|
TESTIMONIOS SOBRE
GASPAR
COVADONGA QUEROL, amiga, benedictina de Las Pelayas de Oviedo
Conocí a Gaspar García
Laviana en 1969, en la Semana Social de Valladolid. Yo asistía a esas
reuniones porque me gustaba y colaboraba un poco en la secretaría. Allí
hicimos una pequeña pandilla; salíamos en los entreactos a charlar y a
tomar algo. Conectamos pronto, los dos éramos asturianos, y nacimos el
mismo año, 1941. Siempre me llamó la atención el corazón inmenso de
Gaspar, que lo desbordaba a él, se le salía fuera y ahí cabía todo el
mundo. Ese corazón inmenso atraía a la gente, era una gran persona; para
mí, un fuera de serie. Un hombre, además, muy sensible y muy soñador
también, con muchas ilusiones, muy expresivo, muy expansivo, muy jovial
y, al mismo tiempo, de una ternura enorme ante el dolor, ante el
sufrimiento de alguien. Ante una persona necesitada, Gaspar se olvidaba
de sí mismo, salía hacia el otro, él desaparecía.
Recuerdo un día en
Murcia, que durante una comida se manchó los pantalones, y todos
sabíamos que no tenía más, pues era muy austero y andaba siempre con lo
puesto. Burlándonos un poco de él le fuimos sacando la talla que tenía y
le compramos unos pantalones para «Tenía un corazón inmenso en el que
cabía todo el mundo» que, al menos, pudiera cambiarse. Es que Gaspar
nunca pensaba en sí mismo, sino en los demás; sólo tenía lo
imprescindible para él y, así todo, si alguien a su alrededor necesitaba
algo, lo que tenía en el bolso se lo daba. Todos pudimos ver, y de forma
acrecentada, cómo era en Nicaragua: cuando llegó y vio el contraste, el
sufrimiento y cómo vivía la gente. Ahí, él ya salió de sí y se volcó.
Cuando le conocí,
Gaspar ya era sacerdote y estaba en la parroquia de San Federico, en
Madrid. Yo todavía no era monja. Después de Valladolid, coincidimos en
otra Semana Social en Murcia, donde ocurrió la anécdota de los
pantalones; más tarde cuando tuve que ir a Madrid me acercaba a verle a
la parroquia; me hacía ilusión saber cómo eran su ambiente y su mundo.
También fui a Tuilla, porque me gustaba conocer el entorno donde Gaspar
se había movido, y regresé en varias ocasiones al pueblo, a veces
coincidiendo con que venía Gaspar y otras veces no. Conocí así a sus
padres, unas personas encantadoras, muy entrañables. Yo allí, en casa de
Gaspar, me sentía como en mi propia casa, y a su hermana Marisa la
sentía también muy cercana. A Silverio le conocí más tarde, porque la
primera vez que fui a Tuilla él estaba en el seminario, en la casa de
formación.
Con Gaspar mantuve
contacto siempre. Incluso cuando estaba preparando el viaje a Nicaragua,
mirábamos mapas para ver cómo era, dónde iba a estar, los puntos
principales. Después seguimos la relación, pero no demasiado porque él
tenía mucho trabajo, pero sí que nos carteamos. En alguna carta me
contaba lo que estaba viendo, que las circunstancias le estaban llevando
a tener que tomar una determinación, que era difícil, que era dura de
adoptar. Eso me lo llegó a comentar y, después, yo iba siguiendo un poco
lo que hacía.
De Gaspar me queda el
recuerdo de haber tenido una amistad muy guapa, como decimos en
Asturias. Era un hombre bien ‘plantao’, con don de gentes, con una
jovialidad y una alegría que se contagiaban. Un día, nos reunimos en mi
casa varios amigos, Gaspar, su hermano Silverio, Virginia, una amiga
mía... Pusimos el magnetófono, no sé si fue por tener un poco de
recuerdo o por qué, pero estuvimos charlando un rato y Gaspar se puso a
cantar. Cantó muchas cosas, unas canciones él solo, otras con Silverio;
cantó un villancico muy bonito, cantó también una canción con aires
sudamericanos, otras eran en plan de broma. Gaspar era así, donde él
estaba había juerga, animación, buen humor.
Estoy convencida de que
cuando Gaspar cogió las armas lo hizo pensando en que no tenía otra
opción. Realmente nunca me lo hubiera imaginado, pero pensé que cuando
Gaspar lo hacía, estaría bien porque no era una persona que hiciese las
cosas a lo loco. Él necesitaba ayudar a aquel pueblo que sufría porque
por su naturaleza, por su sensibilidad y su manera de ser, él no era
así. Al revés, Gaspar era pacífico dentro de su temperamento, que era
fuerte. Él tenía la convicción de que tenía que ayudar, de que aquella
gente no podía vivir así, y esa convicción le hizo llegar hasta el
final. Realmente, creo que le pudo el ver la situación y el ver las
necesidades de la gente. Fue un hombre consecuente con lo que creía, con
lo que le parecía que tenía que hacer y con ese entregarse a los demás,
hasta el final. Cristo también fue considerado un revolucionario y
también llegó hasta el final.
VIRGINIA PRIETO, amiga,
profesora de la Universidad de Oviedo
Conocí a Gaspar
García Laviana a través de Covadonga Querol, con quien mantengo amistad
desde nuestra juventud. Ella era para mí un referente, era diez años
mayor que yo, pero hicimos juntas el Preu, a finales de los 60.
Covadonga hacía muchas cosas, entre ellas asistir a las Semanas
Sociales que se celebraban entonces. De la de Murcia me trajo unas
fotos, y en una de ellas estaba Gaspar. A él le conocí en Oviedo, una
vez que vino a Asturias a visitar a su familia en Tuilla, y a mí me
impresionó mucho ese hombre, muchísimo; me impresionó su necesidad del
mundo, su fe profunda, su forma de vivir el sacerdocio, porque era un
hombre muy pasional, muy vital, tenía una mirada muy profunda, era muy
comunicativo. Yo estaba entrando en la facultad y viniendo, además, de
un pueblo era normal que admiraras a una persona como Gaspar, por su
palabra y por sus convicciones serias, fuertes, decididas. Tenía una
personalidad arrolladora.
Recuerdo que en
aquellos encuentros, en los que estaban también su hermano Silverio y
Covadonga, yo hablaba muy poco. Ellos tenían gran capacidad para
establecer cualquier tipo «La expresión de su rostro muestra que
murió en paz» de conversación, y yo intervenía tímidamente pero lo
retenía todo, cazaba todo, porque me interesaba. En aquel tiempo,
Gaspar estaba en la parroquia de San Federico, en Madrid, y nos contaba
cómo era su vida allí, cosas de su vida cotidiana, como que hacía una
hora de oración personal antes de empezar a trabajar. Fueron
conversaciones que se me quedaron grabadas. “Yo sé muy bien lo que es
un cura y cuál es la misión de un cura”, decía Gaspar. Y añadía que un
cura no debía trabajar en fábricas ni participar en movidas. “Un cura
lo que tiene que hacer es vivir y ayudar a la gente”, decía, y lo
recuerdo claramente porque son frases que me volvieron a la mente
cuando me enteré de su decisión de tomar las armas.
Para mí, fue muy
fuerte el contraste entre el Gaspar cura que yo conocí y el Gaspar
guerrillero porque yo me había quedado con la figura del cura, de su
espiritualidad, de su oración y, sobre todo, de su convicción de que el
ser sacerdote no era algo político ni social. Pero pensando un poco
cómo era él, no me extraña que se hiciera guerrillero porque defendía
las causas de los más pobres y de todo lo que le pareciera que era
producto de una injusticia. Y lo defendía a capa y espada.
En la única carta que
tengo de él, y que guardo como oro en paño, me decía que había hecho
todo lo posible por sacar adelante su parroquia en San Juan del Sur, en
Nicaragua, una parroquia en la que vivió experiencias duras, como los
asesinatos o violaciones de catequistas. Tuvo que ser muy fuerte todo
lo que ocurrió allí para que Gaspar pasara de ser el sacerdote que yo
conocí a ser un guerrillero. Creo que no tuvo otra opción. Si hubiese
tenido otro camino, lo hubiese tomado porque arreos no le faltaban.
Su muerte fue un
mazazo tremendo para mí. Le tenía mucho aprecio, me resultaba una
persona muy entrañable. Gaspar no era de medias tintas, no era tampoco
lo que se considera políticamente correcto, no lo era en absoluto. Él
hacía lo que le parecía que debía hacer, no lo que quería. Supongo que
como mucha otra gente, yo viví durante mucho tiempo una lucha interior
por intentar conjugar el sacerdote católico que yo había conocido con
el guerrillero, con el Comandante Martín, manejando bazocas, que no son
precisamente juguetes, matando gente, ¿por qué no decirlo?
Me resultó y me sigue
resultando muy difícil conjugar esas dos posturas porque entiendo que
los católicos, sean o no sacerdotes, no deben matar. Pero, en mi caso,
esa contradicción se resuelve porque conocí la capacidad de Gaspar para
implicarse hasta las últimas consecuencias en cualquier cosa que
considerase una injusticia, y porque no juzgo la intención de las
personas; yo no soy quién para saber si Gaspar hizo bien o hizo mal,
pero sí para saber que si lo hizo es porque consideró que era bueno.
Nada más.
Recuerdo que tras su
muerte, la prensa publicó una foto del cadáver de Gaspar; tenía un
orificio de bala en la boca, y esa imagen la estuvimos viendo juntos su
hermano Silverio y yo. “Es increíble la paz que refleja”, dijo
Silverio. Y era verdad, yo creo que ése es el resumen final, que Gaspar
resolvió su propia contradicción, si es que alguna vez la tuvo, porque
siempre estuvo en defensa de los más necesitados, de los pobres. Y yo
creo que acabó muriendo en paz.
JOSÉ VALDIVIA, coronel retirado y compañero en el Frente Sandinista.
Ingresé en el Frente
Sandinista en 1970. Estuve cinco años en las montañas de Nicaragua.
