona muy apreciada, muy abierta, muy acogedora y optimista. Gaspar siempre transmitía alegría.

Tras la primera misa llega el contacto con la realidad y tienes que reinventar tu misión. La realidad con la que me encontré fue la que había vivido durante mis años de infancia. En el seminario me eduqué en la línea del obrerismo testimonial y de pobreza, y nunca quise ser traidor a la clase obrera, a la que yo pertenezco y de la que me considero defensor a ultranza. Mi opción también fue personal, como la de Gaspar. Llevo 32 años aquí, en esta parroquia, donde no hay oro ni plata; los vasos son de Sargadelos, pero hay un ambiente de acogida, de cercanía, que ya ni los feligreses ni yo queremos otra Iglesia.

Gaspar eligió otra opción para su vida, mucho más radical, pero creo, y lo creo profundamente, que obró en conciencia, que le costó muchísimo tomar esa decisión y que la tomó en contra de sí mismo, porque creía que era su exigencia. El propio Gaspar lo expresa claramente: “Hay que estar siempre con la gente, siempre y para todo”. Lo dice también en ese documento que dejó aquí en Asturias antes de que regresara por última vez a Nicaragua. Y eso es algo que trastoca los sentimientos y la fe de los creyentes. Eso es vida, no es cerrarse a la luz del Evangelio. Jesús era tolerante, comprensivo. Nuestra misión no es condenar, ni juzgar, sino ser tolerantes, tender siempre la mano, abrir caminos. Es la misión de la Iglesia y del cristiano. Por eso, necesitamos comprensión, y a veces me atrevo a decir que como no tenemos suficiente valor, criticamos la actitud de Gaspar para justificar la nuestra, y nos perdemos en que cogió las armas. Gaspar fue todo generosidad y entrega hasta las últimas consecuencias.

Yo, para mí, tengo canonizado a Gaspar, aunque la Iglesia no lo canonizó. Sé que no llegaré a verlo en los altares, pero en Tuilla celebramos una misa a los 25 años de su muerte, en 2003, y dije entonces, desde lo más profundo de mi corazón, que era hora de rezar a Gaspar, y no de rezar por Gaspar, de rezarle pidiendo su ayuda, su protección. Fue un ser humano trascendente, un santo, porque sobresalió fundamentalmente en el amor, y nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus hermanos, al igual que Jesús. El Evangelio dice también: “Porque amó mucho se le perdonó mucho”. Me parece que Gaspar se sobrepasó, se pasó en la solidaridad, en el amor, la generosidad, la entrega. Lo llevó hasta el extremo, hasta las últimas situaciones y circunstancias.

Gaspar es un modelo inagotable, es un testimonio permanente para niños, jóvenes, adultos y ancianos. Todos podemos encontrar en él una palabra de ánimo, de consuelo, de valentía, de solidaridad, de tolerancia, de comprensión y, fundamentalmente, de generosidad, que los cristianos llamamos amor. Gaspar vive en el recuerdo de sus amigos, de sus familiares, pero es triste que permanezca también en el olvido, que muchas personas no hayan descubierto su gran valor, su riqueza a nivel humano, espiritual, cristiano. Para conocer a Gaspar tenemos muchos cauces, porque él está presente en su obra, en el pueblo nicaragüense, está presente en su literatura; su poesía refleja los sentimientos, la personalidad, la dignidad y la solidaridad de este gran personaje. Es urgente y necesario evitar el oscurecimiento, que su vida y su recuerdo mueran en el olvido.

 

José María Álvarez, Pipo

Cura. Párroco de Valdesoto (Siero)

 

Personalmente, creo que lo más importante para un cura es ser sensible ante la realidad social que está viviendo y asumir los problemas que puedan tener las gentes de los pueblos donde uno está. Gaspar García Laviana fue muy sensible a la realidad de Nicaragua, que vivía una situación límite, como otros países de Hispanoamérica. Yo entendía perfectamente a Gaspar porque, aquí, nosotros respondíamos a la dictadura, y éramos perseguidos, vigilados y amenazados de muerte en cartas anónimas. Y en unas circunstancias tan duras como la de Nicaragua, no me extraña en absoluto la decisión de Gaspar, como tampoco me extraña, aun siendo pacifista como soy, que haya curas guerrilleros. Gaspar tuvo como discípulos a chicos y chicas que estaban en la guerrilla, les enseñó el Evangelio, así es que tenía que respaldar lo que él había impulsado en esos chavales.

 

La opción de la lucha armada tiene que estar condicionada por el ambiente, por las circunstancias, y nada más. Uno debe responder en la medida de las posibilidades que están al alcance de su mano y, realmente. los que tienen la última palabra son los que están viviendo donde están los problemas. No son los teóricos que viven en los despachos, porque estas personas, al calor de las calefacciones, viven todo de forma muy distinta a quienes están sufriendo.

 

La Iglesia oficial siempre vio con buenos ojos a la gente que apoyaba a las dictaduras. Nicaragua, Chile, Argentina, incluso la España de Franco lo demuestran. Sin embargo, cuando había una violencia de izquierdas, la Iglesia oficial se ponía agresiva y condenaba. Es verdad que también hubo obispos como Casaldáliga que, allá en el Mato Grosso, era obispo de los pobres y que formando parte de la jerarquía llamó a Gaspar García Laviana “hermano mío”. En concreto, en un texto suyo dice:

 

“Cuando un vuelo cortado por la muerte

igual que un crucifijo en carne viva,

como un abrazo extremo que me llama,

me ha acercado tu nombre,

Gaspar, hermano mío, asturiano,

justicia de minero, bronco acantilado,

corazón de Jesús en pura llaga”.

 

Por tanto, también parte de la jerarquía ve de una manera más cercana al Evangelio que los cristianos adopten posiciones, por decirlo así, prácticas.

 

El Entrego, en el concejo de San Martín del Rey Aurelio, del que procedía Gaspar, fue en algún momento la capital del movimiento obrero minero; en el salón de su iglesia se reunían los sindicatos con los mineros para debatir los problemas que tenían, y ese recinto acogió también encierros de la construcción. Esa sensibilidad respondía perfectamente a la que podía tener Gaspar. Yo siempre conecté con él; los dos éramos hijos de mineros y mamamos sensibilidad social desde la cuna.

 

Hay un libro de Gaspar, A corazón abierto. Poesías en Nicaragua, publicado en 2007, en el que encontramos parte de su pensamiento. Uno de sus poemas dice:

 

“Mis ideas. No juzgues mis versos, amigo,

que vives lejos de América.

Me das miedo, criticón, de mesa buena.

Tú y tus calles asfaltadas y tu carro a la puerta,

nunca han vivido conmigo.

No te importan mis ideas”.

 

Otros versos reflejan la actitud de Gaspar respecto a la violencia:

 

“Escribí versos viajeros,

brotes de rojo violento en mi corazón guerrero,

pero siento que mi alma busca colores serenos.

Ya me cansa el rojo diario de mi túnica,

ya me pesa en la cabeza el gorro frigio con la escarpela roja”.

 

Algunos poemas hablan también de la muerte: “Qué duro es morir… sin ver el triunfo”. Creo que lo mismo sintieron Cristo, y Camilo Torres y Che Guevara.

 

En mi opinión, la opción que eligió Gaspar responde a una idea previa a la Teología de la Liberación, aunque se hable poco de ella, porque es más profunda y menos externa. Es la Teología de la Encarnación, que plantea al clero incardinarse dentro de la realidad social donde uno vive; rechaza, por tanto, la figura del cura lejano a la gente y defiende la del cura cercano, el que vive los problemas de la gente, los que fueran. Creo que aquí se enmarcan los curas obreros que se dieron en la cuenca minera y en otras zonas, curas antifranquistas, que queríamos la libertad del pueblo, para todos: libertad de reunión, libertad sindical, libertad política. Y Gaspar, en Nicaragua, abrazó también esa idea de incarnarse, de vivir los problemas del pueblo, porque hay que ser muy insensible para no reaccionar ante realidades tan duras como las que se estaban viviendo en Nicaragua. Necesariamente, tendría que elegir entre coger el crucifijo o coger la metralleta. En un contexto religioso normal hay que ser pacifistas, pero cuando ves que hay personas que sufren la violencia, a veces no tienes otra alternativa.
 

 

 

José Antonio Couso

Cura. Párroco de San Pedro (La Felguera)

 

El 27 de abril de 1977 Gaspar García Laviana estuvo en mi casa, en La Felguera. Vino a Asturias para dejar una especie de testamento y quiso reunirse con un grupo de sacerdotes amigos para transmitirnos su deseo de volver a Nicaragua. Nos dijo que no podía abandonar a los suyos, aunque sabía que iba a tener muchísimas dificultades si regresaba. Insistió en que debía volver como fuera y en que entraría en el país como pudiera. Yo noté en su semblante una preocupación muy honda, muy profunda, a pesar de que Gaspar era de carácter fuerte, adusto. Su preocupación la manifestó en todas las expresiones; sabía que estaba en el punto de mira, y por eso quiso hablar con nosotros.

 

La postura de Gaspar fue enormemente valiente. Era un hombre que estaba convencido de lo que hacía y, aunque las opciones son siempre discutibles, siento un profundo respeto por las que se toman desde la más profunda honradez y desde esa hondura de convicción.

 

Yo no justifico la violencia por la violencia, porque me parece que engendra violencia, pero sí que respeto la actitud que Gaspar toma en un momento determinado de su vida. Yo no la hubiera adoptado, pero tampoco tenía las circunstancias que él tuvo. Pero me parece que su opción no es predicable en general, aunque sí puede ser la que adopte una persona determinada y en un momento determinado.

 

Aun siendo una decisión muy polémica y discutible, creo que Gaspar fue respetado por la Iglesia asturiana y por mucha gente. En Asturias no nos resultaba muy difícil comprender los problemas que él encontró en Nicaragua porque aquí, salvadas todas las diferencias culturales, religiosas, sociales y políticas, hubo también en aquellos años curas y seglares comprometidos muy seriamente con la causa de los obreros, y hubo sacerdotes encarcelados y vigilados. Entendíamos, respetábamos y admirábamos a Gaspar. En su pueblo hay una calle que lleva su nombre. Muchas personas le consideran un mártir, pero no creo que sea un mártir para subirle a los altares; vamos, que yo no prepararía la causa para su canonización. Uno puede ser mártir de muchas cosas y, en mi opinión, Gaspar fue un mártir en el sentido de que se entregó a una causa, que creyó en ella y que fue por amor a su pueblo.

 
 

 

José Antonio Gutiérrez Macho

Cura. Coadjutor de San Pedro (La Felguera)

 

De Gaspar García Laviana guardo en mi cabeza, treinta años después de verle por última vez, estampas e impresiones, Tengo muy claro el encuentro que mantuvimos con él en La Felguera, en el que nos transmitió su deseo de volver a Nicaragua y nos enseñó un documento que había escrito, una especie de testamento, porque ya presentía entonces que iba a tener muchas dificultades cuando regresara.

 

Y junto a ese recuerdo está el de la misa concelebrada que Gaspar y otros sacerdotes realizamos en La Felguera, junto a Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina. Cantaron su misa campesina, con ese estilo sudamericano muy propio de ellos y que, precisamente, predicaba Gaspar. Recuerdo también el viaje que hicimos con todos ellos a Covadonga; allí cantamos con la escolanía. Hice mucha amistad con Mejía Godoy y su grupo. Me impactaron mucho: Carlos era una persona muy preparada y todos ellos eran de lo más sencillo del pueblo; todos tenían familiares muertos por el régimen de Somoza. Cuando cantaban se les veía muy bien, pero arrastraban consigo una pena interior. Eso me quedó grabado, como también la relación mandan bastante» que tenían entre sí; uno de ellos era alcohólico y, por ayudarle, cuando iban juntos a los bares no bebía ninguno.

 

El tema de que Gaspar cogiera las armas me parece totalmente secundario. No entro en el debate teológico, lo dejo para la teología, pero yo no tengo problema con eso. Lo que quería Gaspar era volver con los suyos, pero no le dejaban regresar a Nicaragua. Pienso que no pudo dar otro paso una vez que vivía en el monte, con los guerrilleros. Ellos le dirían que, por si acaso, cogiera un arma y… Respeto totalmente su decisión, porque no sabemos qué haríamos cada uno de nosotros según las circunstancias. Uno puede elegir, pero las circunstancias también mandan bastante.

 

Gaspar era sensible a las injusticias sociales. Él nació en las cuencas mineras, y había visto la lucha obrera de los años 60 por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores asturianos. Cuando llegó a Nicaragua se encontró con eso y con muchísimo más, e imagino que algo dentro de él se agitaría.


 

  

Andrés Álvarez Suárez

Misionero del Sagrado Corazón.

Vicario de la parroquia de San Federico (Madrid)

 

Gaspar García Laviana era un chaval abierto, pacífico, observador, ni buen estudiante ni malo. Coincidí con él en los tres años de Filosofía y cuatro de Teología que cursé en Logroño. Allí sentimos ya la droga de las misiones, no la etiqueta de los pobres, sino de los más necesitados. Nos hablaban de Oceanía, de Nueva Guinea, de América, y te preparabas un poco para eso, con una teología totalmente desencarnada de la realidad, pero con un corazón abierto.

 

Una vez ordenado sacerdote del Sagrado Corazón, Gaspar fue destinado a esta parroquia de San Federico, en Madrid, junto a otro compañero, Arturo García, que era de mi curso. Allí se involucró sobre todo con los jóvenes y optó por trabajar en una serrería, porque los sacerdotes misioneros teníamos que trabajar para ganarnos la vida. Así es que la gente le veía por la mañana con un mono y tragando polvo en aquella serrería del barrio, que era moderna para la época.

 

Cuando llevaba cuatro años en Madrid, la congregación pidió gente para ir a Nicaragua, «Le angustiaba la angustia de la gente, los cristos de carne y hueso» Guatemala y El Salvador. Gaspar nos comentó que en Madrid había bastantes curas y que él optaba por trabajar en un lugar donde la gente más le necesitase. Así fue como cayó en Nicaragua en 1970; allí comenzó su transformación.