Después me tocó ir a Honduras, estuve en México y en Venezuela y luego
regresé a Costa Rica, cuando se estaba preparando la ofensiva de
octubre de 1977. A finales de ese año o a comienzos del 78 llega un
comunicado de Gaspar expresando su decisión de unirse al Frente
Sandinista para luchar contra la dictadura de Somoza. Gaspar ya
había tenido problemas con la Guardia Nacional, una institución creada
por el Gobierno de los Estados Unidos que sirvió para combatir a
Sandino. Son guardias que, a veces, hacen las funciones de policía, pero
aquí eran guardias, eran ejército y policías al mismo tiempo. En cada
cabecera departamental había un comando con un comandante al frente,
coronel o general, que se encargaba de mantener el orden exterior.
Cobraban impuestos, detenían a los borrachos, a los ladrones y, al
mismo tiempo, les mandaban robar. Era un desastre.
La ofensiva de octubre
consistió en atacar al mismo tiempo distintos lugares. Somoza se
sintió golpeado, había tenido un infarto anteriormente y para
nosotros fue un éxito gigantesco porque, a partir de octubre, el pueblo
de Nicaragua, los jóvenes nicaragüenses, comienzan a unirse al Frente
Sur, al Frente Norte y al Frente Interno. Gaspar llegó a Costa Rica e
inmediatamente se integró en las columnas que nosotros teníamos en el
Frente Sur, que no era una tropa al estilo del ejército, sino grupos
que estaban a lo largo de la frontera. Gaspar contribuyó mucho en la
preparación de los jóvenes. El hecho de que un sacerdote se
incorporara a un movimiento guerrillero era una cosa inusual en América
Latina. Conocíamos los- casos de Camilo Torres y de Domingo Lain, pero
el de Gaspar en Nicaragua fue diferente, porque el mundo había puesto
sus ojos en nuestro país debido a Somoza.
A Gaspar García no me
lo puedo imaginar como militar, no tengo esa percepción. Él llegó al
Frente Sandinista por convicciones morales. En una ocasión unos agentes
de Somoza se infiltraron en la guerrilla. Hubo una discusión sobre si
había que fusilarlos y Gaspar se negó, dijo que él no podía participar
en eso por principios. Gaspar era capaz de ir a un combate, pero no a un
fusilamiento. Gaspar se reveló contra Somoza por razones éticas,
morales y, hasta podría decir, que por razones religiosas, pero no era
un buscapleitos. Claro que Gaspar también era un hombre fogoso y en la
guerrilla no hizo de cura, sino de militar con convicciones morales. Dio
ejemplo de honestidad, de hombre honesto con sus principios.
CARLOS GARCÍA GODOY,
cantautor y amigo.
En los años 70 yo
andaba investigando en el entorno nicaragüense para componer una misa
desde la óptica cristiana comprometida, una misa en la que la palabra
debía ser la sustancia. Fui a hablar con Ernesto Cardenal, también a
la Costa Atlántica, para entrevistarme con el antropólogo capuchino
Gregorio Smutko, después a la pastoral del norte y me quedaba Tola. Ya
conocía a Gaspar, pero era la primera vez que me sentaba con él. Fue
estremecedor todo lo que me dijo Gaspar. “Carlos, en Nicaragua no hay
otro camino”, me recordó a la frase de Dolores Ibárruri, La Pasionaria:
“La lucha armada es el único camino que queda para poder cambiar este
país de tanta corrupción, de tanta miseria y de tanta opresión”.
Gaspar no me dijo que
iba a dejar la sotana pero insistió en que “aquí no hay otro camino”.
Yo estaba convencido de lo mismo. Me encantó la alegría con la que me
dijo: “Vamos a hacer la revolución y vamos a hacerla todos con
entusiasmo”. Lo decía con el deleite de sentirse partícipe, porque él
ya estaba participando y ya habían empezado las amenazas contra él. Me
contó que el jefe policial de Tola le había dicho que si no se iba le
podía pasar algo. Aquello fue la gota que derramó el vaso. Él afirmó
que no iba a abandonar a esta gente. “Yo no me voy a ir a España y no
voy a regresar a mis raíces geográficas, sino que voy a volver a mi
verdadera raíz, que es el Evangelio al servicio de los pobres”. Ese fue
el espíritu de lo que yo sentí en aquella conversación con Gaspar en el
año 75.
Más tarde, en la
primavera de 1977, fui testigo de su última visita a Asturias. Yo había
hecho ya contactos con la casa de discos, pero la canción Son tus
perjúmenes mujer no había empezado a sonar aún. Hubo una misa campesina
en la parroquia de Tuilla, en Langreo. Lo recuerdo todo clarito.
Recuerdo que hacía un tiempo precioso, aquel verdor, la gente. En el
cántico de despedida había una frase que se refería al Gaspar
campesino. Me volví a mirarle y él me guiñó el ojo como diciendo:”Ese
soy yo”.
Fue muy hermosa aquella
misa, su eucaristía de despedida, y fue lindo porque después fuimos con
su familia a beber sidra y a comer gambas. Una escena que nunca
olvidaré fue cuando me presentó a su madre: “La asturiana más guapa de
esta tierra”, me dijo. La tomó en brazos y la señora gritaba: “Gaspar,
Gaspar, me vas a matar, me vas a quebrar los huesos”, y Gaspar la
besaba como a una niña. Lástima que no haya una foto de aquel momento.
Me emocionó muchísimo y me hizo recordar a mi madre, que afortunadamente
aún vive.
Después bajamos a
visitar la mina. Su padre había sido minero y parte de su familia
también había trabajado en el pozo. Fue muy impresionante. Nos pusimos
los cascos y Gaspar me decía que no había tanto peligro como antaño,
que ahora había medidas de seguridad. A la salida nos hicimos una foto.
Para nosotros todo era
impactante porque Gaspar debía despedirse de su familia. Lo hizo con
enorme alegría, como si se fuera de tournée con artistas. Se sentía
gozoso de regresar a Nicaragua todo su espíritu batallador y con todo
ese cristianismo militante fortísimo, como un verdadero soldado de
Cristo. Yo no dejaba de sentir un poquito de cargo de conciencia. Él,
leyendo más allá de mis ojos, me dijo que era su responsabilidad
regresar a Nicaragua y que, en determinado momento, puede surgir un
problema familiar, pero que hay que dar prioridad a la patria y a la
revolución. Meses más tarde mi padre estaba falleciendo en Costa Rica,
me mandó llamar y tuve que quedarme todavía quince días más resolviendo
problemas de solidaridad antes de atenderle. Recordé lo que me decía
Gaspar: “Aunque no arriesgues la vida como un combatiente en el frente,
vas a tener pruebas muy fuertes para demostrar tu entrega verdadera a
esta causa revolucionaria”.
Gaspar se ganó un
enorme cariño, primero en la zona donde trabajaba y, luego, su nombre y
carisma se fueron extendiendo a otros puntos de Nicaragua. Salió en una
película que se llama Patria libre o morir explicando qué es un obús.
En los años 90 regresé
a Asturias, a Tuilla. Me rencontré con la familia de Gaspar y su
presencia seguía siendo fortísima. Volvimos a la mina y fue como una
película, como si reviviéramos la escena con él.
Gaspar García ha sido
un ejemplo para toda mi vida, a pesar de que mi militancia política se
fue diluyendo por todos los acontecimientos transcurridos en Nicaragua.
Yo me separé del Frente Sandinista, pero no me separé del sandinismo,
que es donde yo me encuentro con Gaspar y siento su presencia, su
palabra viva, su ejemplo. Veo a Gaspar diciéndome: “Carlos, agarra bien
la guitarra, agarra bien el acordeón, vos tenéis que seguir dando
testimonio por la justicia de este pueblo”. Y recuerdo la frase del Che
Guevara en la carta a sus hijos: “Sentir cualquier injusticia cometida
contra cualquier persona en cualquier parte del mundo”. Esa es una
declaración de principios fundamental. El ejemplo de Gaspar lo siento
en mí, no solamente a la hora de cantar sino en todos los momentos de
mi vida, porque fue un hombre integral en el sentido completo de la
palabra.
Hay un pez en el
lago que se llama Gaspar. Es un pez muy curioso porque es como que si
su evolución se hubiera detenido en el tiempo. Es un poco
antediluviano, raro, es una mezcla de caimán y pez, con dientes
agresivos. Pero Gaspar García ha dulcificado ese nombre que, para mí,
era agresivo. Ahora identifico el nombre de Gaspar con sabiduría, con
constancia, con trabajo cotidiano y, sobre todo, con una enorme
alegría. Si hay algo que nunca puedo olvidar es a Gaspar guiñándome el
ojo, cómplice, como diciendo: “Estamos en la lucha y vamos a continuar
hasta el final”.
Manuel Rodríguez García.
Misionero del Sagrado Corazón.
Autor del libro Gaspar Vive
San José, Costa Rica, Artes Gráficas de Centroamérica, 1981.
Mi idea era recoger en
el libro todo lo que pudiese de Gaspar García Laviana. Me moví
intensamente por todo el país con la idea de decir la verdad sobre su
proceder. Mi sorpresa fue que esa verdad que yo llevaba era muy
diferente a la que me encontré. Quería evitar que el Gaspar sacerdote,
defensor de la vida del pobre, del necesitado, fuese convertido en un
personaje político, ya que a su entierro en San Juan del Sur y en Tola
acudió una delegación bastante amplia de España, con representantes de
UGT y de CC OO de Asturias. Iban a defender a un gran partidario de la
revolución sin más; y Gaspar no era un partidario de una revolución
meramente política; era su revolución en defensa del pobre, del
oprimido, del tratado injustamente... La prueba está en que él, “su
revolución”, sigue viviendo. En Tola y en Rivas, todo lleva su nombre:
escuelas, un hospital, cuyas salas se llaman Gaspar sacerdote, Gaspar
guerrillero, algunos pueblos...