 

Recuerdo que me contó cómo, cuando llevaba ocho o nueve meses en Nicaragua, aparecieron en su despacho una decena de niñas de 8 a 11 años. “Padresito, padresito venimos a refugiarnos”, le dijeron. “Pero ¿qué os pasa?”, preguntó él. Las niñas comenzaron a enseñarle las espaldas llenas de latigazos, las piernas amoratadas. ”Es que nos han traído de la montaña diciendo que nos iban a dar trabajo y una señora nos obliga a acostarnos con hombres. Nos hemos escapado aprovechando que ella salió”. Gaspar dejó a las niñas en el despacho y fue a la comisaría, donde se encontró con unos agentes que, por lo visto, ya le conocían. “Pero si es el remamahuevos Gaspar, ¡ya era hora que nos relacionásemos!”, le dijeron los policías. Se rieron de él bastante rato, utilizaban expresiones que Gaspar no entendía. Él se sentía perplejo, hasta que uno zanjó la charla: “Mire padrecito, no se meta usted en eso, que peligra su pellejo”.

 

Otra experiencia que le marcó, y que también me contó, fue el terremoto que sufrió Nicaragua; en su parroquia, que era de piedra, tuvieron que alojarse 200 familias que se habían quedado en la calle. El encargado de Cáritas, el padre Mateos, que aún vive, y Gaspar pidieron una entrevista con Somoza, porque pasaban los días y no llegaban las ayudas, mantas y otros enseres, que, a ellos les constaba, España y otros países habían enviado. Somoza recibió a los dos hombres con los pies encima de la mesa y un puro enorme, como un poste de la luz, según me dijo Gaspar, diciendo que las cosas que mandaban para Nicaragua eran para él y su familia. Estas situaciones cambiaron a Gaspar por completo, fue transformándose, y la opción que tomó fue una opción evangélica, de gritar por los que no tienen voz con todas las consecuencias.

 

Un día de abril de 1977, cuando Gaspar estaba comiendo en su parroquia, llegó el embajador de España en Nicaragua y le dijo que, de forma inmediata, debía de hacer la maleta y marchar a España porque peligraba su vida. Un coche le esperaba fuera para llevarle al aeropuerto. Gaspar se negó, pero el embajador insistió: “Mira, tengo poca gana de líos, ya tengo bastantes, así es que tú te vas a marchar, tienes aquí el pasaje para España”.

 

Yo fui a buscarle a Barajas, venía hecho polvo. Fuimos a la parroquia de San Federico, donde estaba destinado yo, y avisé a las familias que le conocían porque sabía que querrían verle. Cenamos unas tortillas en un club de jubilados, y todo el mundo empezó a piropear a Gaspar por lo que hacía, y él en silencio, hasta que se levantó, tranquilo, muy tranquilo, para decirnos que se sentía un cobarde. “He estado educando a aquella juventud y aquella gente, luchando durante siete u ocho años y yo, por ser sacerdote y misionero y español, vengo aquí y en cambio aquella gente está muriendo. Yo no puedo quedarme aquí”, dijo. Intentamos tranquilizarle, decirle que estaba deprimido, que se le pasaría cuando llegara a Asturias. Él se calló, durmió en San Federico y al día siguiente volvió a su tierra, a Asturias, pero al cabo de 15 días su padre le dijo: “Gaspar, si no te encuentras satisfecho y feliz, vete donde crees que tienes que ir”.

 

Gaspar fue a Madrid, habló con el provincial del Sagrado Corazón para comunicarle que volvía a Nicaragua. “Tengo que estar allí luchando con los que luchan, yo no soy de derechas ni de izquierdas, sino de aquella agente que está luchando por la vida”, dijo Gaspar a sus superiores. El general de la congregación se reunió también con él, y le apoyó; dijo que Gaspar García Laviana continuaba como misionero dentro de la congregación del Sagrado Corazón: “Y tome la opción que tome, si es por los pobres, continua y estamos con él”. Fue entonces cuando volvió a enrolarse con los sandinistas hasta que murió, el 11 de diciembre de 1978. Yo conocí la noticia en San Federico. Su hermano Silverio, también misionero, en el colegio de Hospitalet donde daba clases. Sentimos una gran tristeza, pero también una gran alegría en el sentido de que había un mártir.

 

Como ser humano, Gaspar tenía mucho carácter, se cabreaba y era aparentemente mal hablado, soltaba tacos, pero era un hombre profundamente pacífico y profundamente comprensivo y sensible, sensible a la vida de las personas. Había encarnado un poco el mensaje, el mensaje de Jesús de Nazaret y de misionero del Sagrado Corazón, es decir tenía el corazón de Cristo no en la estampita sino en la vida. Y, desde luego, tenía ideas claras, sabía dónde iba, sabía cuál era el camino y sabía dónde se comprometía y dónde se jugaba la vida. Gaspar era, además, un hombre tímido, al que no le gustaba el autobombo. Incluso cuando personas como el obispo Casaldáliga le mostraban su admiración, él no quería oír sus palabras elogiosas. Él creía que lo que hacía era lo que tenía que hacer.

 

A veces se ha especulado sobre si tenía relaciones o no con mujeres. Yo, por las noticias que tengo y por su psicología, Gaspar, como toda persona normal, ama más a las mujeres que a los hombres, y tenía un profundo sentimiento de amistad. Lo que pasa es que hoy, ayer y siempre, cuando un sacerdote o un misionero se relaciona con una persona, sobre todo con una chica guapa, como está la obsesión del sexo, enseguida se rumorea si se acuesta o no con ella. Gaspar tenía profundas amistadas en los hombres, en las mujeres y en las parejas y en la guerrilla, porque había mujeres también en la guerrilla. Era siempre amor, porque donde hay amor ahí está Dios.

 

Para mí, una de las grandes poesías que tiene es ésta:

 

“Las angustias de mi alma,

no las calma el rosario,

ni la misa, ni el breviario.

Mis angustias las mitigan

las escuelas en los valles,

el bienestar del campesino,

la libertad en las calles

y la paz en los caminos”.

 

Creo que Gaspar utilizó el sandinismo como instrumento para el servicio, para el servicio del pueblo. Y punto, porque no podemos utilizar sólo el rosario para liberar al pueblo, a veces hay que utilizar también otros instrumentos.

 

Pienso que uno de los defectos de Gaspar es que sufría muchísimo por dentro cuando veía los problemas de la gente; en lugar de mirar para otra parte, a él le angustiaba la angustia de la gente, los cristos de carne y hueso, Él vivía el Vía Crucis, no como un psicópata o un angustiado, sino como quien estaba junto a ellos, en tanto que podía ayudarles. No era un fundamentalista, ni un obsesivo, sino que había descubierto que su vida, lo que tenía, lo que podía y lo que sabía, tenía que estar al servicio, no de la jerarquía sino de los pobres. Por eso creo si no le hubieran matado, ahora estaría de misiones. Ya en una carta a su hermano Silverio le dijo que cuando terminase un poco la pobreza en Nicaragua, él volvería a una parroquia, a otro lugar donde le necesitasen más. Lo que pasa es que cuando uno se compromete así, se juega la vida, igual que Jesús de Nazaret. Hoy le aconsejaríamos que fuese un poco más prudente. De hecho, tristemente, estamos diciendo a la gente que se compromete que hay que ir despacio, que escandalizamos.

 

Me gusta recordar un poema de Gaspar sobre el sentido que le daba a su propia muerte:

 

“Cuando muera

no quiero que sollocen mentiras

las sanguijuelas del pueblo.

 

No quiero que me lloren

los perros que comen rebaños de gente.

No quiero que sus lágrimas saladas

esterilicen mis obras...

 

Pero voy a gritar hasta que muera,

que mejor comen mil perros flacos,

que un perro gordo

reviente de comida

y pisotee las sobras

para que no coma nadie.

 

Yo sé, yo sé

que me tienen en la mira

de sus pistolas,

por eso labro mis versos

con tosco machete, mi divisa,

y escribo a toda prisa,

por si me alcanza la muerte.

 

...   ...   ...


 

TESTIMONIOS DE CURAS SECULARIZADOS

 

Manuel Suárez

Ex sacerdote. Compañero en Madrid

 

Conocí a Gaspar García Laviana en Madrid en el otoño de 1967, cuando yo me preparaba para ir a América de misionero. Se enteró de que en el colegio mayor Quiroga estábamos unos cuantos curas asturianos y vino a conocernos. Yo había oído hablar de él cuando estuve de coadjutor en La Felguera en 1966, que fue cuando Gaspar celebró su primera misa en Tuilla. Desde que nos conocimos, pasamos juntos los fines de semana del curso 67-68, porque yo me quedaba esos días en el piso de la parroquia de Gaspar.

 

Al final, no fui a América porque los militares argentinos expulsaron a curas asturianos y se paralizó la obra de cooperación que había entre las diócesis españolas y las latinoamericanas, y me convertí en un cura obrero. En esos años soplaban los vientos del Concilio Vaticano II y el entonces obispo Tarancón, que luego sería cardenal, apostó por esa experiencia de curas obreros, lo que suponía que nos incardináramos en la realidad, en el mundo obrero y más pobre.

 

Gaspar empezó a trabajar de cura obrero en una carpintería, y durante ese año de estrecha relación que mantuvimos, creo que nos en riquecimos mutuamente en nuestra convivencia, con un diálogo y un debate continuos. Las generaciones de sacerdotes asturianos que nos ordenamos en la década de los 60 habíamos vivido las huelgas mineras de 1962, había ya un debate político, había encierros y manifestaciones, y asistir a ellas era algo recurrente. Los curas teníamos también inquietudes políticas y muchos participábamos, de forma medio clandestina, en asambleas y reuniones.

 

Luego, él se fue a Nicaragua de misionero y yo seguí de cura obrero, primero en Asturias y más tarde en Luxemburgo, para acabar secularizándome y casándome en 1974. Los dos fuimos curas obreros, pero luego tomamos caminos totalmente distintos. Nunca pensé que Gaspar se convertiría en guerrillero, aunque había precedentes de sacerdotes que habían tomado las armas e incluso habían muerto mientras luchaban. Nunca hablamos de ese tema Gaspar y yo. Sí hablábamos de los curas obreros, de vivir del trabajo de cada uno y de todo lo que suponía no cobrar por los servicios religiosos. Tenía las ideas muy claras.

 

Durante su estancia en Nicaragua vino alguna vez a España con el objetivo de recaudar fondos para ese país, en ocasiones acompañando a Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina. Yo asistí a una de las actuaciones que dieron en Madrid. Cuando me enteré del paso a la guerrilla de Gaspar, yo estaba de profesor en La Mancha y un poco desvinculado de toda la estructura eclesiástica, pero sentí admiración por él, por ser un hombre consecuente. Luego lees sus poesías, sus escritos, y te sientes un poco acomplejado, porque muchas personas nos habíamos quedado en el camino con la utopía, con los ideales y él, sin embargo, había llegado hasta el final en su compromiso por los más pobres, desfavorecidos y marginados.

 

Con el paso del tiempo y tras haber conocido su obra, tanto pastoral como poética, veo a Gaspar como una persona con un carácter y una entidad de profeta y como un poeta, dos cualidades que definen ya a una persona.

 

 

Pedro Regalado

Ex misionero del Sagrado Corazón.

Compañero en el seminario y en Nicaragua.

 

«Los demás comandantes iban por detrás de

la tropa y Gaspar siempre iba delante, el primero. Por eso le mataron»

 

Coincidimos en el seminario de los misioneros en Valladolid. Yo me incorporé al segundo año de secundaria y estuve cuatro años con él. Disfrutamos, nos reímos, era como un hermano. Luego fuimos juntos al noviciado de Canet de Mar, en Barcelona, donde estuvimos un año dedicados exclusivamente a la preparación espiritual, a decidir nuestra vocación. Íbamos a ver qué pasaba, éramos jóvenes, de 17 o 18 años, queríamos pasarlo bien. Nos amenazaron con expulsarnos a todos porque éramos rebeldes. En los ejercicios espirituales, que duraban un mes, fue cuando ya nos fuimos convenciendo de que del plan que traía Jesús era para la liberación de toda la humanidad. Comenzamos entonces a profundizar en la espiritualidad, en la vida de Jesús y de María. Al terminar ese año hicimos los primeros votos y nos fuimos a Logroño, a estudiar tres años de Filosofía. Eran tiempos muy duros. Nos libramos del servicio militar por ser religiosos, pero tuvimos siete años de durísimo servicio al servicio de Jesús.

 

Gaspar tenía vocación de darlo todo por los demás. En el seminario de Valladolid era « muy juguetón, tenía un carácter muy abierto, sabía compartir y jugaba bastante bien al fútbol. Le gustaba mucho fumar. Teníamos un cómplice, en el último año, Pedro María Belzunegui. Cuando Gaspar estaba deprimido –pensó muchas veces en dejar los estudios de Valladolid– iba al cuarto de Belzunegui, éste le daba un par de cigarritos y Gaspar era otro, se desahogaba. En el noviciado era muy pensativo, muy meditativo y quizá un poco apartado, pero a la hora de los juegos era amabilísimo, pasábamos los ratos muy agradables con él.

 

Llevaba a Asturias siempre en el corazón. Recordaba los juegos de pequeño, lo que había compartido con los compañeritos que había dejado en el pueblo. ¿Qué sería de él si hubiera seguido en el pueblo y no hubiera tenido esta oportunidad de ir al seminario? Todos nos planteábamos esa cuestión, seríamos personas distintas.

 

De su padre él tenía grabada la lucha por el oprimido, por el trabajador despreciado, vilipendiado, lo llevaba siempre muy dentro. El amor hacia sus padres era intenso. Les escribía con mucha frecuencia desde Nicaragua, les llamó algunas veces, porque la llamada era muy cara, pero siempre les llevaba en su corazón.

 

Al terminar Filosofía fuimos juntos a dar catequesis a unos colegios que había en Logroño. En el último año de Teología nos permitieron hacer una catequesis con trabajadores, con labradores de un barrio marginado de Logroño, La Estrella, y ahí empezamos a ver otra España distinta, otra realidad a la que nos habían enseñado y habíamos vivido. En los seminarios siempre nos habían presentado a la izquierda como a los malos, los enemigos de la Iglesia, de España. La Iglesia siempre estuvo al lado del poder, al lado del rico. Y cuando empezamos a vivir con los obreros vimos esa otra realidad y decidimos que queríamos trabajar con los oprimidos; más Gaspar, porque lo había vivido en su propia carne.