Gaspar era muy
avanzado. Le gustaba estar en la primera línea en todo, no por
esnobismo sino porque él era así, de carácter decidido, lanzado. Eso
ya lo había comprobado yo «Quería evitar que el Gaspar sacerdote
fuese convertido en un personaje político en España, cuando tuve que
sustituirle en la parroquia de San Federico, en Madrid. Gaspar era
exactamente igual aquí que allá; pero su compromiso en Nicaragua se
hizo muchísimo más grande.
Estuve varias veces en
la casa donde él había vivido en Tola. Tan sólo había una cama, y
encima de ella un crucifijo colgado con una cuerda gordísima, una silla
de tres patas y una maleta de madera. Era todo lo que había de Gaspar
en esa habitación. Me imagino que la ropa la daría a quien la
necesitase. Esto ya indica su compromiso. Quería vivir la pobreza al
máximo, pero no por un motivo político, en absoluto, ni por una mera
razón social. Existía un motivo eminentemente religioso. Gaspar se unió
al grupo sandinista porque era el único que podía, en aquel momento,
evitar que Somoza siguiese gobernando en Nicaragua. Como él mismo dice
en una de sus cartas, Somoza era un pecado, y había que erradicar ese
pecado como fuese.
Más tarde pude recorrer
con varios de los comandantes sandinistas sus residencias y fue muy
triste comprobar que, salvo alguna excepción, todos los libros que
tenían eran de Marx o Engels, lo cual indicaba ya un enfoque muy
equivocado a lo que Gaspar hubiera defendido. Sólo uno de ellos, Edén
Pastora, Comandante Cero, me habló de su contrariedad por ser lo único
que podían leer sus muchachos.
Entre los misioneros
del sagrado Corazón, sus hermanos y compañeros, hubo gente que aceptó
el libro que escribí sobre Gaspar; a otros, los menos, les encantó, y
hubo personas, como algún sacerdote mayor, que me dijeron: “¿Cómo
escribes tú cosas sobre ese comunista?”. Es esa obsesión que tenemos de
que el que no piensa como tú es malo. En la Iglesia esto se discutirá
toda la vida, sin pensar que en el Renacimiento los papas a veces se
vestían de armas para atacar a sus enemigos. Siempre tendremos esa
discusión puritana, que nunca lleva a nada.
La revolución, al
principio, fue una maravilla. Yo viví allí el primer año, y fue una
delicia moverse por Nicaragua. Todos éramos “compas”. Después, por
intereses personales (siempre ocurre lo mismo), todo se va al garete, y
entonces la revolución no sirve absolutamente para nada.
Edén Pastora,
Comandante Cero, no era marxista ni leninista; era un idealista
revolucionario. Cuando llegó a Managua no le dieron ningún cargo de
comandante, porque era un tanto independiente y, por lo tanto,
peligroso. Le dieron un cargo de jefe de las fuerzas del pueblo o algo
así. Creo que fue allí donde él se dio cuenta de que había hecho una
revolución, no por el bien de los nicaragüenses, a favor de la
independencia, de la libertad, de una mayor justicia social, sino a
favor de una ideología. Después cometió el error de colaborar con la
Contra. Pero es que, cuando a una persona se le encierra como a un
gato, sale por donde menos se espera. Es un poco como lo que le ocurrió
a Gaspar. Tuvo tres atentados prácticamente seguidos, fue cuando
decidió dar el salto definitivo y se fue a trabajar con la guerrilla
directamente.
Una persona
medianamente sensible cuando lea su obra, sus escritos y piense un
poco, sentirá que el ejemplo de Gaspar está vivo. Pero actualmente, la
mayor parte de las personas no tenemos esa capacidad de pensar ni de
meditar, ni de valorar la lectura, sobre todo, si se trata de poesía.
Eso hace que no surjan tantos individuos como él. No estamos
preparados, porque el ambiente social y educativo no nos lo permiten.
Nos han destrozado esa posibilidad.
En Barcelona yo tuve
dos discusiones con Gaspar. Me decía siempre lo mismo: “Es que no
entenderás aquello; no estás allí, no lo entenderás, no entenderás el
hecho de lo que yo estoy viviendo allí, por qué hacemos eso, porque tú
no lo ves, sencillamente”. Ahora pienso que Gaspar tuvo un cambio
fenomenal: se convirtió. Yo también puedo decir que hubo una conversión
en mí después de conocer la realidad de Nicaragua. Pero la conversión
de Gaspar es de otro tipo. Él era, como la mayoría de los asturianos,
vital. Le gustaba vivir bien, era divertido, y también introvertido en
sus cosas más personales. Le encantaba disfrutar y entregarse, y,
cuando se encuentra con la realidad nicaragüense, estaba más que
predispuesto a entregarse. Fue despojándose de los pantalones, de los
calcetines, de casi toda su ropa menos lo esencial (hasta en eso fue
consecuente en su entrega), y se fue quedando casi en la miseria. Era
un líder vital; si no, nunca hubiera hecho lo que hizo.
Gaspar siempre andaba
buscando algo nuevo a lo que entregarse. Y se encontró con la realidad
de la vida del campesino, que es para asustar. En una ocasión, cuando
iba con un sacerdote a un pueblo de la montaña, salió a nuestro
encuentro una buena señora a ofrecernos la comida: dos huevos fritos.
Resulta que no había más que esos dos huevos fritos en la casa. Mi
compañero le dijo: “Por favor, dáselos a tus hijos, no a nosotros".
Casos así se repetían a diario. La gente te daba todo, aunque no
tuviera nada. Cuando los nicaragüenses comprendieron la posibilidad de
conseguir una mayor justicia social se incorporaron al sandinismo,
algunos de ellos por motivos religiosos. La Iglesia, como
representación, no en bastantes de sus sacerdotes, no supo aprovechar
esa circunstancia y, cuando se dio cuenta. la mayor parte de los
muchachos eran seguidores de Marx, Lenin y Fidel Castro.
Escribí Gaspar vive,
que fue editado en Costa Rica y que, en España, sólo se conoce en
Asturias y bastante también en la parroquia madrileña de San Federico y
en Barcelona, en el Colegio San Miguel, regentado por los Misioneros
del Sagrado Corazón. Al cabo de unos años de haber publicado el libro,
apareció otro título, Carta a un capellán muerto en Nicaragua, de un
tal Urrutia. También está escrito en castellano (y en catalán), y es
una copia casi descarada del mío. Hasta las direcciones, los números y
los nombres, que en mi libro están cambiados para proteger a nuestros
hermanos de Guatemala, son iguales, y el proceso de narración es
exactamente el mismo. Es, descaradamente, una copia. Ni en un solo
momento cita la fuente.
TESTIMONIO DE CINCO
CURAS ASTURIANOS
QUE CONOCIERON
PERSONALMENTE A GASPAR.
ALFREDO CUETO.
Amigo de infancia.
Párroco de Santa Teresa del Pozón (Ávilés)
Gaspar vivía en Tuilla y yo en otro
pueblo, un poco más arriba, en la Braña, pero todos los que éramos niños
entonces nos criamos a la sombra del Pozo Mosquitera. La minería marcaba
la pauta del desarrollo y de nuestra vivencia. Recuerdo muchas veces que
cuando yo iba para la escuela, venía la ambulancia de abajo, de La
Felguera o de Sama, y siempre nos quedaba la mosca detrás de la oreja
pensando a quién iría a buscar. Vivías unos ratos duros hasta que te
enterabas de lo ocurrido, hasta que sabías que no estaba allí tu padre,
pero uno tardaba bastante en enterarse y lo pasaba mal.
La mina marcaba también la realidad
sociológica, aunque de niños no éramos conscientes de ella, y tampoco te
parabas a pensar que pudiera ser de otra manera porque no conocíamos
otra cosa. Éramos un poco marginales por ser hijos de mineros pero,
también por serlo, crecimos con unos valores de honradez, lealtad,
sinceridad, convivencia, ayuda al necesitado... Esos valores, que siguen
allí todavía aunque ya no tan puros como en aquella época, son valores
cristianos, de solidaridad, de comprensión, de tolerancia, de amor, de
justicia, eso brota desde el mismo Evangelio.
Mis primeros recuerdos de Gaspar son que
a veces coincidíamos al ir a confesarnos a la parroquia de San Juan del
Coto, que está un poco más arriba de Tuilla; nos confesábamos con don
Patricio, un verdadero santo, hombre silencioso, comprensivo, humilde.
Pero si quiero buscar una respuesta, un origen, a mi vocación, yo diría
que fue Gaspar. Cuando él comentó que iba al seminario, yo dije en casa
que quería ser como Gaspar, y me enviaron al seminario de Oviedo. Nos
veíamos durante nuestras vacaciones en Tuilla; allí comentábamos la
situación de cada uno, en cada centro.
La opción por los pobres nos surgió
luego, pienso que por las circunstancias de los tiempos. Nuestra
promoción fue la primera del Concilio Vaticano II; se hablaba de aires
nuevos, el Papa Juan XXIII abogaba por abrir las ventanas de la Iglesia
para que se airearan, aunque después las hayan cerrado a cal y canto.
Nos ordenamos simultáneamente. Gaspar
celebró la primera misa el domingo 26 de junio y yo lo hice el día de
San Pedro, tres días más tarde. En las dos misas coincidieron muchas
personas, porque Tuilla no era tan grande, pero sí me llamó la atención
que acudieran personas a las que yo no esperaba ver por allí. Fueron por
Gaspar porque, a pesar de haber estado más lejos del pueblo que yo, era
una persona muy apreciada, muy abierta, muy acogedora y optimista.
Gaspar siempre transmitía alegría.
Tras la primera misa llega el contacto
con la realidad y tienes que reinventar tu misión. La realidad con la
que me encontré fue la que había vivido durante mis años de infancia. En
el seminario me eduqué en la línea del obrerismo testimonial y de
pobreza, y nunca quise ser traidor a la clase obrera, a la que yo
pertenezco y de la que me considero defensor a ultranza. Mi opción
también fue personal, como la de Gaspar. Llevo 32 años aquí, en esta
parroquia, donde no hay oro ni plata; los vasos son de Sargadelos, pero
hay un ambiente de acogida, de cercanía, que ya ni los feligreses ni yo
queremos otra Iglesia.