 

Estuvimos juntos hasta que nos ordenamos sacerdotes. El primer verano tuvimos que quedarnos en Logroño para atender las capellanías, mientras los demás se iban a la montaña, a despejarse un poquito. Ahí hicimos nuestra primera travesura. A los dos nos gustaban los toros y, tras decir misa en las capellanías, nos fuimos a Estella a ver una corrida. Una vez allí pensamos: “¡Pero si no conocemos San Sebastián, vámonos a la playa!”. Nos metimos en un bar con sotana y, al salir, ya no la llevábamos. La gente maravillada, se preguntaba: “¿Pero no eran éstos los curas?”. Y nosotros con la sotana escondida. Total que nos fuimos a los toros y luego a la playa de San Sebastián. Perdimos el último autobús, y eso que al día siguiente teníamos que volver a decir misa en las capellanías. Ni cortos ni perezosos, cogimos un tren de mercancías y llegamos hasta la estación de Venta de Baños. Ahí estuvimos toda la noche sentados en un banco y, al día siguiente, de madrugada, a decir misa a las monjas. Llegamos con dos horas de retraso y nos disculpamos una y otra vez, pero lo reído lo llevábamos entre los dos.

 

Luego vinimos a Madrid, hicimos un año de pastoral juntos. Gaspar se especializó en sociología y se fue a la parroquia de San Federico, donde estuvo tres años. Yo me quedé en Logroño como capellán de las monjas, hasta que me enviaron a Valladolid de ecónomo. Para entonces Gaspar y yo habíamos hecho ya el pacto de que nos iríamos juntos a las misiones, a una zona marginada, a vivir con campesinos. Lo teníamos asumido. Esa iba a ser nuestra vida, igual que la que había llevado Jesús.

 

Pasados los tres años, los dos solicitamos ir a Nicaragua y nos fuimos juntos. Acordamos también que el tiempo que estuviéramos en Nicaragua íbamos a vivir juntos, a compartirlo todo, porque llevábamos catorce o quince años viviendo como hermanos. Queríamos seguir igual. Y nos comprometimos a que si un día alguno de los dos decidía dejarlo nunca llevaría una doble vida. Eso nos repugnaba, no ser leales con nosotros mismos. Y lo cumplimos los dos.

 

Como todos los sacerdotes, pensábamos que íbamos a evangelizar, a repartir los sacramentos. Nos dimos cuenta de que la mayor parte de los sacerdotes de nuestra diócesis estaba con el capital, con el rico, con el poder. Todos los curan vivían muy bien. Nosotros no habíamos ido a Nicaragua para vivir así, porque para eso nos hubiéramos quedado en España. Queríamos una cosa distinta. Todas las parroquias tenían que dar un estipendio al obispo y nosotros nos negamos rotundamente. Dijimos que eso no era la Iglesia, que había que compartir con el más pobre y que el obispado tenía muchos más beneficios y poder adquisitivo que cualquier campesino de los que se estaban muriendo.

 

El 45% o 50% de los niños no llegaban a los tres años. Esa mortandad nos dolía. Era terrible llegar al campo porque una señora te avisaba de que se le había muerto su hijo. Tenían que cargar con él en una cajita y transportarla a hombros unos 60 kilómetros para llevarlo a nuestra parroquia. Al pasar por delante de la iglesia se tocaban las campanas, pero tenían que dar un estipendio. Eso nos rebelaba. Decidimos intentar que en cada comunidad ellos tuvieran su propio panteón, su propio camposanto. Empezamos a bendecir campos santos en unos lugares y en otros.

 

Nuestra cocinera, Filomena, había sido vendida por su mamá, a los nueve años, a un terrateniente a cambio de una cerda. El hombre la encerró en una casita de madera y allí le llevaba los alimentos. La niña no podía salir. Cuando tuvo su primera regla, ya se quedó embarazada de su primer hijo y así hasta tres. A los diecinueve o veinte años pudo escaparse y comenzar otra vida distinta. No sabía leer ni escribir ni había hecho la primera comunión. Gaspar la fue instruyendo, ella aprendió a leer e hizo su primera comunión con nosotros. Lo celebramos por todo lo alto, invitamos a todo el pueblo a esa primera comunión. Luego trabajó con nosotros. La última vez que estuve en Nicaragua Filomena había muerto de cáncer.

 

En Tola hay un prostíbulo con niñas de doce a catorce años, y los que iban al prostíbulo le comentaban a Gaspar entre risas: “Esta noche he estado con tal, me ha hecho esto, me ha hecho lo otro”. Gaspar se rebelaba. “Voy a sacar a esas muchachas de ahí”. Una noche sacamos a tres y las llevamos a la parroquia. Estuvieron viviendo en una casita aparte. Una de ellas regresó al prostíbulo y las otras dos se casaron. Hoy viven con sus compañeros y son madres felices.

 

Nos rebelaba saber que un señor, con hasta 14.000 vacas y una finca de 20.000 hectáreas, abusaba de las niñas de las familias de campesinos que trabajaban su tierra. “Ay que linda va tu niña”, decían los señores a las campesinas y en cuanto esas niñas se habían desarrollado abusaban de ellas. Luego, esos mismos señores venían el Jueves Santo a la iglesia y querían sacar al Santísimo bajo palio. Para nosotros era duro y Gaspar se rebelaba porque ante esa realidad ¿qué predicaciones iban a ser las nuestras?

 

Un Viernes Santo, en San Juan del Sur, Gaspar hizo un Vía Crucis que pone los pelos de punta a cualquiera. Cada caída de Jesús era la caída de aquel campesino, de aquella mujer que había sido violada por el otro, del 45% de niños que estaban enterrados que no habían llegado a los tres años porque les habían matado de hambre. Esa era la primera caída y así sucesivamente. Cuando llegó a la estación novena, paró delante de la casa del médico del pueblo, que no debía cobrar las consultas ni las medicinas pero que mandaba a las mujeres enfermas que enviaran a sus hijas para que él se acostara con ellas. Había que ver junto a la puerta del médico a Gaspar diciendo: “Aquí, la tercera caída de Jesús”. Todavía hoy me estremece recordarlo. Estaba allí la hija del médico, con una pistola y si no es por una persona que trabajaba en la casa, Gaspar hubiera muerto ahí, en la novena estación de Jesús, porque aquella mujer le hubiera disparado dos tiros.

 

¿Qué hicimos al principio al ver cómo vivía el pueblo? Íbamos a las comunidades, sacábamos diapositivas. A mí me gustaba mucho la fotografía. Estábamos dos o tres días sacando fotos de los campesinos. Luego preparábamos un esquema y les hacíamos una exposición ción de sus propias vidas. Tomaban conciencia al ver que sus hijos estaban llenos de parásitos mientras que el caballo del señorito gozaba de un veterinario cada seis meses. Poco a poco empezamos a crear los grupos de mamás catequistas. También enseñamos primeros auxilios, logramos que vinieran unas comadronas y dábamos cursillos de medicina preventiva. Más tarde formamos delegados de la palabra, una figura que había dado un resultado óptimo en la República Dominicana. Llegamos a tener unos 80.

 

Utilizamos los medios de comunicación para relacionarnos con los campesinos. Entre 1974 y 1976 teníamos un programa semanal de media hora en la emisora Radio Rumbos de Rivas: Gaspar y nos turnábamos junto con otras dos personas para comunicarnos con todas las comunidades. Emitimos hasta que suprimieron el programa.

 

También creamos y publicamos una revista, Cristo campesino, dirigida por Luis Gurriarán, compañero misionero del Sagrado Corazón y que era un gran escritor. Publicamos un número monográfico, el tercero, titulado La distribución de la tierra, y en el que informábamos de las propiedades de los grandes terratenientes de Nicaragua. No nos dejaron publicar más números. También pusimos en marcha un dispensario en San Juan del Sur, con el que conseguimos ofrecer asistencia médica y medicinas gratuitas para los campesinos gracias a la colaboración de empresas camaroneras.

 

Los campesinos nunca habían tenido una fiesta en el pueblo. Conseguimos que el día de San Juan bajaran de todas las comunidades rurales y organizamos corridas de toros. Gaspar, con esa voz que tenía tan maravillosa de barítono, cantaba las canciones de sus ídolos, Jorge Cafrune y Alfredo Kraus. Cautivaba a la gente, sobre todo a las mujeres. Tenía un séquito de mujeres detrás. Una noche, las tres damas principales del pueblo me dijeron que querían pasar una noche con Gaspar. Se lo conté: "Oye, que tienes a estas tres loquitas. Me han dicho que pidas lo que quieras, pero que pases una noche con ellas”. Gaspar, ni corto ni perezoso, les dijo, delante de los maridos: "Bueno, ¿con quien me toca esta noche? No me importa pasarla con las tres”. Y ellas, con la cara roja, empiezan a mirarse y una de ellas le responde: "Pues con quien quieras, si quieres con las tres, con las tres, pero pásate una noche con nosotras". ¡Vaya risas que hicimos! Gaspar era un hombre muy atractivo, con una gran personalidad.

 

Hasta un hermanastro de Somoza, homosexual, intentó camelarle. Gaspar era muy inteligente y consiguió que ese hombre aportara una subvención mensual para que los trabajadores de su empresa camaronera tuvieran cubiertos los gastos de médico y de medicinas. Logró también, a través del hermanastro del dictador, que otras cuatro empresas camaroneras hicieran lo mismo.

 

Creo que el campesinado latinoamericano estaba domesticado por los españoles, que eran los que mandaban y a los que veían superiores. Así se acostumbraron a obedecer en todo, a la sumisión total. Esto se ha ido transmitiendo y hoy día siguen diciendo: “No, si nosotros no podemos". Al mando de otra persona trabajan horas y horas, pero ellos no son capaces de pensar por sí mismos. A la sociedad capitalista le interesa que sigan así, que tengamos personas que nos sirven en todo sin esperar nada a cambio.

 

Gaspar era muy impulsivo. Hasta en tres ocasiones pensó dejar Nicaragua, de manera que escribió a la Trapa y a la Cartuja para ver si podía incorporarse porque veía que no podía cambiar al campesinado, no podía dar a Jesús a esa gente por la situación en que vivían. Espiritualmente era un hombre muy profundo. Nos levantábamos a las cinco de la mañana, nos aseábamos e íbamos a la iglesia. Era obligación rezar el breviario durante unos tres cuartos de hora. Muy pocas veces rezamos todo el breviario. Fuimos rebeldes en eso. Nuestros superiores nos regañaron muchas veces. Nosotros leíamos un poquito del Evangelio e interpretábamos la redención por la muerte de Jesús, esa chispita de Gracia y de Espíritu Santo que llegó a María, que ella veía ya cómo iba a morir su hijo y lo aceptó y lo incorporó a su propia vida. Gaspar profundizó en eso y sabía, cuando tomó la decisión de irse a la guerra, que tenía un 85% de posibilidades de morir. Pero no le importaba, porque iba a dar su vida por sus hermanos los campesinos.

 

Gaspar intentó, con otros dos guerrilleros, poner una bomba debajo de la casa de Anastasio Somoza. Para nosotros era muy fácil porque la que cuidaba la casa era muy amiga nuestra, una mujer sencilla. Yo influí para que no lo hicieran porque si Somoza no moría la represión iba a ser peor y el régimen seguiría igual. Gaspar escribió a moralistas de España y les consultaba. “¿Un sacerdote o un cristiano pueden eliminar a un dictador que lleva 40 años machacando a un pueblo?”. Le contestaron que a un dictador es lícito matarle. Pero entonces Gaspar dijo: “Nada hacemos con matar a este hombre con una bomba porque va a seguir todo igual, hagámoslo de otra manera".

 

Fue entonces cuando empezamos a tener contacto con el sandinismo. Coincidíamos con ellos en que había que cambiar esta estructura. Gaspar se volcó con el Frente Sandinista y tomó su decisión. Se le acabaron las dudas. Lo consultamos y lo hablamos muchas veces, profundamente, noches enteras. Nadie imagina lo dura que fue la vida de Gaspar en el monte. A mí se me ponían los pelos de punta cuando me contaba que por la noche tenían que estar metidos debajo de una roca, con los mosquitos picándoles a todos; que habían matado una vaca y no podían hacer fuego hasta la noche y, por eso, comían la carne cruda. Gaspar es un héroe, un líder nato.

 

En más de una ocasión dudó en dejar el Frente Sandinista. Una noche en Guatemala me comentó el sufrimiento de su primera batalla, en el río Ochomogo, en la que hubo muchos muertos y un sandinista le encomendó, poco antes de morir, la custodia de su hijo. Gaspar era un hombre de paz y quedó destrozado por tanta sangre. - 113 - Me dijo que no volvería a coger las armas y que se iría a trabajar a Colombia. Pero sus compañeros de lucha le convencieron de que volviera y se reincorporara al Frente Sur.

 

Cayó por ser valiente. Los demás comandantes iban siempre detrás de la tropa y él siempre iba delante, el primero. Por eso le mataron. Gaspar decía: "Estos que tienen hijos, que han dejado a su mujer y a sus hijos, y me siguen, ¿van a ir delante de mí? Yo no tengo nada que perder”.

 

Una noche, en Costa Rica, Gaspar grabó una cinta preciosa, de despedida, que nunca apareció. Se la dio a un misionero del Sagrado Corazón de Jesús, un cobarde que no se ha atrevido a sacarla a la luz porque decía muchas cosas para los misioneros y para todos los sacerdotes y para toda la Iglesia, como "Éramos unos cobardes, que habíamos vendido a Jesús por 33 monedas doscientas mil veces”.

 

Gaspar sigue siendo un hermano para mí, que está vivo conmigo. Yo me comunico con él, con mi madre, con mis seres queridos. Tengo tres hijos y una mujer, una preciosidad. Cuando hice la dispensa pedí seguir siendo sacerdote casado. No me lo permitieron, pero sigo creyendo igual. Gaspar sigue vivo, con la Iglesia, con el pueblo, es un granito que está germinando y dando su fruto. He visitado varias veces los lugares donde vivimos y allí están las escuelas que dejó hechas Gaspar, las capillas, los cementerios. Gaspar vive con ellos.