Gaspar eligió otra opción para su vida,
mucho más radical, pero creo, y lo creo profundamente, que obró en
conciencia, que le costó muchísimo tomar esa decisión y que la tomó en
contra de sí mismo, porque creía que era su exigencia. El propio Gaspar
lo expresa claramente: “Hay que estar siempre con la gente, siempre y
para todo”. Lo dice también en ese documento que dejó aquí en Asturias
antes de que regresara por última vez a Nicaragua. Y eso es algo que
trastoca los sentimientos y la fe de los creyentes. Eso es vida, no es
cerrarse a la luz del Evangelio. Jesús era tolerante, comprensivo.
Nuestra misión no es condenar, ni juzgar, sino ser tolerantes, tender
siempre la mano, abrir caminos. Es la misión de la Iglesia y del
cristiano. Por eso, necesitamos comprensión, y a veces me atrevo a decir
que como no tenemos suficiente valor, criticamos la actitud de Gaspar
para justificar la nuestra, y nos perdemos en que cogió las armas.
Gaspar fue todo generosidad y entrega hasta las últimas consecuencias.
Yo, para mí, tengo canonizado a Gaspar,
aunque la Iglesia no lo canonizó. Sé que no llegaré a verlo en los
altares, pero en Tuilla celebramos una misa a los 25 años de su muerte,
en 2003, y dije entonces, desde lo más profundo de mi corazón, que era
hora de rezar a Gaspar, y no de rezar por Gaspar, de rezarle pidiendo su
ayuda, su protección. Fue un ser humano trascendente, un santo, porque
sobresalió fundamentalmente en el amor, y nadie tiene mayor amor que el
que da la vida por sus hermanos, al igual que Jesús. El Evangelio dice
también: “Porque amó mucho se le perdonó mucho”. Me parece que Gaspar se
sobrepasó, se pasó en la solidaridad, en el amor, la generosidad, la
entrega. Lo llevó hasta el extremo, hasta las últimas situaciones y
circunstancias.
Gaspar es un modelo inagotable, es un
testimonio permanente para niños, jóvenes, adultos y ancianos. Todos
podemos encontrar en él una palabra de ánimo, de consuelo, de valentía,
de solidaridad, de tolerancia, de comprensión y, fundamentalmente, de
generosidad, que los cristianos llamamos amor. Gaspar vive en el
recuerdo de sus amigos, de sus familiares, pero es triste que permanezca
también en el olvido, que muchas personas no hayan descubierto su gran
valor, su riqueza a nivel humano, espiritual, cristiano. Para conocer a
Gaspar tenemos muchos cauces, porque él está presente en su obra, en el
pueblo nicaragüense, está presente en su literatura; su poesía refleja
los sentimientos, la personalidad, la dignidad y la solidaridad de este
gran personaje. Es urgente y necesario evitar el oscurecimiento, que su
vida y su recuerdo mueran en el olvido.
José María Álvarez, Pipo
Cura. Párroco de Valdesoto (Siero)
Personalmente, creo que
lo más importante para un cura es ser sensible ante la realidad social
que está viviendo y asumir los problemas que puedan tener las gentes de
los pueblos donde uno está. Gaspar García Laviana fue muy sensible a la
realidad de Nicaragua, que vivía una situación límite, como otros países
de Hispanoamérica. Yo entendía perfectamente a Gaspar porque, aquí,
nosotros respondíamos a la dictadura, y éramos perseguidos, vigilados y
amenazados de muerte en cartas anónimas. Y en unas circunstancias tan
duras como la de Nicaragua, no me extraña en absoluto la decisión de
Gaspar, como tampoco me extraña, aun siendo pacifista como soy, que haya
curas guerrilleros. Gaspar tuvo como discípulos a chicos y chicas que
estaban en la guerrilla, les enseñó el Evangelio, así es que tenía que
respaldar lo que él había impulsado en esos chavales.
La opción de la lucha
armada tiene que estar condicionada por el ambiente, por las
circunstancias, y nada más. Uno debe responder en la medida de las
posibilidades que están al alcance de su mano y, realmente. los que
tienen la última palabra son los que están viviendo donde están los
problemas. No son los teóricos que viven en los despachos, porque estas
personas, al calor de las calefacciones, viven todo de forma muy
distinta a quienes están sufriendo.
La Iglesia oficial
siempre vio con buenos ojos a la gente que apoyaba a las dictaduras.
Nicaragua, Chile, Argentina, incluso la España de Franco lo demuestran.
Sin embargo, cuando había una violencia de izquierdas, la Iglesia
oficial se ponía agresiva y condenaba. Es verdad que también hubo
obispos como Casaldáliga que, allá en el Mato Grosso, era obispo de los
pobres y que formando parte de la jerarquía llamó a Gaspar García
Laviana “hermano mío”. En concreto, en un texto suyo dice:
“Cuando un vuelo
cortado por la muerte
igual que un crucifijo
en carne viva,
como un abrazo extremo
que me llama,
me ha acercado tu
nombre,
Gaspar, hermano mío,
asturiano,
justicia de minero,
bronco acantilado,
corazón de Jesús en
pura llaga”.
Por tanto, también
parte de la jerarquía ve de una manera más cercana al Evangelio que los
cristianos adopten posiciones, por decirlo así, prácticas.
El Entrego, en el
concejo de San Martín del Rey Aurelio, del que procedía Gaspar, fue en
algún momento la capital del movimiento obrero minero; en el salón de su
iglesia se reunían los sindicatos con los mineros para debatir los
problemas que tenían, y ese recinto acogió también encierros de la
construcción. Esa sensibilidad respondía perfectamente a la que podía
tener Gaspar. Yo siempre conecté con él; los dos éramos hijos de mineros
y mamamos sensibilidad social desde la cuna.
Hay un libro de Gaspar,
A corazón abierto. Poesías en Nicaragua, publicado en 2007, en el que
encontramos parte de su pensamiento. Uno de sus poemas dice:
“Mis ideas. No juzgues
mis versos, amigo,
que vives lejos de
América.
Me das miedo, criticón,
de mesa buena.
Tú y tus calles
asfaltadas y tu carro a la puerta,
nunca han vivido
conmigo.
No te importan mis
ideas”.
Otros versos reflejan
la actitud de Gaspar respecto a la violencia:
“Escribí versos
viajeros,
brotes de rojo violento
en mi corazón guerrero,
pero siento que mi alma
busca colores serenos.
Ya me cansa el rojo
diario de mi túnica,
ya me pesa en la cabeza
el gorro frigio con la escarpela roja”.
Algunos poemas hablan
también de la muerte: “Qué duro es morir… sin ver el triunfo”. Creo que
lo mismo sintieron Cristo, y Camilo Torres y Che Guevara.
En mi opinión, la
opción que eligió Gaspar responde a una idea previa a la Teología de la
Liberación, aunque se hable poco de ella, porque es más profunda y menos
externa. Es la Teología de la Encarnación, que plantea al clero
incardinarse dentro de la realidad social donde uno vive; rechaza, por
tanto, la figura del cura lejano a la gente y defiende la del cura
cercano, el que vive los problemas de la gente, los que fueran. Creo que
aquí se enmarcan los curas obreros que se dieron en la cuenca minera y
en otras zonas, curas antifranquistas, que queríamos la libertad del
pueblo, para todos: libertad de reunión, libertad sindical, libertad
política. Y Gaspar, en Nicaragua, abrazó también esa idea de incarnarse,
de vivir los problemas del pueblo, porque hay que ser muy insensible
para no reaccionar ante realidades tan duras como las que se estaban
viviendo en Nicaragua. Necesariamente, tendría que elegir entre coger el
crucifijo o coger la metralleta. En un contexto religioso normal hay que
ser pacifistas, pero cuando ves que hay personas que sufren la
violencia, a veces no tienes otra alternativa.
José Antonio Couso
Cura. Párroco de San
Pedro (La Felguera)
El 27 de abril de 1977
Gaspar García Laviana estuvo en mi casa, en La Felguera. Vino a Asturias
para dejar una especie de testamento y quiso reunirse con un grupo de
sacerdotes amigos para transmitirnos su deseo de volver a Nicaragua. Nos
dijo que no podía abandonar a los suyos, aunque sabía que iba a tener
muchísimas dificultades si regresaba. Insistió en que debía volver como
fuera y en que entraría en el país como pudiera. Yo noté en su semblante
una preocupación muy honda, muy profunda, a pesar de que Gaspar era de
carácter fuerte, adusto. Su preocupación la manifestó en todas las
expresiones; sabía que estaba en el punto de mira, y por eso quiso
hablar con nosotros.
La postura de Gaspar
fue enormemente valiente. Era un hombre que estaba convencido de lo que
hacía y, aunque las opciones son siempre discutibles, siento un profundo
respeto por las que se toman desde la más profunda honradez y desde esa
hondura de convicción.
Yo no justifico la
violencia por la violencia, porque me parece que engendra violencia,
pero sí que respeto la actitud que Gaspar toma en un momento determinado
de su vida. Yo no la hubiera adoptado, pero tampoco tenía las
circunstancias que él tuvo. Pero me parece que su opción no es
predicable en general, aunque sí puede ser la que adopte una persona
determinada y en un momento determinado.
Aun siendo una decisión
muy polémica y discutible, creo que Gaspar fue respetado por la Iglesia
asturiana y por mucha gente. En Asturias no nos resultaba muy difícil
comprender los problemas que él encontró en Nicaragua porque aquí,
salvadas todas las diferencias culturales, religiosas, sociales y
políticas, hubo también en aquellos años curas y seglares comprometidos
muy seriamente con la causa de los obreros, y hubo sacerdotes
encarcelados y vigilados. Entendíamos, respetábamos y admirábamos a
Gaspar. En su pueblo hay una calle que lleva su nombre. Muchas personas
le consideran un mártir, pero no creo que sea un mártir para subirle a
los altares; vamos, que yo no prepararía la causa para su canonización.
Uno puede ser mártir de muchas cosas y, en mi opinión, Gaspar fue un
mártir en el sentido de que se entregó a una causa, que creyó en ella y
que fue por amor a su pueblo.
José Antonio
Gutiérrez Macho
Cura. Coadjutor de
San Pedro (La Felguera)
De Gaspar García
Laviana guardo en mi cabeza, treinta años después de verle por última
vez, estampas e impresiones, Tengo muy claro el encuentro que mantuvimos
con él en La Felguera, en el que nos transmitió su deseo de volver a
Nicaragua y nos enseñó un documento que había escrito, una especie de
testamento, porque ya presentía entonces que iba a tener muchas
dificultades cuando regresara.
Y junto a ese recuerdo
está el de la misa concelebrada que Gaspar y otros sacerdotes realizamos
en La Felguera, junto a Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina.
Cantaron su misa campesina, con ese estilo sudamericano muy propio de
ellos y que, precisamente, predicaba Gaspar. Recuerdo también el viaje
que hicimos con todos ellos a Covadonga; allí cantamos con la escolanía.
Hice mucha amistad con Mejía Godoy y su grupo. Me impactaron mucho:
Carlos era una persona muy preparada y todos ellos eran de lo más
sencillo del pueblo; todos tenían familiares muertos por el régimen de
Somoza. Cuando cantaban se les veía muy bien, pero arrastraban consigo
una pena interior. Eso me quedó grabado, como también la relación mandan
bastante» que tenían entre sí; uno de ellos era alcohólico y, por
ayudarle, cuando iban juntos a los bares no bebía ninguno.
El tema de que Gaspar
cogiera las armas me parece totalmente secundario. No entro en el debate
teológico, lo dejo para la teología, pero yo no tengo problema con eso.
Lo que quería Gaspar era volver con los suyos, pero no le dejaban
regresar a Nicaragua. Pienso que no pudo dar otro paso una vez que vivía
en el monte, con los guerrilleros. Ellos le dirían que, por si acaso,
cogiera un arma y… Respeto totalmente su decisión, porque no sabemos qué
haríamos cada uno de nosotros según las circunstancias. Uno puede
elegir, pero las circunstancias también mandan bastante.
Gaspar era sensible a
las injusticias sociales. Él nació en las cuencas mineras, y había visto
la lucha obrera de los años 60 por mejorar las condiciones de vida de
los trabajadores asturianos. Cuando llegó a Nicaragua se encontró con
eso y con muchísimo más, e imagino que algo dentro de él se agitaría.
Andrés Álvarez Suárez
Misionero del Sagrado
Corazón.
Vicario de la
parroquia de San Federico (Madrid)
Gaspar García Laviana
era un chaval abierto, pacífico, observador, ni buen estudiante ni malo.
Coincidí con él en los tres años de Filosofía y cuatro de Teología que
cursé en Logroño. Allí sentimos ya la droga de las misiones, no la
etiqueta de los pobres, sino de los más necesitados. Nos hablaban de
Oceanía, de Nueva Guinea, de América, y te preparabas un poco para eso,
con una teología totalmente desencarnada de la realidad, pero con un
corazón abierto.
Una vez ordenado
sacerdote del Sagrado Corazón, Gaspar fue destinado a esta parroquia de
San Federico, en Madrid, junto a otro compañero, Arturo García, que era
de mi curso. Allí se involucró sobre todo con los jóvenes y optó por
trabajar en una serrería, porque los sacerdotes misioneros teníamos que
trabajar para ganarnos la vida. Así es que la gente le veía por la
mañana con un mono y tragando polvo en aquella serrería del barrio, que
era moderna para la época.
Cuando llevaba cuatro
años en Madrid, la congregación pidió gente para ir a Nicaragua, «Le
angustiaba la angustia de la gente, los cristos de carne y hueso»
Guatemala y El Salvador. Gaspar nos comentó que en Madrid había
bastantes curas y que él optaba por trabajar en un lugar donde la gente
más le necesitase. Así fue como cayó en Nicaragua en 1970; allí comenzó
su transformación.
Recuerdo que me contó
cómo, cuando llevaba ocho o nueve meses en Nicaragua, aparecieron en su
despacho una decena de niñas de 8 a 11 años. “Padresito, padresito
venimos a refugiarnos”, le dijeron. “Pero ¿qué os pasa?”, preguntó él.
Las niñas comenzaron a enseñarle las espaldas llenas de latigazos, las
piernas amoratadas. ”Es que nos han traído de la montaña diciendo que
nos iban a dar trabajo y una señora nos obliga a acostarnos con hombres.
Nos hemos escapado aprovechando que ella salió”. Gaspar dejó a las niñas
en el despacho y fue a la comisaría, donde se encontró con unos agentes
que, por lo visto, ya le conocían. “Pero si es el remamahuevos Gaspar,
¡ya era hora que nos relacionásemos!”, le dijeron los policías. Se
rieron de él bastante rato, utilizaban expresiones que Gaspar no
entendía. Él se sentía perplejo, hasta que uno zanjó la charla: “Mire
padrecito, no se meta usted en eso, que peligra su pellejo”.
Otra experiencia que le
marcó, y que también me contó, fue el terremoto que sufrió Nicaragua; en
su parroquia, que era de piedra, tuvieron que alojarse 200 familias que
se habían quedado en la calle. El encargado de Cáritas, el padre Mateos,
que aún vive, y Gaspar pidieron una entrevista con Somoza, porque
pasaban los días y no llegaban las ayudas, mantas y otros enseres, que,
a ellos les constaba, España y otros países habían enviado. Somoza
recibió a los dos hombres con los pies encima de la mesa y un puro
enorme, como un poste de la luz, según me dijo Gaspar, diciendo que las
cosas que mandaban para Nicaragua eran para él y su familia. Estas
situaciones cambiaron a Gaspar por completo, fue transformándose, y la
opción que tomó fue una opción evangélica, de gritar por los que no
tienen voz con todas las consecuencias.
Un día de abril de
1977, cuando Gaspar estaba comiendo en su parroquia, llegó el embajador
de España en Nicaragua y le dijo que, de forma inmediata, debía de hacer
la maleta y marchar a España porque peligraba su vida. Un coche le
esperaba fuera para llevarle al aeropuerto. Gaspar se negó, pero el
embajador insistió: “Mira, tengo poca gana de líos, ya tengo bastantes,
así es que tú te vas a marchar, tienes aquí el pasaje para España”.
Yo fui a buscarle a
Barajas, venía hecho polvo. Fuimos a la parroquia de San Federico, donde
estaba destinado yo, y avisé a las familias que le conocían porque sabía
que querrían verle. Cenamos unas tortillas en un club de jubilados, y
todo el mundo empezó a piropear a Gaspar por lo que hacía, y él en
silencio, hasta que se levantó, tranquilo, muy tranquilo, para decirnos
que se sentía un cobarde. “He estado educando a aquella juventud y
aquella gente, luchando durante siete u ocho años y yo, por ser
sacerdote y misionero y español, vengo aquí y en cambio aquella gente
está muriendo. Yo no puedo quedarme aquí”, dijo. Intentamos
tranquilizarle, decirle que estaba deprimido, que se le pasaría cuando
llegara a Asturias. Él se calló, durmió en San Federico y al día
siguiente volvió a su tierra, a Asturias, pero al cabo de 15 días su
padre le dijo: “Gaspar, si no te encuentras satisfecho y feliz, vete
donde crees que tienes que ir”.
Gaspar fue a Madrid,
habló con el provincial del Sagrado Corazón para comunicarle que volvía
a Nicaragua. “Tengo que estar allí luchando con los que luchan, yo no
soy de derechas ni de izquierdas, sino de aquella agente que está
luchando por la vida”, dijo Gaspar a sus superiores. El general de la
congregación se reunió también con él, y le apoyó; dijo que Gaspar
García Laviana continuaba como misionero dentro de la congregación del
Sagrado Corazón: “Y tome la opción que tome, si es por los pobres,
continua y estamos con él”. Fue entonces cuando volvió a enrolarse con
los sandinistas hasta que murió, el 11 de diciembre de 1978. Yo conocí
la noticia en San Federico. Su hermano Silverio, también misionero, en
el colegio de Hospitalet donde daba clases. Sentimos una gran tristeza,
pero también una gran alegría en el sentido de que había un mártir.
Como ser humano, Gaspar
tenía mucho carácter, se cabreaba y era aparentemente mal hablado,
soltaba tacos, pero era un hombre profundamente pacífico y profundamente
comprensivo y sensible, sensible a la vida de las personas. Había
encarnado un poco el mensaje, el mensaje de Jesús de Nazaret y de
misionero del Sagrado Corazón, es decir tenía el corazón de Cristo no en
la estampita sino en la vida. Y, desde luego, tenía ideas claras, sabía
dónde iba, sabía cuál era el camino y sabía dónde se comprometía y dónde
se jugaba la vida. Gaspar era, además, un hombre tímido, al que no le
gustaba el autobombo. Incluso cuando personas como el obispo Casaldáliga
le mostraban su admiración, él no quería oír sus palabras elogiosas. Él
creía que lo que hacía era lo que tenía que hacer.
A veces se ha
especulado sobre si tenía relaciones o no con mujeres. Yo, por las
noticias que tengo y por su psicología, Gaspar, como toda persona
normal, ama más a las mujeres que a los hombres, y tenía un profundo
sentimiento de amistad. Lo que pasa es que hoy, ayer y siempre, cuando
un sacerdote o un misionero se relaciona con una persona, sobre todo con
una chica guapa, como está la obsesión del sexo, enseguida se rumorea si
se acuesta o no con ella. Gaspar tenía profundas amistadas en los
hombres, en las mujeres y en las parejas y en la guerrilla, porque había
mujeres también en la guerrilla. Era siempre amor, porque donde hay amor
ahí está Dios.