 

 


 

Xabier F. Coronado

AUTOR DEL LIBRO Gaspar García Laviana, sacerdote, guerrillero y poeta.

"Sus poemas son como canciones, se les podría poner música para que los cante el pueblo". Ernesto Cardenal.

 

Hay vidas que discurren de tal manera que van dejando detrás de ellas un reguero de pólvora. Ese rastro queda ahí, en el camino recorrido, a la espera de una chispa que lo prenda. Cuando esto sucede se produce una explosión, un fulgor que se expande y el ejemplo de esa existencia trasciende. La repercusión que genera a veces no traspasa el ámbito familiar o local, pero otras la onda expansiva se multiplica y provoca un fenómeno social.

La vida y la obra de Gaspar García Laviana (Asturias 1941-Nicaragua 1978) es uno de esos ejemplos. Su muerte fue el detonante que hizo explotar la luz que iluminó toda su existencia. En México no es muy conocida la vida de este sacerdote que moría empuñando un fusil en Nicaragua. Gaspar murió en un enfrentamiento con la Guardia Nacional, el grupo policíaco-militar que mantenía, a base de terror e impunidad, la dictadura de Anastasio Somoza.

Pero ¿quién era Gaspar?, ¿qué circunstancias le habían llevado hasta ese momento definitivo en que perdía la vida luchando por una causa revolucionaria?

Gaspar García Laviana había nacido treinta y siete años atrás, en Les Roces, Asturias, un lugar muy lejano del terreno donde se escondía aquella húmeda madrugada de diciembre con un grupo de compas que estaban bajo su mando. Su padre era minero, había pasado cuarenta años de su vida en la mina y Gaspar, a pesar de empuñar un arma y luchar en una guerra real, era sacerdote. Un misionero que había tomado la decisión de matar y morir por una causa justa, la liberación del pueblo al que había entregado los últimos años de su vida: “Vine a Nicaragua desde Asturias, mi tierra natal, a ejercer el sacerdocio como misionero hará unos nueve años. Me entregué con pasión a mi labor de apostolado y pronto fui descubriendo que el hambre y la sed de justicia del pueblo deprimido y humillado, al que yo he servido como sacerdote, reclamaba, más que el consuelo de las palabras, el consuelo de la acción.”

Un cura que se hizo guerrillero y dejó escritas las razones de su lucha en una carta a sus compañeros de congregación en diciembre de 1977: “Yo no puedo callar ante esta situación, porque estaría contribuyendo a sostener el gobierno brutal de Somoza.” El texto concluye con un párrafo donde se mezclan el espíritu misionero con la necesidad de la lucha revolucionaria: “El somocismo es pecado y liberarnos de la opresión es librarnos del pecado. Y con el fusil en la mano, lleno de fe y amor por el pueblo nicaragüense, he de combatir hasta mi último aliento por el advenimiento del reino de la justicia en nuestra patria. ¡Patria libre o morir!”

Esta trascendente decisión fue tomada por Gaspar en la primavera de 1977 cuando, después de sufrir varios atentados, tuvo que huir de Nicaragua perseguido por la Guardia Nacional.

Gaspar moría la madrugada del 11 de diciembre de 1978 en Nicaragua, su país de adopción, en un carrizal junto al río Mena, en el municipio de Cárdenas, muy cerca de la frontera con Costa Rica. En ese momento es probable que toda su vida se reflejara en una última visión antes de abandonar este mundo. Si así fue, seguro que recordó su infancia en Asturias, su formación en el seminario, los años en La Rioja donde estudió Filosofía y Teología, los primeros trabajos de organización social formando una cooperativa para la construcción de viviendas en un barrio habitado por inmigrantes, los estudios de sociología en Madrid que completaron su formación universitaria, la alegría de oficiar su primera misa en 1966, los cuatro años en Madrid ejerciendo como sacerdote en un barrio obrero donde también trabajaba de carpintero para conocer mejor las condiciones laborales en que vivían sus feligreses, su sueño de ser misionero, el viaje a Nicaragua, la dura realidad social centroamericana, sus colaboradores y amigos, la alegría del trabajo compartido, los contactos con el Frente Sandinista y su primer nombre revolucionario: Ángel, la formación clandestina de los jóvenes que le iban a acompañar en la lucha, el rescate de las niñas del prostíbulo, la creación de escuelas, el acoso de la guardia somocista, el exilio en Costa Rica en campamentos de la guerrilla sandinista, su segundo nombre clandestino: Miguel, los meses de entrenamiento en Cuba, su ascenso a comandante, el comandante Martín, la toma de Rivas que dirigió junto a Edén Pastora, el enfrentamiento definitivo con la guardia...

Es muy probable que todo esto pasara como una película por la mente de Gaspar, toda la recapitulación de su vida en un último y definitivo poema. Porque Gaspar, además de sacerdote y guerrillero, era poeta, y sus poemas circulaban de mano en mano entre los guerrilleros del Frente Sur: “A morir/ a morir guerrillero/ que para subir al cielo/ hay que morir primero” (A corazón abierto, Madrid, 2007).

Una existencia de solidaridad plena, dedicada por entero a sus semejantes, y una muerte que tuvo la importancia de ser el detonante para conseguir el triunfo sandinista: “La muerte de Gaspar fue el impulso que nos llevó a la victoria.” (Daniel Ortega).

En Nicaragua son conscientes de la importancia de su sacrificio y Gaspar es considerado un héroe de la revolución. Ernesto Cardenal escribió que “por su vida y su muerte es una inspiración y un ejemplo a seguir para todos los sacerdotes, para todos los cristianos y todos los nicaragüenses.” (Gaspar G. Laviana, Cantos de amor y guerra. Introducción. Managua 1979).

El pueblo puso su nombre a hospitales, escuelas y calles. Todos los años se conmemora la fecha de su muerte como una efeméride fundamental en la historia del pueblo nicaragüense. Tres décadas conmemorando esa muerte en actos que se realizan cada año en Cárdenas, bajo la cruz que señala el lugar donde Gaspar entregó su vida. Gaspar G. Laviana, el “cura sandinista”, el poeta, está vivo en la memoria colectiva del pueblo.

 

xabierfcoronado@yahoo.com

http://www.jornada.unam.mx/2011/01/30/sem-xabier.html

 

 

 

 

Foro de cristianos Gaspar García Laviana

          El día 11 de diciembre de 2010 se cumple el treinta y dos aniversario de la muerte de Gaspar García Laviana, misionero y guerrillero, en Nicaragua, en un lugar llamado el Disparate o el infierno, en el Departamento de Cárdenas, cerca de la frontera con Costa Rica. El Foro de cristianos Gaspar García Laviana no quiere dejar pasar esta fecha sin recordar, a través de esta nota, al hermano sacerdote y guerrillero que entregó su vida a favor de su pueblo explotado, dando ejemplo de entrega total y de su amor sin límites al servicio de los más empobrecidos.

         Gaspar, por su entrega incondicional, siguiendo la conciencia personal de quien piensa que, para salvar a los hermanos maltratados no bastan los rezos y las plegarias, optó, como una decisión discutible y respetable, ofrecer su vida y luchar hasta la muerte, por su compromiso con los más pobres.