Para mí, una de las
grandes poesías que tiene es ésta:
“Las angustias de mi
alma,
no las calma el
rosario,
ni la misa, ni el
breviario.
Mis angustias las
mitigan
las escuelas en los
valles,
el bienestar del
campesino,
la libertad en las
calles
y la paz en los
caminos”.
Creo que Gaspar utilizó
el sandinismo como instrumento para el servicio, para el servicio del
pueblo. Y punto, porque no podemos utilizar sólo el rosario para liberar
al pueblo, a veces hay que utilizar también otros instrumentos.
Pienso que uno de los
defectos de Gaspar es que sufría muchísimo por dentro cuando veía los
problemas de la gente; en lugar de mirar para otra parte, a él le
angustiaba la angustia de la gente, los cristos de carne y hueso, Él
vivía el Vía Crucis, no como un psicópata o un angustiado, sino como
quien estaba junto a ellos, en tanto que podía ayudarles. No era un
fundamentalista, ni un obsesivo, sino que había descubierto que su vida,
lo que tenía, lo que podía y lo que sabía, tenía que estar al servicio,
no de la jerarquía sino de los pobres. Por eso creo si no le hubieran
matado, ahora estaría de misiones. Ya en una carta a su hermano Silverio
le dijo que cuando terminase un poco la pobreza en Nicaragua, él
volvería a una parroquia, a otro lugar donde le necesitasen más. Lo que
pasa es que cuando uno se compromete así, se juega la vida, igual que
Jesús de Nazaret. Hoy le aconsejaríamos que fuese un poco más prudente.
De hecho, tristemente, estamos diciendo a la gente que se compromete que
hay que ir despacio, que escandalizamos.
Me gusta recordar un
poema de Gaspar sobre el sentido que le daba a su propia muerte:
“Cuando muera
no quiero que sollocen
mentiras
las sanguijuelas del
pueblo.
No quiero que me lloren
los perros que comen
rebaños de gente.
No quiero que sus
lágrimas saladas
esterilicen mis
obras...
Pero voy a gritar hasta
que muera,
que mejor comen mil
perros flacos,
que un perro gordo
reviente de comida
y pisotee las sobras
para que no coma nadie.
Yo sé, yo sé
que me tienen en la
mira
de sus pistolas,
por eso labro mis
versos
con tosco machete, mi
divisa,
y escribo a toda prisa,
por si me alcanza la
muerte.
... ... ...
TESTIMONIOS DE CURAS SECULARIZADOS
Manuel Suárez
Ex
sacerdote. Compañero en Madrid
Conocí a Gaspar García Laviana en Madrid en el otoño de 1967, cuando yo
me preparaba para ir a América de misionero. Se enteró de que en el
colegio mayor Quiroga estábamos unos cuantos curas asturianos y vino a
conocernos. Yo había oído hablar de él cuando estuve de coadjutor en La
Felguera en 1966, que fue cuando Gaspar celebró su primera misa en
Tuilla. Desde que nos conocimos, pasamos juntos los fines de semana del
curso 67-68, porque yo me quedaba esos días en el piso de la parroquia
de Gaspar.
Al final, no fui a América porque los militares argentinos expulsaron a
curas asturianos y se paralizó la obra de cooperación que había entre
las diócesis españolas y las latinoamericanas, y me convertí en un cura
obrero. En esos años soplaban los vientos del Concilio Vaticano II y el
entonces obispo Tarancón, que luego sería cardenal, apostó por esa
experiencia de curas obreros, lo que suponía que nos incardináramos en
la realidad, en el mundo obrero y más pobre.
Gaspar empezó a
trabajar de cura obrero en una carpintería, y durante ese año de
estrecha relación que mantuvimos, creo que nos en
riquecimos
mutuamente en nuestra convivencia, con un diálogo y un debate continuos.
Las generaciones de sacerdotes asturianos que nos ordenamos en la década
de los 60 habíamos vivido las huelgas mineras de 1962, había ya un
debate político, había encierros y manifestaciones, y asistir a ellas
era algo recurrente. Los curas teníamos también inquietudes políticas y
muchos participábamos, de forma medio clandestina, en asambleas y
reuniones.
Luego, él se fue a Nicaragua de misionero y yo seguí de cura obrero,
primero en Asturias y más tarde en Luxemburgo, para acabar
secularizándome y casándome en 1974. Los dos fuimos curas obreros, pero
luego tomamos caminos totalmente distintos. Nunca pensé que Gaspar se
convertiría en guerrillero, aunque había precedentes de sacerdotes que
habían tomado las armas e incluso habían muerto mientras luchaban. Nunca
hablamos de ese tema Gaspar y yo. Sí hablábamos de los curas obreros, de
vivir del trabajo de cada uno y de todo lo que suponía no cobrar por los
servicios religiosos. Tenía las ideas muy claras.
Durante su estancia en Nicaragua vino alguna vez a España con el
objetivo de recaudar fondos para ese país, en ocasiones acompañando a
Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina. Yo asistí a una de las
actuaciones que dieron en Madrid. Cuando me enteré del paso a la
guerrilla de Gaspar, yo estaba de profesor en La Mancha y un poco
desvinculado de toda la estructura eclesiástica, pero sentí admiración
por él, por ser un hombre consecuente. Luego lees sus poesías, sus
escritos, y te sientes un poco acomplejado, porque muchas personas nos
habíamos quedado en el camino con la utopía, con los ideales y él, sin
embargo, había llegado hasta el final en su compromiso por los más
pobres, desfavorecidos y marginados.
Con el paso del tiempo y tras haber conocido su obra, tanto pastoral
como poética, veo a Gaspar como una persona con un carácter y una
entidad de profeta y como un poeta, dos cualidades que definen ya a una
persona.
Pedro Regalado
Ex misionero del Sagrado Corazón.
Compañero en el seminario y en Nicaragua.
«Los demás
comandantes iban por detrás de
la tropa y
Gaspar siempre iba delante, el primero. Por eso le mataron»
Coincidimos en el seminario de los misioneros en Valladolid. Yo me
incorporé al segundo año de secundaria y estuve cuatro años con él.
Disfrutamos, nos reímos, era como un hermano. Luego fuimos juntos al
noviciado de Canet de Mar, en Barcelona, donde estuvimos un año
dedicados exclusivamente a la preparación espiritual, a decidir nuestra
vocación. Íbamos a ver qué pasaba, éramos jóvenes, de 17 o 18 años,
queríamos pasarlo bien. Nos amenazaron con expulsarnos a todos porque
éramos rebeldes. En los ejercicios espirituales, que duraban un mes, fue
cuando ya nos fuimos convenciendo de que del plan que traía Jesús era
para la liberación de toda la humanidad. Comenzamos entonces a
profundizar en la espiritualidad, en la vida de Jesús y de María. Al
terminar ese año hicimos los primeros votos y nos fuimos a Logroño, a
estudiar tres años de Filosofía. Eran tiempos muy duros. Nos libramos
del servicio militar por ser religiosos, pero tuvimos siete años de
durísimo servicio al servicio de Jesús.
Gaspar tenía
vocación de darlo todo por los demás. En el seminario de Valladolid era
«
muy juguetón, tenía un carácter muy abierto, sabía compartir y jugaba
bastante bien al fútbol. Le gustaba mucho fumar. Teníamos un cómplice,
en el último año, Pedro María Belzunegui. Cuando Gaspar estaba deprimido
–pensó muchas veces en dejar los estudios de Valladolid– iba al cuarto
de Belzunegui, éste le daba un par de cigarritos y Gaspar era otro, se
desahogaba. En el noviciado era muy pensativo, muy meditativo y quizá un
poco apartado, pero a la hora de los juegos era amabilísimo, pasábamos
los ratos muy agradables con él.
Llevaba a Asturias siempre en el corazón. Recordaba los juegos de
pequeño, lo que había compartido con los compañeritos que había dejado
en el pueblo. ¿Qué sería de él si hubiera seguido en el pueblo y no
hubiera tenido esta oportunidad de ir al seminario? Todos nos
planteábamos esa cuestión, seríamos personas distintas.
De su padre él tenía grabada la lucha por el oprimido, por el trabajador
despreciado, vilipendiado, lo llevaba siempre muy dentro. El amor hacia
sus padres era intenso. Les escribía con mucha frecuencia desde
Nicaragua, les llamó algunas veces, porque la llamada era muy cara, pero
siempre les llevaba en su corazón.
Al terminar Filosofía fuimos juntos a dar catequesis a unos colegios que
había en Logroño. En el último año de Teología nos permitieron hacer una
catequesis con trabajadores, con labradores de un barrio marginado de
Logroño, La Estrella, y ahí empezamos a ver otra España distinta, otra
realidad a la que nos habían enseñado y habíamos vivido. En los
seminarios siempre nos habían presentado a la izquierda como a los
malos, los enemigos de la Iglesia, de España. La Iglesia siempre estuvo
al lado del poder, al lado del rico. Y cuando empezamos a vivir con los
obreros vimos esa otra realidad y decidimos que queríamos trabajar con
los oprimidos; más Gaspar, porque lo había vivido en su propia carne.
Estuvimos juntos hasta que nos ordenamos sacerdotes. El primer verano
tuvimos que quedarnos en Logroño para atender las capellanías, mientras
los demás se iban a la montaña, a despejarse un poquito. Ahí hicimos
nuestra primera travesura. A los dos nos gustaban los toros y, tras
decir misa en las capellanías, nos fuimos a Estella a ver una corrida.
Una vez allí pensamos: “¡Pero si no conocemos San Sebastián, vámonos a
la playa!”. Nos metimos en un bar con sotana y, al salir, ya no la
llevábamos. La gente maravillada, se preguntaba: “¿Pero no eran éstos
los curas?”. Y nosotros con la sotana escondida. Total que nos fuimos a
los toros y luego a la playa de San Sebastián. Perdimos el último
autobús, y eso que al día siguiente teníamos que volver a decir misa en
las capellanías. Ni cortos ni perezosos, cogimos un tren de mercancías y
llegamos hasta la estación de Venta de Baños. Ahí estuvimos toda la
noche sentados en un banco y, al día siguiente, de madrugada, a decir
misa a las monjas. Llegamos con dos horas de retraso y nos disculpamos
una y otra vez, pero lo reído lo llevábamos entre los dos.
Luego vinimos a Madrid, hicimos un año de pastoral juntos. Gaspar se
especializó en sociología y se fue a la parroquia de San Federico, donde
estuvo tres años. Yo me quedé en Logroño como capellán de las monjas,
hasta que me enviaron a Valladolid de ecónomo. Para entonces Gaspar y yo
habíamos hecho ya el pacto de que nos iríamos juntos a las misiones, a
una zona marginada, a vivir con campesinos. Lo teníamos asumido. Esa iba
a ser nuestra vida, igual que la que había llevado Jesús.
Pasados los tres años, los dos solicitamos ir a Nicaragua y nos fuimos
juntos. Acordamos también que el tiempo que estuviéramos en Nicaragua
íbamos a vivir juntos, a compartirlo todo, porque llevábamos catorce o
quince años viviendo como hermanos. Queríamos seguir igual. Y nos
comprometimos a que si un día alguno de los dos decidía dejarlo nunca
llevaría una doble vida. Eso nos repugnaba, no ser leales con nosotros
mismos. Y lo cumplimos los dos.
Como todos los sacerdotes, pensábamos que íbamos a evangelizar, a
repartir los sacramentos. Nos dimos cuenta de que la mayor parte de los
sacerdotes de nuestra diócesis estaba con el capital, con el rico, con
el poder. Todos los curan vivían muy bien. Nosotros no habíamos ido a
Nicaragua para vivir así, porque para eso nos hubiéramos quedado en
España. Queríamos una cosa distinta. Todas las parroquias tenían que dar
un estipendio al obispo y nosotros nos negamos rotundamente. Dijimos que
eso no era la Iglesia, que había que compartir con el más pobre y que el
obispado tenía muchos más beneficios y poder adquisitivo que cualquier
campesino de los que se estaban muriendo.
El 45% o 50% de los niños no llegaban a los tres años. Esa mortandad nos
dolía. Era terrible llegar al campo porque una señora te avisaba de que
se le había muerto su hijo. Tenían que cargar con él en una cajita y
transportarla a hombros unos 60 kilómetros para llevarlo a nuestra
parroquia. Al pasar por delante de la iglesia se tocaban las campanas,
pero tenían que dar un estipendio. Eso nos rebelaba. Decidimos intentar
que en cada comunidad ellos tuvieran su propio panteón, su propio
camposanto. Empezamos a bendecir campos santos en unos lugares y en
otros.
Nuestra cocinera, Filomena, había sido vendida por su mamá, a los nueve
años, a un terrateniente a cambio de una cerda. El hombre la encerró en
una casita de madera y allí le llevaba los alimentos. La niña no podía
salir. Cuando tuvo su primera regla, ya se quedó embarazada de su primer
hijo y así hasta tres. A los diecinueve o veinte años pudo escaparse y
comenzar otra vida distinta. No sabía leer ni escribir ni había hecho la
primera comunión. Gaspar la fue instruyendo, ella aprendió a leer e hizo
su primera comunión con nosotros. Lo celebramos por todo lo alto,
invitamos a todo el pueblo a esa primera comunión. Luego trabajó con
nosotros. La última vez que estuve en Nicaragua Filomena había muerto de
cáncer.
En Tola hay un prostíbulo con niñas de doce a catorce años, y los que
iban al prostíbulo le comentaban a Gaspar entre risas: “Esta noche he
estado con tal, me ha hecho esto, me ha hecho lo otro”. Gaspar se
rebelaba. “Voy a sacar a esas muchachas de ahí”. Una noche sacamos a
tres y las llevamos a la parroquia. Estuvieron viviendo en una casita
aparte. Una de ellas regresó al prostíbulo y las otras dos se casaron.
Hoy viven con sus compañeros y son madres felices.
Nos rebelaba saber que un señor, con hasta 14.000 vacas y una finca de
20.000 hectáreas, abusaba de las niñas de las familias de campesinos que
trabajaban su tierra. “Ay que linda va tu niña”, decían los señores a
las campesinas y en cuanto esas niñas se habían desarrollado abusaban de
ellas. Luego, esos mismos señores venían el Jueves Santo a la iglesia y
querían sacar al Santísimo bajo palio. Para nosotros era duro y Gaspar
se rebelaba porque ante esa realidad ¿qué predicaciones iban a ser las
nuestras?
Un Viernes Santo, en San Juan del Sur, Gaspar hizo un Vía Crucis que
pone los pelos de punta a cualquiera. Cada caída de Jesús era la caída
de aquel campesino, de aquella mujer que había sido violada por el otro,
del 45% de niños que estaban enterrados que no habían llegado a los tres
años porque les habían matado de hambre. Esa era la primera caída y así
sucesivamente. Cuando llegó a la estación novena, paró delante de la
casa del médico del pueblo, que no debía cobrar las consultas ni las
medicinas pero que mandaba a las mujeres enfermas que enviaran a sus
hijas para que él se acostara con ellas. Había que ver junto a la puerta
del médico a Gaspar diciendo: “Aquí, la tercera caída de Jesús”. Todavía
hoy me estremece recordarlo. Estaba allí la hija del médico, con una
pistola y si no es por una persona que trabajaba en la casa, Gaspar
hubiera muerto ahí, en la novena estación de Jesús, porque aquella mujer
le hubiera disparado dos tiros.
¿Qué hicimos al principio al ver cómo vivía el pueblo? Íbamos a las
comunidades, sacábamos diapositivas. A mí me gustaba mucho la
fotografía. Estábamos dos o tres días sacando fotos de los campesinos.
Luego preparábamos un esquema y les hacíamos una exposición ción de sus
propias vidas. Tomaban conciencia al ver que sus hijos estaban llenos de
parásitos mientras que el caballo del señorito gozaba de un veterinario
cada seis meses. Poco a poco empezamos a crear los grupos de mamás
catequistas. También enseñamos primeros auxilios, logramos que vinieran
unas comadronas y dábamos cursillos de medicina preventiva. Más tarde
formamos delegados de la palabra, una figura que había dado un resultado
óptimo en la República Dominicana. Llegamos a tener unos 80.
Utilizamos los medios de comunicación para relacionarnos con los
campesinos. Entre 1974 y 1976 teníamos un programa semanal de media hora
en la emisora Radio Rumbos de Rivas: Gaspar y nos turnábamos junto con
otras dos personas para comunicarnos con todas las comunidades. Emitimos
hasta que suprimieron el programa.
También creamos y
publicamos una revista,
Cristo campesino,
dirigida
por Luis Gurriarán, compañero misionero del Sagrado Corazón y que era un
gran escritor. Publicamos un número monográfico, el tercero, titulado
La
distribución de la tierra,
y en el que informábamos de las propiedades de los grandes
terratenientes de Nicaragua. No nos dejaron publicar más números.
También pusimos en marcha un dispensario en San Juan del Sur, con el que
conseguimos ofrecer asistencia médica y medicinas gratuitas para los
campesinos gracias a la colaboración de empresas camaroneras.
Los campesinos nunca habían tenido una fiesta en el pueblo. Conseguimos
que el día de San Juan bajaran de todas las comunidades rurales y
organizamos corridas de toros. Gaspar, con esa voz que tenía tan
maravillosa de barítono, cantaba las canciones de sus ídolos, Jorge
Cafrune y Alfredo Kraus. Cautivaba a la gente, sobre todo a las mujeres.
Tenía un séquito de mujeres detrás. Una noche, las tres damas
principales del pueblo me dijeron que querían pasar una noche con
Gaspar. Se lo conté: "Oye, que tienes a estas tres loquitas. Me han
dicho que pidas lo que quieras, pero que pases una noche con ellas”.
Gaspar, ni corto ni perezoso, les dijo, delante de los maridos: "Bueno,
¿con quien me toca esta noche? No me importa pasarla con las tres”. Y
ellas, con la cara roja, empiezan a mirarse y una de ellas le responde:
"Pues con quien quieras, si quieres con las tres, con las tres, pero
pásate una noche con nosotras". ¡Vaya risas que hicimos! Gaspar era un
hombre muy atractivo, con una gran personalidad.
Hasta un hermanastro de Somoza, homosexual, intentó camelarle. Gaspar
era muy inteligente y consiguió que ese hombre aportara una subvención
mensual para que los trabajadores de su empresa camaronera tuvieran
cubiertos los gastos de médico y de medicinas. Logró también, a través
del hermanastro del dictador, que otras cuatro empresas camaroneras
hicieran lo mismo.
Creo que el campesinado latinoamericano estaba domesticado por los
españoles, que eran los que mandaban y a los que veían superiores. Así
se acostumbraron a obedecer en todo, a la sumisión total. Esto se ha ido
transmitiendo y hoy día siguen diciendo: “No, si nosotros no podemos".
Al mando de otra persona trabajan horas y horas, pero ellos no son
capaces de pensar por sí mismos. A la sociedad capitalista le interesa
que sigan así, que tengamos personas que nos sirven en todo sin esperar
nada a cambio.
Gaspar era muy impulsivo. Hasta en tres ocasiones pensó dejar Nicaragua,
de manera que escribió a la Trapa y a la Cartuja para ver si podía
incorporarse porque veía que no podía cambiar al campesinado, no podía
dar a Jesús a esa gente por la situación en que vivían. Espiritualmente
era un hombre muy profundo. Nos levantábamos a las cinco de la mañana,
nos aseábamos e íbamos a la iglesia. Era obligación rezar el breviario
durante unos tres cuartos de hora. Muy pocas veces rezamos todo el
breviario. Fuimos rebeldes en eso. Nuestros superiores nos regañaron
muchas veces. Nosotros leíamos un poquito del Evangelio e
interpretábamos la redención por la muerte de Jesús, esa chispita de
Gracia y de Espíritu Santo que llegó a María, que ella veía ya cómo iba
a morir su hijo y lo aceptó y lo incorporó a su propia vida. Gaspar
profundizó en eso y sabía, cuando tomó la decisión de irse a la guerra,
que tenía un 85% de posibilidades de morir. Pero no le importaba, porque
iba a dar su vida por sus hermanos los campesinos.