         Sensible a la realidad social que vive su pueblo, donde las injusticias y las violaciones eran frecuentes, donde la exploración de los campesinos por parte de los terratenientes de turno, creaban situaciones de miseria y marginación, motivaron a Gaspar García Laviana a buscar en el frente sandinista la liberación de sus vecinos y feligreses.

         Hoy, en esta fecha del treinta y dos aniversario de su muerte, como Foro de cristianos Gaspar García Laviana, queremos recordar el profundo amor de Gaspar hacia su gente, valorando y agradeciendo la entrega de su vida en defensa del honor y de la dignidad del querido pueblo de Nicaragua.

                    Foro de cristianos Gaspar García Laviana

 


 

“CARTA ABIERTA A GASPAR”

Juana María García Iglesias

 

 

 

El 11 de diciembre de 1978, el Comandante Marvin, con voz emocionada, daba la triste noticia de tu muerte a través de  Radio Sandino. Ya han pasado 32 años.

 ¡Dios mío, qué tristes y qué solos se quedan los muertos!, decía Becquer. Pero yo sé, Gaspar, que tú no estás solo.

 Tú estás con tu Cristo de Palacagüina, con el Cristo proletario y solidario, ese que petrolea carreteras y chequea llantas en la gasolinera. El Cristo humano, el Cristo obrero, el arquitecto, el ingeniero, el artesano y el carpintero. El que alza los brazos para defender al pueblo del dominio explotador. El que anda por todos los caminos, por veredas y por cañadas; el que no anda con carambadas. Con todos esos Cristos estás tú.

 Y no estás solo porque sigues en tu Nicaragua-Nicaragüita, la flor más linda de tu querer. Sigues en la alforja campesina pinolera, el mero escapulario de tu tierra, esa que, cuando baja del monte tan cargada,  parece una indita embarazada.

 Estás en la tumba del guerrillero, en las tumbas de todos los guerrilleros de Nicaragua, en ríos, montes y praderas y en todos los valles sigue retumbando tu voz y diciendo “¡agarra bien la guitarra, jodío!”.

 Y estás con las mujeres del Cuá: con la María Venancia, con la Amanda Aguilar y con la Cándida Martínez. Estás en la milpa del campesino, en el indiecito dormido, en las nubes que lleva el viento.

 Estás en todos los José Pérez y en su hambre diaria. Estás en Pedro el minero, en las niñas del prostíbulo, en el tamborilero que todos los años nos anuncia la llegada de la Navidad, en los miserables de Acahualinca y en todos los poetas del Solentiname. En cada palmo de tu Nicaragua, ahí estás tú, Gaspar.

 Tú no estás solo. Estás en muchos corazones porque eres de esos amigos que no dejan un espacio vacío cuando se van (tu lo llenas todo, desde donde estés), ni dejan un árbol caído, contigo no se detienen los caminos porque tú abres camino con tu andar.

 Y serás como Ramón Sijé,  y, como a él,  también al almendro de nata te requiero, porque tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero y hazme un favor: cuida de Manolita (de la hija y de la  madre) y de José Antonio, nuestros amigos y compañeros,  al igual que cuidaste de tus queridos campesinos.

 Por último me gustaría  dedicarte un poema de Blas de Otero, que dice así:

 

“Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra”.

 

Tu, Gaspar,  nos dejaste tu ejemplo,  tu voz y tu palabra.

Allí donde estés, recibe un fuerte abrazo de todos nosotros.

 

JUANA MARÍA GARCÍA IGLESIAS

Tuilla, 11 de diciembre de 2010

 


 

EN EL XXXII ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE GASPAR GARCÍA LAVIANA

CARTA A MARIO GARRAMIOLA

 

         “Mientras yo viva, Gaspar no morirá”, dice un amigo suyo, Alfredo, también él cura, que, nacido en  Tuilla, compartió con el sacerdote guerrillero, de parecida edad, muchos momentos antes y después de la ordenación sacerdotal. De la mano de Alfredo llega a esta página la Carta de Gaspar a Mario Garramiola, cura que fue de Tuilla y hoy ya difunto, escrita unos días antes de la Navidad, probablemente de 1977. Serán sus últimas fiestas navideñas, pues muere el 11 de diciembre de 1978.  . Dice así:

 

          Querido amigo: Espero que te encuentres bien. Seguramente que estas navidades serán bien alegres junto con la maravillosa gente de nuestra tierra. Yo me las pasaré como pueda, más bien un poco solo, añorando amistad y calor de hogar. Como no me escribes, supongo que todo te irá rebien o remal. Una de dos. Más no puedo adivinar.

                  Al grano. Por fin me decidí por la guerrilla. En estos días va a salir una declaración para los medios informativos, en la que pongo toda la carne en el asador y expongo mi postura, no desde el punto de vista teológico, que para este tipo de decisiones vale poco, sino desde el punto de vista vital.

         Esta declaración me va a enfrentar definitivamente con la jerarquía, pero no temo sus reacciones, que serán más violentas fuera que dentro de Nicaragua. En Nicaragua se cuidarán muy bien de decir nada, porque como sabes son oportunistas y temen que ganemos y los larguemos fuera. pero a nivel interno de Iglesia me quemará “in saecula saeculorum”.

          Bueno, la vida es única y debo aprovecharla siendo fiel a mí  mismo y a la misión que crea más positiva para la gente, así me cueste la vida. Es por eso que no doy paso atrás, aunque como buen mortal tengo mi dosis de miedo que me trago y disimulo como puedo. Sé que de esta decisión no saldré con vida. Bien, eso es un riesgo ineludible que tengo que correr, ¿no te parece? Por lo demás tengo una extraña paz y sosiego que nunca había sentido y un contento conmigo mismo extraordinario. Parece mentira que me meto en la guerra y siento intensa paz.

          Las cosas van bien. Esperamos dar a Somoza  otro golpe, no más, en cuanto preparemos un poquito mejor las cosas. Políticamente, mi declaración y mi fotografía en la montaña le van a hacer un efecto brutal. Me buscarán con miles de espías y tratarán de quitarme del medio cuanto antes. Es que las cosas que le digo en mi declaración y cómo las digo y cómo lo va a aceptar la gente es algo que esperamos trascendental. Creo que llegará a España en estas navidades.

          Necesitamos gente, dinero y tiempo. Es posible que aprovechemos mi paso a la clandestinidad para hacer alguna campaña económica por algún país. Si vieras que puedo ir a España y conseguir algo de dinero para la organización, me lo dices. Es casi seguro que vayamos a México y Canadá donde esperamos ayuda. ¿Qué te parece una buena campaña en mi tierra? ¿Crees que daría bola? Dame tu opinión, que es importante. Bueno majo, saludos a … y no te olvides del mecánico.

 Feliz Navidad.

La firma

 

         Sabía que no era un juego eso de la guerrilla. Como presentía, Gaspar murió el 11 de diciembre, aproximadamente un año después de escribir esta carta, en una emboscada que le tendió la Guardia Nacional. Le llama la atención cómo decidiéndose por la guerra encontraba la paz. Podemos también resaltar entre estas palabras suyas la fidelidad a si mismo y a la que cree que es su misión, teniendo como telón de fondo los intereses de la gente. También vemos su gran generosidad, pues es consciente que su decisión de entrar en la guerrilla le va a costar la vida.