Gaspar intentó, con otros dos guerrilleros, poner una bomba debajo de la
casa de Anastasio Somoza. Para nosotros era muy fácil porque la que
cuidaba la casa era muy amiga nuestra, una mujer sencilla. Yo influí
para que no lo hicieran porque si Somoza no moría la represión iba a ser
peor y el régimen seguiría igual. Gaspar escribió a moralistas de España
y les consultaba. “¿Un sacerdote o un cristiano pueden eliminar a un
dictador que lleva 40 años machacando a un pueblo?”. Le contestaron que
a un dictador es lícito matarle. Pero entonces Gaspar dijo: “Nada
hacemos con matar a este hombre con una bomba porque va a seguir todo
igual, hagámoslo de otra manera".
Fue entonces cuando empezamos a tener contacto con el sandinismo.
Coincidíamos con ellos en que había que cambiar esta estructura. Gaspar
se volcó con el Frente Sandinista y tomó su decisión. Se le acabaron las
dudas. Lo consultamos y lo hablamos muchas veces, profundamente, noches
enteras. Nadie imagina lo dura que fue la vida de Gaspar en el monte. A
mí se me ponían los pelos de punta cuando me contaba que por la noche
tenían que estar metidos debajo de una roca, con los mosquitos
picándoles a todos; que habían matado una vaca y no podían hacer fuego
hasta la noche y, por eso, comían la carne cruda. Gaspar es un héroe, un
líder nato.
En más de una
ocasión dudó en dejar el Frente Sandinista. Una noche en Guatemala me
comentó el sufrimiento de su primera batalla, en el río Ochomogo, en la
que hubo muchos muertos y un sandinista le encomendó, poco antes de
morir, la custodia de su hijo. Gaspar era un hombre de paz y quedó
destrozado por tanta sangre.
- 113 -
Me dijo que no
volvería a coger las armas y que se iría a trabajar a Colombia. Pero sus
compañeros de lucha le convencieron de que volviera y se reincorporara
al Frente Sur.
Cayó por ser valiente. Los demás comandantes iban siempre detrás de la
tropa y él siempre iba delante, el primero. Por eso le mataron. Gaspar
decía: "Estos que tienen hijos, que han dejado a su mujer y a sus hijos,
y me siguen, ¿van a ir delante de mí? Yo no tengo nada que perder”.
Una noche, en Costa Rica, Gaspar grabó una cinta preciosa, de despedida,
que nunca apareció. Se la dio a un misionero del Sagrado Corazón de
Jesús, un cobarde que no se ha atrevido a sacarla a la luz porque decía
muchas cosas para los misioneros y para todos los sacerdotes y para toda
la Iglesia, como "Éramos unos cobardes, que habíamos vendido a Jesús por
33 monedas doscientas mil veces”.
Gaspar sigue siendo un hermano para mí, que está vivo conmigo. Yo me
comunico con él, con mi madre, con mis seres queridos. Tengo tres hijos
y una mujer, una preciosidad. Cuando hice la dispensa pedí seguir siendo
sacerdote casado. No me lo permitieron, pero sigo creyendo igual. Gaspar
sigue vivo, con la Iglesia, con el pueblo, es un granito que está
germinando y dando su fruto. He visitado varias veces los lugares donde
vivimos y allí están las escuelas que dejó hechas Gaspar, las capillas,
los cementerios. Gaspar vive con ellos.
Xabier F. Coronado
AUTOR
DEL LIBRO Gaspar García Laviana,
sacerdote, guerrillero y poeta.
"Sus
poemas son como canciones, se les podría poner música para que los cante
el pueblo".
Ernesto Cardenal.
Hay
vidas que discurren de tal manera que van dejando detrás de ellas un
reguero de pólvora. Ese rastro queda ahí, en el camino recorrido, a la
espera de una chispa que lo prenda. Cuando esto sucede se produce una
explosión, un fulgor que se expande y el ejemplo de esa existencia
trasciende. La repercusión que genera a veces no traspasa el ámbito
familiar o local, pero otras la onda expansiva se multiplica y provoca
un fenómeno social.
La vida y la obra de Gaspar García Laviana (Asturias
1941-Nicaragua 1978) es uno de esos ejemplos. Su muerte fue el detonante
que hizo explotar la luz que iluminó toda su existencia. En México no es
muy conocida la vida de este sacerdote que moría empuñando un fusil en
Nicaragua. Gaspar murió en un enfrentamiento con la Guardia Nacional, el
grupo policíaco-militar que mantenía, a base de terror e impunidad, la
dictadura de Anastasio Somoza.
Pero ¿quién era Gaspar?, ¿qué circunstancias le habían
llevado hasta ese momento definitivo en que perdía la vida luchando por
una causa revolucionaria?
Gaspar García Laviana había nacido treinta y siete años
atrás, en Les Roces, Asturias, un lugar muy lejano del terreno donde se
escondía aquella húmeda madrugada de diciembre con un grupo de compas
que estaban bajo su mando. Su padre era minero, había pasado cuarenta
años de su vida en la mina y Gaspar, a pesar de empuñar un arma y luchar
en una guerra real, era sacerdote. Un misionero que había tomado la
decisión de matar y morir por una causa justa, la liberación del pueblo
al que había entregado los últimos años de su vida: “Vine a Nicaragua
desde Asturias, mi tierra natal, a ejercer el sacerdocio como misionero
hará unos nueve años. Me entregué con pasión a mi labor de apostolado y
pronto fui descubriendo que el hambre y la sed de justicia del pueblo
deprimido y humillado, al que yo he servido como sacerdote, reclamaba,
más que el consuelo de las palabras, el consuelo de la acción.”
Un cura que se hizo guerrillero y dejó escritas las
razones de su lucha en una carta a sus compañeros de congregación en
diciembre de 1977: “Yo no puedo callar ante esta situación, porque
estaría contribuyendo a sostener el gobierno brutal de Somoza.” El texto
concluye con un párrafo donde se mezclan el espíritu misionero con la
necesidad de la lucha revolucionaria: “El somocismo es pecado y
liberarnos de la opresión es librarnos del pecado. Y con el fusil en la
mano, lleno de fe y amor por el pueblo nicaragüense, he de combatir
hasta mi último aliento por el advenimiento del reino de la justicia en
nuestra patria. ¡Patria libre o morir!”
Esta trascendente decisión fue tomada por Gaspar en la
primavera de 1977 cuando, después de sufrir varios atentados, tuvo que
huir de Nicaragua perseguido por la Guardia Nacional.
Gaspar moría la madrugada del 11 de diciembre de 1978 en
Nicaragua, su país de adopción, en un carrizal junto al río Mena, en el
municipio de Cárdenas, muy cerca de la frontera con Costa Rica. En ese
momento es probable que toda su vida se reflejara en una última visión
antes de abandonar este mundo. Si así fue, seguro que recordó su
infancia en Asturias, su formación en el seminario, los años en La Rioja
donde estudió Filosofía y Teología, los primeros trabajos de
organización social formando una cooperativa para la construcción de
viviendas en un barrio habitado por inmigrantes, los estudios de
sociología en Madrid que completaron su formación universitaria, la
alegría de oficiar su primera misa en 1966, los cuatro años en Madrid
ejerciendo como sacerdote en un barrio obrero donde también trabajaba de
carpintero para conocer mejor las condiciones laborales en que vivían
sus feligreses, su sueño de ser misionero, el viaje a Nicaragua, la dura
realidad social centroamericana, sus colaboradores y amigos, la alegría
del trabajo compartido, los contactos con el Frente Sandinista y su
primer nombre revolucionario: Ángel, la formación clandestina de
los jóvenes que le iban a acompañar en la lucha, el rescate de las niñas
del prostíbulo, la creación de escuelas, el acoso de la guardia
somocista, el exilio en Costa Rica en campamentos de la guerrilla
sandinista, su segundo nombre clandestino: Miguel, los meses de
entrenamiento en Cuba, su ascenso a comandante, el comandante Martín,
la toma de Rivas que dirigió junto a Edén Pastora, el enfrentamiento
definitivo con la guardia...
Es muy probable que todo esto pasara como una película
por la mente de Gaspar, toda la recapitulación de su vida en un último y
definitivo poema. Porque Gaspar, además de sacerdote y guerrillero, era
poeta, y sus poemas circulaban de mano en mano entre los guerrilleros
del Frente Sur: “A morir/ a morir guerrillero/ que para subir al cielo/
hay que morir primero” (A corazón abierto, Madrid, 2007).
Una existencia de solidaridad plena, dedicada por entero
a sus semejantes, y una muerte que tuvo la importancia de ser el
detonante para conseguir el triunfo sandinista: “La muerte de Gaspar fue
el impulso que nos llevó a la victoria.” (Daniel Ortega).
En
Nicaragua son conscientes de la importancia de su sacrificio y Gaspar es
considerado un héroe de la revolución. Ernesto Cardenal escribió que
“por su vida y su muerte es una inspiración y un ejemplo a seguir para
todos los sacerdotes, para todos los cristianos y todos los
nicaragüenses.” (Gaspar
G.
Laviana, Cantos de amor y guerra. Introducción. Managua 1979).
El
pueblo puso su nombre a hospitales, escuelas y calles. Todos los años se
conmemora la fecha de su muerte como una efeméride fundamental en la
historia del pueblo nicaragüense. Tres décadas conmemorando esa muerte
en actos que se realizan cada año en Cárdenas, bajo la cruz que señala
el lugar donde Gaspar entregó su vida. Gaspar
G.
Laviana, el “cura sandinista”, el poeta, está vivo en la memoria
colectiva del pueblo.
xabierfcoronado@yahoo.com
http://www.jornada.unam.mx/2011/01/30/sem-xabier.html
|